Se cumple un mes desde que Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro. Desde entonces, Delcy Rodríguez, quien era su vicepresidenta, asumió el mando de Miraflores con el respaldo de Estados Unidos, condicionado a la cooperación que le dé al gobierno de Donald Trump, quien tiene un especial interés en el petróleo venezolano.
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Sin embargo, entre las llamadas de Caracas y Washington y los debates sobre la legalidad del ataque, los venezolanos siguen luchando por sobrevivir día a día, ahora con la pequeña esperanza de que este sea el inicio de un cambio. Han sido más de 20 años de frustración, miedo y violencia, y, aunque eso sigue, hay un halo de optimismo. Así ha sido la vida sin Maduro.
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“Por fin se llevaron al dictador”
Hubo una tensa calma. Te puedo decir que es muy fuerte pensarlo y sentirlo: la mayoría de las personas estaba en ese júbilo de que al fin se llevaron a este dictador. Más allá de daños materiales y de los muertos, la gente aplaudió esto porque ya por la buena no se podía. Tocaba a la fuerza. No hubo celebración en las calles porque sacaron a los colectivos (civiles armados) a las calles y nadie quiere ser asesinado o apresado.
Desde mi casa, con vista hacia el Aeropuerto la Carlota, se veía el humo, la candela. No sabíamos si era un golpe interno o extranjero, y luego circularon las fotos de la captura. Con eso estuve entre alegre, porque hemos pasado mucha calamidad con este sistema que nos oprime todos los días, pero también como ser humano uno tiene sus sentimientos. Yo, particularmente, sentí tristeza, pero luego recordé todo el daño que le ha hecho a este país, a mis amigos asesinados en protestas y presos, y dije: se lo merece. Ese es el sentir de millones de venezolanos dentro y fuera del país.
Tras su captura, no he sentido algo negativo en mi día a día. Lo bueno es que están sacando a los presos políticos. Además, los servicios públicos están funcionando algo mejor de lo que lo hacían antes del 3 de enero. El agua, por ejemplo, está llegando más seguido. No nos están cortando la luz como antes. Algo bueno está pasando. Es algo paulatino porque aún falta mucho. Lo que veo es que hay un halo de esperanza de salir de este sistema que nos oprime. Lamento que haya sido así, porque pudieron dejar sus cargos democráticamente para volver a postularse, pero no lo quisieron hacer.
Ojalá no haya otro ataque, ojalá el chavismo y el madurismo entren en cordura. Sin embargo, no veo un acto de contrición. Hoy hablan de diálogo y de paz, pero mañana salen vociferando en los medios de comunicación amenazando a todo aquel que celebre la captura de Maduro. No queremos otro bombardeo, pero si esta gente no cambia, siento que va a pasar. Ellos no salen por las buenas, esa es la realidad.
Venezolana que vive en una barriada
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Una ola de temor frente a los periodistas
Eso nos agarró durmiendo. Nos despertó el estruendo. Se escuchó una primera detonación, que presumo que fue en el Aeropuerto la Carlota, que queda cerca de mi casa. En esos primeros días del año es usual que quede un rezago de fuegos artificiales, pero lo que sentimos fue distinto. Me llamó la atención el zumbido de las aeronaves y pensé que eso podía significar ese ataque preanunciado.
Unos periodistas empezamos a transmitir lo que íbamos confirmando, aunque teníamos poca información. No había certeza de la dimensión ni de las consecuencias, que eso lo entendimos a partir del mensaje en redes sociales de Donald Trump, con el cual confirmó la captura de Nicolás Maduro y de su esposa. Ahí lo entendimos. Por supuesto, la primera reacción fue de incertidumbre, pero muchos vimos la posibilidad de empezar a recorrer un camino hacia la transición democrática, aunque eso no será de semanas ni de meses. No es solo un cambio de gobierno.
En lo personal, nunca estuve tan convencido de que este fuera el escenario más probable, pero en Venezuela llevamos años de escenarios imprevistos. Es parte de nuestra cotidianidad estar preparados en abastecimiento y tener días mínimos de cobertura de insumos básicos. El mismo 3 de enero, con la luz del día, lo primero que vimos fue la necesidad en la gente de cubrir sus necesidades. El nerviosismo llevó a la gente a priorizar eso por encima de resguardarse.
