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Mas allá de la verdad

Por muchos años, en Colombia los vientos de la violencia nos lanzaron en diferentes direcciones. Muchas veces estuvimos tan absortos en esta tragedia de masacres y olas de sangre, que se asentaron diferencias irrenunciables entre nosotros que no nos permitieron reconciliarnos, a tal punto que para la década de los 90 lo más certero era un futuro turbulento para el país.

Casi dos décadas después los colombianos hemos tenido nuevamente la oportunidad de recuperar nuestra esencia, arrebatada por esa incertidumbre que pronto habría de extenderse de generación en generación a la espera y búsqueda de la verdad. Las recientes declaraciones sobre el asesinato de Álvaro Gómez y el relato de lo sucedido en el conflicto armado por las partes no deben ser una oportunidad que la sociedad se tome a la ligera. La tarea que la Comisión de la Verdad ha realizado por más de 1.095 días desde su fundación no ha sido fácil. Tampoco lo es desconocer el peso de estas afirmaciones, como la garantía de los beneficios jurídicos y políticos dados a estos actores, a cambio de la verdadera verdad y la no repetición de lo sucedido. Es desacertada la posición del Gobierno, como de otros actores, con la interpretación que se le da al Acuerdo frente a la posibilidad de remover las curules de estos actores en el Congreso.

No hay que caer en la trampa de utilizar la verdad y el perdón como un pretexto de legitimación política. La oportunidad que se nos da para conocer y entender lo sucedido en estos 50 años es muy valiosa para nosotros como sociedad, en la difícil tarea de buscar la reconciliación y el perdón.

Como joven colombiano, estoy convencido de que estamos dando un paso importante para construir una mejor sociedad. Aunque nadie dijo que el camino sería fácil, hay que ir siempre más allá de las adversidades y diferencias políticas, hay que ir más allá de la verdad.

Carlos David Suárez Cabrera.

Sobre la verdad

En su columna del 18 de octubre, “Diga sus pecados”, Lorenzo Madrigal trata un tema asaz complejo: la verdad. Que en su esencia no pide el artículo definido sino el indefinido, porque la subjetividad humana incuba más de una verdad (es pretencioso decir que el ser de la crítica, por ejemplo, es la “objetividad”). También yo, verbigracia, en la infancia tenía en el confesionario una verdad para mí y otra para el sacerdote. Poncio Pilato (sin s) quiso provocar a Jesucristo con la insidiosa pregunta, y el nazareno, en imperturbable serenidad, guardó prudentísimo silencio. En suma, son muchas las verdades y múltiples los intereses. Sorprende, por ejemplo, que al colectivo del Centro Democrático, que ha tenido como su principal enemigo a las Farc, ahora se le ve inmerso en un estruendoso silencio. Y encima de todo lo anterior, las innumerables mutaciones que ha sufrido esa verdad (¿quién asesinó a Álvaro Gómez?) en 25 años.

Donaldo Mendoza.

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