Todos los agravios

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El Congreso de esta república letárgica sigue legislando para nadie y una vez más, como una tradición de oscuridad y silencio colectivo bajo el mismo letargo y la misma sumisión, vuelve a asimilarse todo como un rito de muerte, una estocada y un agravio inevitable en los rostros acostumbrados al espanto de una Colonia que cambió la soberbia burlesca de los reyes por la jerarquía de otros títulos modernos de la corrección política.

El Congreso de Colombia no es ese colectivo democrático de representación, como sigue repitiéndose en foros y aulas solemnes de una educación de dogmas distantes, siempre ajenos al contexto y delirando entre los ideales supremos de lo teórico. Es, y lo ha sido desde siempre, un poder cooptado por lobbies y caciques antiguos que heredaron su poder entre las ramas de sus apellidos para controlar el dominio de sus intereses y sus tierras robadas que nunca entregarán aunque se incendie el último orgullo de sus estirpes. Para sostener el estatus y el poder representativo de las hectáreas deben invertir fortunas en su vigencia, acudir a todos los métodos del cretinismo y de la hipocresía vulgar, y aliarse entre bandos con su misma visión, aunque sean enemigos, para aplacar el advenimiento de esos nuevos partidos que han empezado a fundarse y que serán la muerte de su tradición y privilegios si continúan ascendiendo.

Por eso son ahora la mejor alianza de la Presidencia, ese Poder Ejecutivo que ahora intenta mandar entre el pantano de los tiempos modernos, tan lejanos de sus facultades, pero con la venia de ese contubernio que les permite resistir, aunque todo lo demás lo hayan perdido. Perdieron el prestigio y los principios lógicos para defenderse entre un lenguaje racional, perdieron las últimas banderas de la coherencia y los últimos estrategas entre sus filas de conservadores prehistóricos; lo perdieron todo, pero les queda la calumnia y el cinismo para seguir construyendo visiones de un mundo que solo pueden atizar con odio y fuego en el último periodo que les queda. Para sostener el poder tendrán que corromper al último de los funcionarios de la Registraduría, asegurar el fraude de las nuevas tecnologías que quieren imponer y pactar con los últimos partidos que no tenían previstos en los últimos recursos de la desesperación para salvarse. El Legislativo, por su parte, ha recibido la venia de la Presidencia para seguir gozando de los beneficios monárquicos de un Estado irreal. Después de aprobado el cobro retroactivo y el aumento de sus salarios astronómicos sobre la humillación de una sociedad revictimizada, podrán seguir respaldando, por lealtad comprada, las atrocidades de un presidente inepto que fue elegido como última opción de un autócrata desesperado que sigue buscando todas las argucias posibles para evitar las consecuencias de su fuero perdido. Necesitaban antes el poder para defender sus imperios de los advenedizos y los provincianos que quisieron aspirar a las esferas solemnes de sus dominios. Ahora lo hacen para evadir los acechos de la Corte, y deben actuar en contubernio con la banda solemne del Congreso que les debe el favor de los nuevos millones aprobados para no perder la última resistencia entre sus feudos, para no perderse entre los últimos delirios del señorío.

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