Una guerra civil no declarada

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Esta, creo, es la mejor manera de entender la situación de los Estados Unidos y sus tremendas consecuencias para el mundo.

Aunque las dos campañas estén gastando billones, aunque la politización de los medios y las redes sociales sea extrema, y aunque cada decisión pública sea manipulada en función de las elecciones venideras, prácticamente nadie cambiará su voto del 3 de noviembre en Estados Unidos.

Los partidarios y los opositores de Trump viven en dos planetas diferentes, dos universos autocontenidos donde cada suceso, cada palabra e inclusive cada cifra es entendida de maneras diametralmente opuestas.

Y el problema no es apenas de ignorancia o de mala información: un segundo período de Trump pondría en peligro la existencia misma del país que lo rechaza, y su derrota implicaría el fin del país que lo reclama. Por eso estamos ante una guerra civil no declarada, no apenas ante unas elecciones muy polarizadas.

Esta guerra ha corroído la credibilidad de todas las instituciones del Estado de derecho: Congreso bloqueado, justicia politizada, organismos de inteligencia desacreditados, militares en las calles, policía abusiva, periodismo partidista, abundancia de fake news y rechazo manifiesto de la ciencia.

Más todavía que la Guerra Civil de 1861-1865, esta guerra sin armas ya está tocando las bases mínimas de una democracia. Cuando la gente ya empezó a votar, cursan más de 60 demandas contra las papeletas por correo y otros aspectos del proceso electoral; alguno de estos pleitos podría llegar a la Corte Suprema, donde el voto decisivo sería el de la magistrada que… Trump designó ayer sábado. Peor todavía: Trump no para de decir que viene un fraude y que no se compromete a respetar el resultado de los escrutinios.

Esta guerra se da además en medio de una triple y gravísima crisis en la historia de Estados Unidos: es el país del mundo con más muertes por COVID-19, la recesión debida a la pandemia es la peor en por lo menos un siglo y las luchas raciales han vuelto a los niveles de los años 60.

Nunca antes había sido tanta la desesperanza, tanto el odio, ni tanta la rabia en la democracia más vieja del mundo. Tal vez lo fueron en aquella guerra de 1861, pero entonces Estados Unidos no era para nada la primera potencia del planeta, el país-indispensable, como dicen los internacionalistas, el país arquitecto de la aldea global, “el país al que todos podemos llamar patria”, como dijo hermosamente Whitman en representación de los migrantes todos.

Trump no es la causa sino el epítome de una guerra sorda que se venía gestando desde hace muchos años. Una guerra que surge del “carácter nacional” o de los rasgos peculiares del país que llegaría a ser potencia: religiosidad, federalismo, esclavitud e individualismo, las cuatro claves hondas que a mi juicio están desembocando en esta guerra civil no declarada.

Y por eso, gane Trump o gane Biden, esta guerra civil se mantendrá por mucho tiempo para mal de los Estados Unidos y para turbulencia del planeta entero.

* Director de la revista digital “Razón Pública”.

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