Español aventurero e india brava

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En un pueblo perdido de Córdoba a finales del siglo XV nació un campesino de apellido Moyano. Quedó huérfano y con la responsabilidad de cuidar a su hermano menor. Su pobreza extrema la sobrellevaba acarreando leña para vender, teniendo que montar a lomo de asno largas distancias. En una ocasión el animal se atascó en un pozo y Moyano, iracundo, lo mató de un garrotazo en la cabeza. Huyó del pueblo y en Sevilla se cambió el apellido por Belalcázar —en árabe significa hijo de fortaleza— y se unió a la horda de aventureros que se dirigían a América bajo las órdenes de Pedrarias Dávila en 1514.

Se destacó por su temeridad, violencia y ambición. Pronto fue elevado al rango de capitán y convirtióse en amigo de Pizarro y del que le convenía. Desde el Perú, a punta de masacrar indígenas, violar y embarazar indias, tener hijos y sembrar el terror, bajo la mirada cómplice de la Iglesia católica, se fue apoderando de Quito, Pasto, Popayán, Cali... Sin pestañear, ejecutó a Rumiñahui. Regresó a España y volvió a América cargado de títulos, honores y poder.

Siguió fertilizando ciudades y pueblos a su paso y literalmente inseminó hembras desde Nicaragua hasta el Perú. Jamás se casó y la Iglesia le alcahueteaba todo, sosteniendo la tesis del “reposo del guerrero”, justificando así las violaciones masivas a todas las mujeres nativas, convirtiendo los cuerpos femeninos en territorios arrasables y con derecho a pernada. Muchas de ellas, convertidas en concubinas, y las demás, desarraigadas de sus etnias y pariendo la primera generación del mestizaje americano. Posteriormente, con la esclavitud de los africanos, esta mezcla creció, siendo después despreciada por las “mujeres blancas”, que arribaron años después buscando una vida mejor como cocineras, artesanas, modistas y prostitutas, vinculándose afectivamente a los conquistadores. Moyano murió en Cartagena tratando de llegar a España para defenderse de un juicio por violencia, abuso y haber asesinado al juez.

Como decía mi mamá: “Todos venimos de español aventurero e india brava”. Curiosamente, como afirma un historiador, “casi nadie fue procesado por los delitos de lesa humanidad cometidos durante la Conquista y la Colonia. La historia colonial es un acto de virilidad. Las mujeres se poseen y son objeto de intercambio”.

Por otro lado, 500 años antes de que Moyano llegara a espada, cruz y pene, en un cerro del Valle de Pubenza existía un cementerio precolombino, con forma de morro, lleno de caminos tapizados en piedra, gemas preciosas, conchas marinas, escalones y tumbas. La pirámide o cerro medía 80 metros de alto. Estaba hecha en honor del cacique Puben.

El poeta Valencia quiso erigir una estatua en honor del cacique, pero en disputas políticas en 1940 se destruyó la cúspide de la pirámide para poner la estatua de Sebastián Moyano, alias Belalcázar. Derribada a soga limpia hace pocos días por la etnia misak, descendientes puros del cacique Puben y verdaderos herederos del cerro. Felicitaciones, ¡la justicia algún día llega! Al fin se atrevieron a desmontar una de las tantas mentiras de nuestra historia.

Posdata. Inexplicablemente, las “autoridades” han mandado a “perseguir a los culpables”. ¡En lugar de otorgarles una condecoración!

Posdata II. Todos los ciudadanos de Colombia están invitados a defender la paz el 26 de septiembre entre las 8 a.m. y la 1 p.m. con la conferencia internacional El Mundo Exige Paz, por Facebook o en la página La Línea del Medio. Participarán premios nobel, líderes sociales, defensores de los derechos humanos, de varios países y continentes.

Posdata III. No dejen de ver El silencio de los otros, ¡por favor! Solo sabiendo la verdad podremos vivir en paz.

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