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Coyote vs Acme (2026), de Dave Green


Tras décadas de haber vivido su época dorada, los Looney Tunes vuelven a los ojos del gran público. Esta nueva aparición en la gran pantalla, casi un milagro corporativo después de permanecer archivada durante, más o menos, tres años, cuenta la historia de una batalla legal entre el resignado Will E. Coyote y la empresa Acme, que además de venderle los clásicos artefactos defectuosos que le hemos visto usar una y mil veces, tiene el monopolio comercial de prácticamente todos los productos que usan los humanos y los dibujos animados. Detrás de esa ineficiencia, que aparenta ser inocente, existen motivos oscuros que se van revelando a la par que los protagonistas investigan el caso.
El Coyote, su abogado Kevin Avery –interpretado por Will Forte–, y el resto de personajes (entre los que hay humanos y caricaturas, que pueden actuar como sus aliados o sus enemigos), se comportan como si estuvieran en otro capítulo de comedia animada. Son esquemáticos, tercos, cómicos y un poco ingenuos, pero tienen momentos de madurez y cercanía entre ellos que los dejan ver bajo otra luz y les dan la profundidad necesaria para que empaticemos con sus dilemas. No se quedan con sus personalidades de base, sino que descubren dimensiones de sí mismos que desconocían y que los llevan a cambiar sus motivaciones. La película apuesta por mostrar a los espectadores que no están familiarizados con estos personajes y a quienes crecieron viéndolos, que todavía tienen mucho por contar más allá de las caídas y las explosiones.
Tampoco son la representación perfecta del bien, como se puede ver en su lucha jurídica contra la corporación Acme, y sus esfuerzos por mantenerse en pie. No dejan de ser conflictivos e imperfectos a su manera, e incluso se buscan sus propios problemas. Y eso es parte de lo que los hace valiosos. A pesar de su naturaleza caricaturesca, deben encontrar soluciones a conflictos que, por momentos, son serios y complejos. Le dan un giro a nuestra manera de ver los dibujos animados, que no tienen tanto de absurdo cuando se los confronta al mundo real, aun formando parte de una comedia.
Si bien este esquema (personajes de universos ficticios que aparecen en el real y se adaptan a él) se ha visto muchas veces, y aunque los que aparecen aquí estén más que arraigados en la cultura popular, la película no se siente como un refrito o una repetición de lo que ya existe. Mira las cosas desde otros ángulos, en los que lo trillado puede volverse cercano. Nos recuerda que las cosas no siempre tienen que ir tan en serio y que podemos seguir persiguiendo nuestros deseos, por más absurdos que parezcan, cargando con nuestros defectos y aceptando los de los demás. A veces también hay que abrazarse a esos absurdos, aunque el Correcaminos nos lleve ventaja y sepamos que vamos a perder. La carrera se acaba cuando a uno le deja de importar que se escape.