Por: Reinaldo Spitaletta

El tren de Sabato

Ernesto Sabato, el mismo del prólogo al dantesco informe “Nunca más” y autor de El túnel, se había muerto hace rato.

Le faltó quizá valor para asumir el suicidio, que siempre admiró pero que se lo evitó el arte, y le sobró valentía para enfrentarse a la soledad de la vejez. Las crónicas dicen que murió dos meses antes de cumplir los cien años, pero, me parece, su muerte ocurrió en la publicación de su obra Antes del fin.

Sabato supo que la literatura –que no es pasatiempo ni evasión-es la forma más completa y profunda (palabras suyas) de examinar la condición humana. Incluso la de él, un tipo contradictorio (al principio de la dictadura criminal de los militares argentinos encabezados por Videla, mostró simpatía por el Proceso de Reorganización Nacional), mal visto por algunas de las Madres de Mayo y gran combinador –como en un tango- de pasión y pensamiento. Qué mezcla brava.

Sabato, el mismo que advirtió sobre la conexión entre fenomenología y novela, el mismo que dijo que la metafísica comenzó a hacerse literaria con Kierkegaard, es imprescindible en muchos aspectos de la cultura argentina (claro) y de la de América Latina, así digan algunos que ésta no existe. Durante mucho rato meditó acerca de la llamada cultura nacional, y su texto no sólo sirvió para abrir debates en su país, sino también en otras partes, como Colombia, en los tiempos en que el tema interesaba sobre todo a las vertientes de izquierda.

“El folklore tiene sus méritos propios, pero no puede ser tomado como fundamento necesario de un arte nacional. Ni Bach ni Kafka tienen raíz folclórica”, escribió en su libro La cultura en la encrucijada nacional, que es una larga reflexión sobre arte, literatura, música y asuntos como la barbarie y la civilización.

Para él, como para otros poetas, el concepto de patria estaba (está) ligado a la infancia y no a la grandilocuencia de chauvinismos, escudos y banderas. Supo que aquello de la patria son algunos rostros, algunos recuerdos, un árbol de esquina, un barrio, una calle apenas trazada en la memoria, “un viejo tango en un organito”. Quizá estos pensamientos y otros aspectos pueden rastrearse, por ejemplo, en la delirante Sobre héroes y tumbas, un fresco imprescindible acerca de Buenos Aires.

Uno pudiera decir, incluso siguiendo algunas de sus pistas, que Sabato escribió perseguido por una especie de destino apocalíptico o también de autodestrucción, como pudiera leerse en El túnel, su primera novela, que alucinó a Albert Camus y acompañó a muchas generaciones de adolescentes en las aulas de América Latina. Tal vez cuando su ceguera le fue quitando la posibilidad de escribir y leer, Sabato se encerró en sí mismo, sin saber si terminar él mismo con sus días o dejarse llevar por el reloj.

Dicen que siempre pareció un niño. No dejó jamás de asombrarse. Por eso, tal como lo señaló Carlos Catania en sus conversaciones con el escritor, siempre confió (qué idealista) en la restitución del honor y la fe en este universo de saqueadores, de bandidos y de imperios y emperadorcitos. Sabato –palabras de Catania- era como un gran niño solo esperando un tren que nunca llega.

Sabato, el mismo que habló bellamente sobre la metafísica del tango, deja, en particular en su trilogía novelística, un testimonio de nuestro tiempo de angustias y sobre la deshumanización contemporánea. “No es el artista quien está deshumanizado. No es Van Gogh o Kafka quienes están deshumanizados, sino la humanidad, el público”, dijo el escritor que, además, fue un defensor de los marginados.

Se sabe que quemó parte de su obra, porque, como decía, siempre fue un poco pirómano. “¿Para qué publicar todo? Si uno tiene la suerte de escribir algo, un solo libro, que resista el tiempo, sería maravilloso”. ¿Cuál de los suyos se volverá eterno como el agua y el aire? Sabato anticipó su muerte en la novela Abaddón el exterminador. Después de ahí, se sumió en la oscuridad, en esa que, según Shakespeare, ven los ciegos. Paz en la tumba de este héroe de la literatura.

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