Benditas redes

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Vivir en la pantalla trae sus sufrimientos inherentes. Sufre el tunel carpiano de digitar en línea, sufren los nervios ya nerviosos de ver la red caída en la mitad de una teleconsulta médica vital; la espalda nos tortura después de cierto tiempo; los ojos se resecan; el bolsillo se duele con el aumento en las cuentas de energía y celular… y, con todo, a los privilegiados vergonzantes nos ha servido para no arrojarnos por el chute de basura. Hay que decirlo. Por fin logramos entender el dicho apócrifo y sagaz de san Agustín, que cuando era ya bastante santo le responde a un discípulo: “pues ya que me preguntas para qué sirve la paciencia, hijo, la paciencia sirve… para tener más paciencia”.

Porque si hay algo que enseñe la Internet es la paciencia pura, escueta; santificación express en gigabits. En Barranquilla la energía es intermitente; en Cali muchas redes son de cables viejos y aunque uno compre 20 megas la computadora asimila tres míseras rayitas de “radar”.En Bogotá, para no perder la costumbre local, hay horrendos trancones y horas pico… y sí, los datos son siempre lánguidos e inciertos además de costosos: la voz se oye tembleque, la imágen aparece picada de vitiligo y de viruelas. Y sin embargo sigue siendo un lujo. En Quibdó hay que treparse al palo de mango, en el Caquetá hay que parar una vara de 10 metros y ponerle en la punta una tapa de olla de aluminio a riesgo de morir calcinado por un rayo mientras en Leticia…¿quién es Leticia…la conozco? De qué me hablas…(¡de los muertos de hambre y de Covid por falta de una Renta Básica decente, viejo!)

En la virtualización forzada de la especie se pierden las costumbres: por ejemplo, usted está en la “sala” de Zoom ofreciendo sus servicios —después de implorarle de rodillas a Gmail que se dé prisa en mandar ese correo pues el servidor lleva media hora haciendo roña—, ha logrado mandar un pdf con su brillante currículo discretamente inflado y maquillado; está a punto de convencer al personaje de que uno es la telepersona que buscaba, se cae la red, desaparecen el video y el micrófono del panel de control y usted madrea, insulta, manda a la m… a Zoom, a Meets, a Duo, a Skype, al internet, al “viejo imbécil” que le está oyendo desde los cómodos audífonos en su casa. Negocio concluido. Y se sabe de casos en que la profesora jóven tratando de enseñar algo a los gritos, con 17 alumnos adolescentes en pantalla, ve aparecer en la suya (en la de todos) a su marido desnudo pasando como un flasher del baño a la cocina; exhibicionismo virtual involuntario…”Uuyyy, profe”…privacidad perdida, banda sonora del timbre del domicilio que llega justo ahora, los gritos de los niños, las serenatas del hambre tronando en cada esquina…

Si en la calle hay basura, en las redes abunda: el meme flojo y con mala ortografía; el video de Silvestre que le manda un amigo para “alegrarte” el rato; el nuevo descubrimiento para curar el Covid con infusión de hojas de zapallo y mentolatum, en ayunas; el audio inacabable de Whatsapp con tres minutos de recomendaciones para no dejarse estafar por el teléfono y que generalmente empieza por “Amiguis…” El mugre en los correos y los chats se ha multiplicado de manera exponencial, las droguerías de una ciudad que uno jamás ha visitado le ofrecen, en mensajes de texto, un ofensivo descuento en los pañales para adultos; Claro manda mensajes-rebajas mentirosos y paquetes de mil minutos gratis que debe consumir de hoy a mañana; la amiga emprendedora, reinventada, le ofrece sus nuevos productos naturales en empaque de icopor… Y así se esfuma el tiempo —a la vez vertiginoso y lento—, se multiplican los insumos tóxicos y se crea una adicción a la pantalla, que con las redes, comparte la patología de un matrimonio establecido: “No puedo vivir contigo, no puedo vivir sin ti”.

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