El lunes 5 de enero, la ciudad empezó a funcionar más normalmente, pero sí hubo más presencia y control policial. Hubo despliegue de puntos de control y eso nos obligó a los periodistas a ser más precavidos y cautelosos a la hora de salir. Hubo especialmente revisión de celulares y de dispositivos, e incluso detención y retención de algunos corresponsales y enviados especiales de medios extranjeros que estaban cerca de la Asamblea Nacional. Eso, por supuesto, generó una ola de temor que nos llevó a salir a las calles lo más limpios posible, sin conversaciones con fuentes.
Luis Ernesto Blanco, periodista venezolano
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“No soy optimista ni pesimista: soy realista”
Fue una doble sensación: el hombre que cae en la cárcel y el país que a lo largo de los años ha tratado de resolver sus problemas de forma pacífica y democrática, y no lo ha logrado. Que las fuerzas estadounidenses entraran a Venezuela para llevarse a Maduro no era el escenario más probable y a la gran mayoría de los venezolanos nos sorprendió. No se sabía qué iba a pasar después de la captura. ¿Iban a llegar los marines? ¿Íbamos a tener una presencia militar en las calles de Caracas? El 4 de enero estuve en la casa. Al día siguiente logré salir para comprar los alimentos que no tenía. Veníamos de fin de año, yo estaba regresando a Caracas y mi nevera estaba bastante desabastecida. Muchas personas estaban tratando de hacer lo mismo. Me demoré dos horas en entrar a un supermercado y me tocó dejar el carro a unos 300 metros de allí. Sabía que no era seguro, pues se hablaba de que había cierto control, pero también de que civiles armados estaban recorriendo la ciudad.
Esto es un problema de realismo, más que de optimismo o pesimismo. La transición democrática y la recuperación económica no van a ser tan rápidas. El llamado a nuevas elecciones no va a ser tan inmediato como pretende la oposición de María Corina Machado. La apertura de un camino me permite ser optimista, pero no lo soy con respecto a la inmediatez con la que algunos están viendo la situación. Una transición en Venezuela tendrá que pasar por la diversificación de la economía petrolera y la descentralización. En todo esto ha sido importante la acción que, a pesar de las limitaciones y del estado de conmoción nacional, se está llevando a cabo alrededor de la libertad de los presos políticos. Se están haciendo exigencias que desde hace un tiempo no se hacían en las calles venezolanas. Hay que decirlo: ha habido cierta amplitud por parte del Estado para permitirlas. De hecho, Delcy Rodríguez fue a la Universidad Central y tuvo un intercambio sobre ello. Eso fue algo inédito: desde hace mucho no se veía una conversación de calle entre un dirigente estudiantil y las autoridades.
Antonio de Lisio, docente universitario
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“Que los gringos vuelvan y se los lleven”
Al saber que Maduro y Cilia fueron capturados, mi pensamiento fue de mucha alegría y de agradecimiento hacia Trump y sus marines. Con cada información que llegaba era más el alivio de que esto era el principio del fin, que ya se empezaba a tener una luz de libertad y que por fin alguien (un país o un gobierno) se acordaba de Venezuela y de su pueblo sumido en una situación sin precedentes. Luego de 27 años de un régimen asesino, ellos fueron los únicos en el mundo que dejaron las palabras y usaron su poder para ayudar a este pueblo cansado de sufrir y que no merece un Estado en caos, empobrecido, quebrado, sin libertad, que apenas sobrevive.
Hay muchas dudas sobre el futuro. No hay claridad de nada, así que es muy difícil saber cómo y cuándo se dará el cambio. Solo añoramos que, por el bien del pueblo, sea pronto. Aquí no se puede celebrar ni nada, pero confiamos en que Venezuela pronto sea libre y que los delincuentes que la han destruido y saqueado estén presos.
Por mí que los gringos vuelvan y se los lleven a todos con las patas por delante, pero no sé si lo harán por todo el tema de la transición y de las negociaciones que desconocemos. Sin embargo, ellos tendrán que pagar. Uno no puede ser asesino y quedar impune (como ellos pretenden).
Aquí lo que hacemos es rezar, y más todavía. Todo el mundo tiene optimismo: se prendió una luz después del túnel. Todavía falta un camino largo, pero al final se ve la luz. Eso fue lo que se logró: la visión de que vamos caminando, de que vamos para allá. Quisiéramos que fuera ya, pero sabemos que es imposible por la fractura del gobierno y el vacío de poder que podría existir. Además, los problemas que ha tenido Venezuela también han surgido por la oposición. La única que se salva es María Corina Machado.
