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El imperio reacio contraataca

Oscar Guardiola-Rivera

04 de febrero de 2026 - 12:10 a. m.

En una entrevista para la revista alemana Kultur Austausch me preguntaron si había sido sorprendido al ver el ataque militar estadounidense a Venezuela en la televisión y las redes. La verdad es que no. En casi todo lo que hace, Donald Trump está deseoso de montar el espectáculo más melodramático posible —uno que pueda difundirse de forma eficiente y en clips cortos a través de la televisión o las redes sociales.

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Antes de ser presidente, Donald Trump era conocido principalmente como una estrella de la televisión gracias a su papel protagónico durante unos catorce años en el reality show The Apprentice. Sabe exactamente cómo satisfacer el apetito del público por el espectáculo dentro del marco de la libertad de opinión y el melodrama de prensa, así ello requiera entremezclar sombras y luces, verdad y mentira, ficción, fantasía y el juego entre lo que aparece a la vista en una exhibición y aquello que se oculta.

Así que, para entender el fenómeno de Trump y la importancia de los acontecimientos actuales, primero debemos volver a aprender a leer las imágenes para luego mirar más allá de ellas. ¿Qué quiero decir con eso? El pensador alemán Joseph Vogl es uno de los pocos que ha señalado el enredo entre el resentimiento y la producción de imágenes en redes sociales y televisión, cada vez más intenso desde la cobertura de la guerra en Irak. Esta cuestión de la importancia normativa de las maneras de ver, antes de que comencemos a hablar o a narrar, se inscribe en una tradición que apunta al hecho de que la invención de cosas tales como la raza o la genealogía de los estereotipos sociales y de género debe leerse no tanto en el discurso verbal como en el registro visual de las metáforas publicitarias.

Por ejemplo, en el uso de caricaturas a finales del siglo XIX y comienzos del XX para comunicar y vender a las masas nociones tales como la Doctrina Monroe. En un dibujo publicado en 1923 por el Philadelphia Evening Public Ledger, el Tío Sam se inclina sobre una valla hacia una América Latina representada como una joven adolescente. El pie de foto dice: “Vaya, qué crecida y guapa eres”. Esta representación, a su vez, puede remontarse al famoso grabado en cobre América, atribuido a Theodoor Galle y al artista flamenco Johannes Stradanus, del periodo colonial temprano, alrededor de 1575–1580. Muestra al explorador italiano Américo Vespucci, espada en mano, de pie ante una América representada como una mujer desnuda tumbada en una hamaca. Se puede ver un buque de guerra al fondo. Esta imagen del siglo XVI ofrece una pista sobre la tradición intelectual en la que tuvo lugar el ataque a Venezuela.

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Sugiero que esta forma de ver las cosas persiste hasta hoy. Mientras los buques de guerra y las Delta Forces estadounidenses hacían de sheriff en el Caribe, Trump se refirió a la líder opositora venezolana y laureada con el Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, como una “mujer agradable”, un comentario deliberadamente condescendiente y despectivo. Hacia Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, Trump lanzó una amenaza, declarando que buscaba “acceso total” a su patria: ponerla al descubierto, penetrarla y poseerla.

Aquí también están presentes matices del grabado de Stradanus, una imagen que a su vez sirvió como modelo visual y simbólico para dar forma, en el imaginario del público americano, a la Doctrina Monroe de 1817, que declaraba a América Latina dentro de la esfera de influencia estadounidense y a los Estados Unidos como una suerte de imperio reticente, oculto a plena luz. Y todo esto ocurre al tiempo que las imágenes del archivo Epstein reiteran ante nuestros ojos los mismos tópicos de apropiación perversa y los estereotipos de género y raza.

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La economía política es, por supuesto, importante. Estados Unidos quiere las reservas de petróleo de Venezuela, que representan casi el 20 por ciento de las reservas globales y, por tanto, son las mayores del mundo. Esto también tiene que ver con la hegemonía económica estadounidense, que se basa en los llamados petrodólares. Ante las sanciones internacionales y en el espíritu de la Revolución Bolivariana, Venezuela comenzó a vender petróleo en otras monedas, especialmente el yuan chino. El 3 de enero de 2026, Estados Unidos envió un mensaje claro al mundo: si intentan desprenderse del dólar, los bombardearemos, como hicimos anteriormente con Irak, Irán y Libia.

Pero los motivos materiales permanecen inertes, privados de capacidad persuasiva, si no se los comunica de manera tal que garantice su apoyo público. Y es aquí donde el registro visual cumple su tarea de configurar los objetivos y el marco normativo en el que tendrán lugar nuestros debates y narraciones antes de que estos ocurran, estableciendo el campo y las reglas que todos aceptarán de manera más o menos consciente, como en un partido de fútbol.

De allí la pregunta: ¿cuál podría ser el próximo objetivo de esta política de hegemonía —o incluso de subyugación—? Mi apuesta es que no se trata solo de Sudamérica, sino también de Europa. El propio Trump lo dijo: o nos dejan comprar o de facto poseer Groenlandia, como hicimos con Luisiana o Florida, o la tomamos a la fuerza. A pesar de lo sucedido en Davos, eso sigue sin descartarse. Curiosamente, esto se justifica como una cuestión de pura necesidad geopolítica. Ya a principios del siglo XX, Estados Unidos comenzó a reinterpretar cada vez más su papel de facto como potencia imperial, al menos retóricamente. La expansión y la presencia militar ya no se presentaban como el ejercicio del poder, sino como una responsabilidad. La noción del imperio reacio —como si no quisiera gobernar, pero tuviera que hacerlo—. Pero, como ustedes saben, ninguna de esas justificaciones es novedosa. Lo novedoso es que los medios violentos antes reservados para Sudamérica y el Caribe ahora puedan ser usados también en Europa. Y los europeos no saben qué hacer ante esa nueva verdad.

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