Una de las costuras rotas

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Con frecuencia los políticos anuncian acciones para un mundo que no es el que ellos imaginan. Entonces sus propuestas se vuelven discurso de credibilidad limitada, mientras los procesos políticos, que no aguardan a nadie, avanzan por otros cauces. Y cuando el discurso lleva implícita una actitud arrogante, que interpone una lente que impide ver las cosas con objetividad, mayor es el riesgo de que, a la hora de la verdad, se demuestre la distancia que los separaba de la realidad.

El nuevo presidente de los Estados Unidos ha dicho que el sistema internacional se está rompiendo por las costuras. Como complemento de su afirmación, y muestra de las ganas que tiene de ejercer el oficio de manera distinta de la forma errática como ha conducido las relaciones internacionales su antecesor, ha proclamado que ahí está él, listo a sentarse a la cabecera de la mesa de la comunidad internacional, para liderar.

Semejante propósito lleva una carga de ilusiones que no necesariamente se han de convertir en realidad. Después de este año de cataclismos el mundo no es el que él conocía con suficiencia al dejar la Casa Blanca en compañía del presidente Obama. Y ello no es así solamente por el desorden que introdujo la administración Trump, sino porque unos cuantos poderes “sueltos” no necesariamente añoran hoy la presencia de un jefe que, desde Washington, pueda, aunque quisiera, señalar el camino a la comunidad internacional.

Lo anterior, por supuesto, no significa que no haya oficio para quien tome el relevo en la presidencia de los Estados Unidos a partir de enero. Claro que sí que lo hay. Pero no necesariamente en términos de ejercer, porque sí, ese liderazgo que él reclama. Aunque no falte uno que otro desvalido que, en representación de un clase en extinción, todavía espere seguir las instrucciones de Washington, en cada región se han desatado procesos que no tienen como premisa la hegemonía de una potencia global desprestigiada y que poco sirve de ejemplo con el espectáculo anárquico de su actual proceso de sucesión interna en el poder.

A la realidad de ese mundo desordenado y caótico contribuyó de manera sustancial el Presidente Trump, que deja por todos lados “piezas desacomodadas” en desarrollo de un juego cuyos mecanismos él no conocía y parecería que no alcanzó siquiera a comprender. La prueba está en que, si lo hubiera hecho, no habría maltratado a sus amigos y no habría insistido en la idea impracticable del aislamiento y una supuesta supremacía que sólo anidaba en su precaria imaginación.

Si bien el Presidente Biden cuenta con la ventaja de su experiencia de ocho años desde una posición de privilegio que le permitió aproximarse al conocimiento de asuntos y problemas en diferentes regiones del planeta, el éxito de su gestión no puede depender del llamado genérico a obrar como gerente de la comunidad internacional. Más bien su buen criterio se debe manifestar, y poner a prueba, en los casos concretos de las “costuras rotas” que él mismo ha denunciado y que seguramente se propone remendar.

Sin perjuicio de las confrontaciones comerciales y las andanadas de trinos desordenados que deja Trump con su manejo caótico de las relaciones internacionales, el tratamiento, en serio, de las diferencias que deja planteadas con Irán resulta ser uno de los problemas cruciales, inaplazables, de alto valor político y simbólico, que el nuevo presidente deberá afrontar. Su buen criterio estará a prueba frente a una confrontación heredada, que lleva la carga de diferencias de civilización y cultura, de sentido y papel del Estado, del manejo de alianzas regionales y de la cooperación con aliados tradicionales, e inclusive con competidores, como Rusia y China, que hicieron parte de los acuerdos de hace cinco años, que comprometieron a la República Islámica a orientar su desarrollo nuclear con finalidades pacíficas.

No será tarea fácil irrumpir ahora en un escenario de animosidad creciente en el que ambas partes se califican mutuamente como terroristas, en medio de una insana confrontación entre algunas manifestaciones del islam y nuevos “cruzados”, con millones de musulmanes y cristianos atrapados en espacios geográficos y culturales en donde son minoritarios. El presidente Biden tiene una especie de obligación de ocuparse pronto de ese tema y acertar en su manejo, desde sus primeras acciones, que formarán parte de una cadena de acontecimientos que ponen en juego, otra vez, la paz en el Medio Oriente.

Esas primeras acciones de su administración comprometerán el futuro, la solidez y la credibilidad de su política exterior. Con el agravante de que sus decisiones se vendrán a insertar en la secuencia que se inició con el aparente incumplimiento, por parte de Irán, de sus obligaciones de mantenerse alejado de intenciones de desarrollar su capacidad nuclear con propósitos militares, y el retiro unilateral de los Estados Unidos del Plan Integral de Acción Conjunta que había firmado en 2015 con la República Islámica, Alemania, Rusia, China, Francia y el Reino Unido, a quienes Trump dejó “desacomodados”, como típico gesto de esa idea grandilocuente y equivocada de que se deriva del conocido lema de su presidencia: America First.

El asesinato programado y publicitado del general Qasem Soleimani, presentado por Trump como trofeo, el cambio de ritmo de Irán en cuanto al cumplimiento de sus compromisos, los ataques a bases estadounidenses en Irak, los hostigamientos con drones a embarcaciones en el Golfo Pérsico, los discursos de amenazas que han ido y venido, y el reciente asesinato de Mohsen Fakhrizadeh, el científico nuclear más importante de Irán, del cual éste último país acusa a Israel, principal aliado de los Estados Unidos en la región, apenas acrecientan el panorama de las complicaciones que será necesario superar.

Para moverse en ese laberinto, que no puede dejar de transitar, Biden ha de ejercitar sus capacidades de malabarista que le permitan reducir la tensión en el Oriente Medio, obtener el freno efectivo de la opción militar nuclear iraní, modificar las condiciones del estrangulamiento inhumano de la República Islámica, defender a sus aliados estratégicos en la región, fundamentalmente a Israel, al que también debe moderar en su protagonismo bajo los impulsos de su primer ministro, y recuperar el diálogo, la cooperación, y sobre todo la confianza, con los otros signatarios del Plan de 2015.

Si el presidente Biden consigue salir airoso de esa prueba, reforzará sus credenciales para sentarse a una mesa que, en todo caso, será más bien redonda, pues el diseño rectangular, con cabecera reservada a quien ocupe la presidencia de los Estados Unidos, en ejercicio de una especie de derecho indiscutible, no forma parte ya del mobiliario de funcionamiento de la comunidad internacional.

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