El 27 de enero

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En la madrugada del 27 de enero de 1945, tras una travesía por la nieve desde la ciudad de Cracovia, las exhaustas tropas soviéticas avistaron un gran portal en cuya parte superior, forjadas en hierro, aparecían las sugestivas palabras: “Arbeit macht frei”. Arribaban al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Los soldados rusos, curtidos en los horrores de la guerra, no estaban, sin embargo, preparados para lo que les esperaba una vez cruzaran el portal.

Siete mil esqueletos vivientes, al borde de la inanición, enfermos, sombras de seres humanos, con los números tatuados en sus antebrazos y sus pijamas de rayas los recibieron entre las alambradas. Algunos sacaron fuerzas de donde no las tenían para abrazar a sus sobrecogidos liberadores, otros simplemente seguían con su mirada perdida sin entender que el tormento padecido llegaba a su fin, aunque para la mayoría nunca hubo un fin. Quince mil cadáveres apostados a lado y lado, unos encima de otros, en un camino del complejo, completó la dantesca escena del campo.

Evocando ese día de “la “liberación” de Auschwitz, el más emblemático de los campos de la muerte que operó la Alemania nazi, la fecha del 27 de enero fue declarada por la Asamblea General de la ONU, en su sesión del año 2005, “Día internacional de conmemoración de las víctimas del holocausto”.

La resolución 60/7 condena la intolerancia religiosa, la incitación al odio, el acoso o la violencia por razones de credo u origen étnico, rechaza categóricamente la negación total o parcial del holocausto y convoca a todos los países a establecer programas educativos de enseñanza del holocausto como un evento histórico sin precedentes, cuyas lecciones deben ser aprendidas por la humanidad. Junto a seis millones de judíos exterminados, un tercio del pueblo judío de entonces, incluyendo un millón y medio de niños, fueron asesinados gitanos, disidentes políticos, homosexuales, discapacitados, testigos de Jehová y otras minorías.

Al final de la guerra se estableció por primera vez en la historia un tribunal internacional en la ciudad alemana de Núremberg para juzgar a los criminales de guerra nazis. Allí, con víctimas y victimarios como testigos, la humanidad conoció la magnitud de la barbarie que comenzó con un discurso de odio contra los judíos y desembocó en la deshumanización, industrialización de la muerte, cámara de gas y crematorios. Tras 76 años el antisemitismo no ha desaparecido, continúa rampante en varias latitudes. Sinagogas atacadas, cementerios profanados, negación del holocausto, teorías conspiratorias y discurso de odio contra lo judío, incluyendo el Estado judío, son recurrentes en varios escenarios, especialmente en las redes sociales.

La importancia de la conmemoración del 27 de enero radica en que cimienta la preservación de la memoria. A diferencia de la historia que se lee desapaciblemente en los libros de texto, la memoria penetra el ADN de las naciones, pueblos, etnias, religiones y colectivos humanos, y permanece ahí por generaciones. Esa es la que cuenta.

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