Hay optimismo, pero el problema es que no tenemos información y eso nos carcome por dentro. Creemos en las palabras, pero tenemos que comer y pagar servicios todos los días. ¿Cómo seguimos subsistiendo un mes más y otros más? Eso es lo difícil, lo que indigna y lo que no es justo.
Colombovenezolano en Caracas
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“No hay optimismo, el poder sigue en los mismos”
Acababa de apagar el televisor y las luces cuando sentí el sonido de un avión y, de inmediato, pensé que era el momento del bombardeo estadounidense. Desperté a todos en casa y agradecí que hubiera internet. En los primeros minutos, lo único en lo que podía pensar era en poner a cargar los equipos electrónicos y hacer un inventario de la comida y el agua almacenada que había en casa.
Al día siguiente, lo primero que sentí fue angustia al ver las filas enormes que rodeaban los supermercados y los puntos de recarga de agua potable. Nadie hubiese apostado que apenas el lunes (5 de enero) hasta los cines de Caracas abrieron sus puertas en un horario reducido hasta las 6:00 p. m.
Si bien la captura de Nicolás Maduro desplegó una serie de debates globales por el petróleo venezolano o por el derecho internacional, los cambios tangibles en las calles caraqueñas son muy pocos. La gente sigue reticente a hablar de política en cualquier sitio público, el salario mínimo y las pensiones de jubilación que reciben los adultos mayores siguen siendo de 0,35 dólares por mes (es de 130 bolívares desde marzo 2022) y las principales preocupaciones son el precio del dólar y la inflación de los alimentos.
Es difícil proyectar cómo puede ocurrir una transición a la democracia en Venezuela en el corto plazo. Tampoco hay muchos elementos para ser optimista, si se considera que el poder sigue en manos de los mismos actores que acompañaron a Nicolás Maduro en sus dos gobiernos. La incursión de los Estados Unidos, sin duda, cambió el escenario general en Venezuela, pero tras un mes de ese hito todavía hay poca claridad sobre cómo se desenvolverá el proceso en los próximos meses o cuáles serán las verdaderas consecuencias.
Margaret López, periodista venezolana
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“No nos podemos fiar”
La captura de Maduro fue un shock. Aunque fueron meses de muchas amenazas, al final siempre pensé que no iba a pasar nada, aunque en el fondo creía que sí. Cuando supe que fue detenido pensé que iba a haber un montón de trabajo, pero lo primero que dije fue que hasta no ver una foto no lo iba a creer.
El día después conté más de 30 pases en vivo con medios internacionales, sobre todo de Latinoamérica y España, pero dentro de Venezuela se vivió con mucho miedo e incertidumbre. No hubo ningún tipo de celebración por miedo a los colectivos, a personas armadas y a las fuerzas que ahora controla Delcy Rodríguez. No hubo casi gente en las calles y quienes salieron lo hicieron para buscar gasolina y comida.
Eso no me ha afectado en mi día a día, pero siento que pasó lo que quizás tenía que pasar. He tenido más trabajo y presión laboral, pero no más. Yo no he celebrado, no porque no esté feliz con la captura, sino porque me da miedo que me pase algo, sobre todo porque a los periodistas y a los creadores de contenido nos asusta publicar o escribir algo a favor de eso.
Está demostrado que la única forma de salir de esta gente es a través de la fuerza y siempre he pensado que si ocurre otro ataque es porque ellos decidieron no dejar el poder de forma pacífica, como se intentó hacer por 26 años. Da miedo, porque al final somos civiles y estamos en la mitad, pero al final es eso: si hay que morir, entonces es mi destino. Trataré de resguardarme y de no sacrificar mi vida, pero si eso tiene que pasar para salir de esta gente, asumo el temor de que bombardeen el país.
Durante muchos años nos quitaron el optimismo, y lo hicieron desde la represión, la persecución y la violencia para decirnos que no íbamos a salir de ellos, que no íbamos a volver y que no íbamos a gobernar. Sin embargo, a pesar de esta posibilidad, hay que tener cautela. Nunca nos podemos fiar de ellos y dependemos de Estados Unidos.
Daniela Rojas, venezolana de 30 años
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