La muerte de un profesor

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Desde que comenzó la pandemia, en Cúcuta siete profesores y directivos han muerto por causa del virus y 12 han sobrevivido a situaciones críticas en las unidades de cuidado intensivo.

La semana pasada fue especialmente dura, el sábado nos llegó la noticia de la muerte de Rubén Darío y el domingo, mientras conversábamos del “Japo”, como era conocido por sus colegas, se nos metió entre las palabras la muerte de Mariela. Así, de repente, como un signo de admiración en medio de una frase, la segunda noticia nos dejó sin aliento.

Rubén Darío era un rector apasionado. A finales de marzo, cuando la pandemia se convirtió en una certeza, nos cruzamos a la salida de la Secretaría de Educación y fuimos a una de las pocas cafeterías que aún estaban abiertas. Eran días en que los toques de queda comenzaban a las cuatro de la tarde. Habló de sus hijos y de música. De una bolsa comenzó a sacar discos que había comprado y, mientras los ponía sobre la mesa, decía que para encerrarse había que estar preparado y que no había encierro posible sin buena música. Durante más de 40 años recorrió el departamento como profesor y poeta. Su vida fue un tránsito entre la docencia y el arte.

Mariela hacía parte de la nueva generación de rectores. Al iniciar la pandemia, organizó a sus profesores para que ningún estudiante desertara del sistema. Conocía con detalle sus historias y solía narrar lo difícil que había sido mantener contacto con varios de ellos, pues algunos se habían ido al campo, a lugares en los que la luz era tan ausente como el Estado, y otros habían retornado temporalmente a Venezuela. A todos les hacía seguimiento y a todos les prometía que los estarían esperando porque ese siempre sería su colegio.

La muerte de un profesor es una pérdida acumulada que afecta a sus familias, a la comunidad y al municipio. Mientras intentan comprender el sentido de la ausencia, muchas familias tienen que comenzar a organizar los asuntos cotidianos sin esa madre, esa hermana o ese hijo que, en muchos casos, era el soporte económico del hogar. Entre la maraña de cifras que dan cuenta del avance de la pandemia, esta situación está pasando inadvertida, pues muchos profesores y directivos están muriendo sin alcanzar la edad de pensión, lo que añade otro nivel a la desgracia que viven sus familiares.

A la muerte de profesores y directivos se suman las secuelas que el virus está dejando en los docentes que han pasado por las unidades de cuidado intensivo. Estos daños, en lo emocional y en lo físico, afectarán su práctica y la confianza que requieren para trabajar con cientos de estudiantes, ya sea de manera presencial, virtual o bajo el modelo de alternancia. Adicionalmente, los docentes están afectados por las consecuencias de la pandemia en sus entornos más cercanos: muchos han tenido que cuidar a familiares enfermos por el virus y, tras meses de padecimiento, aún esperan que se recuperen.

Por eso, este fin de año mi pensamiento estará con tantos maestros que nos harán falta hoy y toda la vida. Los recordaré a través de un poema que Rubén Darío, nuestro rector, escribió anticipando estos días: “Llevo muchos años / tejiendo, amor, mis hilos se acabaron / esta noche es perfecta / para el adiós”.

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