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Hace 10 años los países del mundo se hicieron una promesa: tomar todas las medidas necesarias para evitar que aumentara la temperatura media global más de 1,5 °C. Ahora, a tres semanas de la COP31 en Turquía, la Organización de Naciones Unidas lanzó un informe descorazonador que dice que esa meta es imposible. Ya es seguro que la temperatura media global aumentará más de 1,5 °C. Incluso en el mejor de los casos, donde todos los países cumplieran al pie de la letra sus compromisos climáticos, el incremento llegaría a 1,8 °C. No podemos seguir hablando solo de prevención, es tiempo de que haya un esfuerzo global de mitigación. Los desastres ya están aquí y no estamos preparados para enfrentarlos.
António Guterres, secretario general de la ONU que está en el ocaso de su mandato y va a entregar una organización debilitada y deslegitimada, fue claro en su declaración: “El mundo ya no puede evitar sobrepasar el límite de 1,5 °C, y las consecuencias ya son devastadoras. Inundaciones mortales, olas de calor brutales, incendios forestales devastadores, vidas perdidas, economías paralizadas y desigualdades cada vez más profundas, y quienes menos responsabilidad tienen son los que sufren primero”. En palabras más contundentes para la AFP, Mohamed Adow, director del centro de estudios Power Shift Africa, dijo que esto ocurrió por culpa de “un fracaso histórico del liderazgo político. La ciencia ha sido clara durante décadas, pero los gobiernos han optado por la demora en lugar de la acción. Las consecuencias se medirán en vidas perdidas, no solo en grados de calentamiento”. No hay mucho que podamos agregar, la verdad.
El informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), titulado “Emissions Gap Report 2026: The Point of Return”, pide no caer en la desesperanza. Su argumento es que si bien los daños del incremento de la temperatura ya son inevitables, cada grado que evitemos aumentar implica vidas salvadas. La propuesta de la ONU a los Estados es que apuntemos a llegar a ese 1,8 °C y que de allí retornemos al 1,5 °C al final de este siglo. Pide, al mismo tiempo, planes más concretos de modificación del consumo energético y adoptar cooperación internacional de mitigación. Ya sabemos que los desastres vienen en camino y que afectarán a las personas más vulnerables, es tiempo de una solidaridad que sea genuinamente global.
El problema, claro, es que el liderazgo político sigue flaqueando. La administración de Donald Trump en Estados Unidos, el segundo país que más contamina al planeta, ha adoptado una estrategia de extractivismo sin contrapesos, desmantelamiento de las regulaciones ambientales y una franca hostilidad a cualquier tipo de protección para la sostenibilidad global. El daño no es solo en sus fronteras, sino que la cruzada que ha liderado el secretario de Estado, Marco Rubio, en contra de la institucionalidad internacional ha debilitado a la ONU, hecho mucho más difícil la colaboración entre Estados con distintas ideologías y servido de complicidad para regímenes que nunca han respetado ese orden. Por el lado de China, el principal contaminante, si bien es el líder en el mundo en energías renovables, su opacidad política, su régimen autoritario y su incapacidad de recibir críticas del exterior hacen también complejo exigirle una transición energética más rápida. Por todo esto, el pronóstico es reservado.
La pregunta de fondo más importante hoy, entonces, es una política: ¿cómo recuperamos un consenso amplio, que incluya a izquierdas y derechas, sobre la idea de que nuestro planeta necesita protegerse y que la cooperación es la única salida? Un Premio Nobel de Paz para quien sea capaz de responderla.
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Diego(c98sb)•Hace 23 minutosDesesperanzador.