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Cuestiona el editorial del pasado cinco de agosto, titulado “Excluir a expresidentes irrespeta las instituciones”, la decisión del presidente Abelardo de la Espriella de no invitar a los expresidentes Ernesto Samper y Juan Manuel Santos a su posesión. Inicia afirmando que el mandatario entrante entiende de símbolos y que, por ello, resulta extraño que no los invite. Extraño no es: precisamente porque los entiende es que prescinde de ellos. Ambos expresidentes han sido no solo símbolos, sino también punta de lanza de la izquierda colombiana y latinoamericana que De la Espriella busca combatir.
Ernesto Samper fue presidente de Colombia a finales del siglo XX gracias a la financiación de su campaña política por parte del narcotráfico. Ese hecho manchó de indignidad a nuestra patria y la sumió en su mayor descrédito ante la comunidad internacional. Continuó mimetizado en el poder y fue ganando presencia en la llamada izquierda colombiana.
¡Qué nefasta la presencia de Samper en nuestra historia! ¡Qué nefasta la financiación de su campaña presidencial por el narcotráfico! ¡Qué nefasta su manipulación de algunos medios de comunicación! ¡Qué nefasto su apoyo a la izquierda colombiana! ¡Qué nefasta su influencia en el Partido Liberal! ¡Qué nefasta su presencia en la Unasur, apuntalando al dictador Maduro en Venezuela! ¡Qué nefasto su apoyo al corrupto Gustavo Petro!
De Santos siempre se comentó su cercanía con las FARC; incluso se dice que organizó un complot con ellas y con los paramilitares para tratar de derrocar a Samper durante su mandato, por allá en 1997. La memoria es corta y acomodada en este país: en ese entonces, pareciera que no era malo aliarse con unos u otros. Tampoco lo fue cuando el enemigo de la dictadura venezolana, en los tiempos de Uribe Vélez, guardó un silencio cómplice ante las “ayudas” de Maduro a su Nobel de Paz y, obvio, a sus amigos de siempre, los guerrilleros de las FARC, a los que jubiló cómodamente a costa de la paz de Colombia que dijo buscar.
Si algo demuestra Abelardo de la Espriella al no invitar a estos nefastos personajes —los expresidentes Santos y Samper— es ser coherente con su discurso y con la institucionalidad que dichos exmandatarios, al igual que Petro, han manoseado siempre. No se trata de simples diferencias ideológicas; se trata de quién está o no comprometido con la construcción de un mejor país.
La institución de la Presidencia no le pertenece a un apellido en particular, como bien lo expresa el propio editorial: le pertenece a cada uno de los colombianos que no traicionan a su patria como lo han hecho los señores que no fueron invitados a la posesión del nuevo presidente de la República.
Las buenas maneras y el protocolo que reclaman en su editorial no tienen cabida en este caso, porque los personajes han llegado a tal punto que tratarlos con altura se convierte en una hipocresía que va en detrimento de la credibilidad de las mismas instituciones que nos gobiernan.
Eligio Palacio Roldán
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