Crisis de nervios global

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El voto finish en el que se convirtieron las elecciones estadounidenses tiene a medio mundo comiéndose las uñas y haciéndole barra al candidato de su preferencia. En el momento en que escribo estas líneas, los resultados parecen estar inclinándose a favor de Biden, pero todavía no se puede descartar nada —un cambio repentino en la tendencia, otra jugadita, fuera de las que ya ha hecho, por parte de Trump—.

Sin embargo, sí se pueden sacar ya algunas conclusiones simples de todo el episodio. La primera es que el problema que representan Trump y fenómenos análogos —en diversos continentes, a diferentes niveles de desarrollo— no se va a evaporar como por arte de magia. La base social del magnate de la construcción es enorme, y si aquel pierde, no veo un escenario en el que el tipo de política que ha hecho hasta el momento vaya a perder relevancia. Como en el justamente celebrado cuento ultracorto de Augusto Monterroso, no crean que esto es simplemente una pesadilla: cuando creamos despertar, el dinosaurio aún estará allí. Lo que lleva a su vez a dos reflexiones. Por una parte, la situación (una derecha radical o extremista con un apoyo gigantesco) no se solucionará por medio del procedimiento mágico de no nombrarla o de ignorarla. Puede ser que tú hayas perdido interés en el problema, pero él no ha perdido el interés en ti. Por la otra: cuánto nos falta por entender cómo se forma la base social de los movimientos de extrema derecha, cuáles son los factores que guían sus fidelidades, cuáles son sus motivos y razones. Necesitamos aquí cuanto antes avances reales y la aplicación sistemática de una lógica de la comprensión.

La segunda conclusión es que este desenlace dramático pone de presente toda la vacuidad del esfuerzo de décadas de venderle al mundo la “democracia estilo USA” como una especie de estándar dorado al que había que aspirar. Pesos y contrapesos, federalismo, bicameralismo… Una maravilla. Pero las elecciones del 2020 nos expusieron la contracara, el lado oscuro de estos diseños institucionales: acuerdos cruciales que dependen solamente de la voluntad de las élites políticas de cumplirlos, estancamiento y bloqueo debido precisamente a esos fantásticos pesos y contrapesos, más liberalismo que democracia, exclusión social y recorte sistemático de la democracia en nombre del respeto a las reglas de juego, entre otras características negativas. Eso no quiere decir necesariamente que la primera versión, la del optimismo encandilado, fuera totalmente falsa; era sobre todo unilateral. Los dos aspectos estaban allí. Pero faltaba el liderazgo y el personal político capaz de aprovechar los aspectos negativos de esos diseños y ponerlos a su servicio para que se hicieran penosamente visibles. No hay diseño institucional perfecto, ni almuerzo gratis.

En realidad, las condiciones para que apareciera el fenómeno de Trump se han estado cocinando a fuego lento, y esta es la tercera conclusión. Trump no es el síndrome, sino solamente su síntoma. El Partido Republicano lleva lustros corriéndose a la derecha, entre otras cosas porque comprobó en carne propia que los votantes no estaban castigando las posiciones más extremas y descabelladas, sino más bien las moderadas. Ese corrimiento hacia la derecha implicó, por una parte, un discurso que ocasionalmente era ya de guerra civil y, por otra, una operación en gran estilo para limitar el derecho al voto a través de diversas formas de manipulación institucional. El Tea Party ya era muy radical y poderoso electoralmente.

La cuarta observación es más bien una pregunta: ¿no estamos viendo una tensión brutal entre diseños institucionales nacionales y efectos gubernamentales globales? Por ejemplo, el que gane Biden o Trump influirá significativamente en el desenlace de muchos temas colombianos, pero nosotros no tenemos ninguna posibilidad de participar en esa escogencia decisiva. Se podría contraargumentar que eso realmente no es reciente. En próxima columna explicaré por qué creo que sí tiene al menos algunos elementos de novedad.

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