Vacunar: un propósito nacional

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Los odios políticos en Colombia han llegado a tal extremo, que se ha politizado hasta la aplicación de la vacuna contra el COVID-19. Ni siquiera lo que se constituyó en el más importante propósito nacional de los últimos tiempos para Colombia —lograr vacunar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible— ha sido capaz de unir al país alrededor del mismo.

Aquí estamos ante un reto al cual, como nación, nunca nos hemos enfrentado antes. Frente a situaciones inéditas, siempre existirá enorme incertidumbre sobre lo que suceda. Es natural. Y lo único que se puede pretender en estos casos es planear para tratar que las cosas salgan lo mejor posible. Pero, con casi absoluta seguridad, lo que resulte será distinto a lo que se planeó.

Esta incertidumbre, desafortunadamente, no la puede resolver nadie. Ni siquiera el Estado, y mucho menos uno que funciona como el que tenemos en Colombia. Este Estado leguleyo, que se mueve lento y reacciona tardíamente, sobre todo si cada vez se extiende más la duda sobre cuándo llegarán las vacunas. Las declaraciones encontradas entre el Gobierno y la Organización Panamericana de la Salud no hacen sino confundir.

Dentro de este panorama, de incertidumbre y polarización, es que el país va a comenzar su plan masivo de vacunación. El Gobierno ha hecho un esfuerzo importante alrededor del diseño de ese plan. Este pasa por la negociación con las farmacéuticas, la construcción de la infraestructura requerida para implementarlo, la estructuración de etapas de vacunación, la recopilación de bases de datos y la aplicación de herramientas tecnológicas que permitan realizar la inmunización de la manera más eficaz posible.

Gústeles o no a los críticos, los contratos que se están firmando con las farmacéuticas, según lo que ha manifestado el Gobierno, tienen ciertas cláusulas que no permiten la divulgación de esos documentos y hacerlo pondría en riesgo la disponibilidad de las vacunas. Tampoco estoy de acuerdo en que el Gobierno se escude en el argumento de la confidencialidad para evitar ser más abierto con la información. Pero entiendo que es perfectamente posible que esas cláusulas de confidencialidad existan. Y aunque puede que no me guste, estoy dispuesto a darle el beneficio de la duda al Gobierno, si es que esto implica el aseguramiento de las vacunas, que en el fondo es lo único que importa. O por lo menos lo que más importa, por encima de cualquier otra consideración.

Seguramente habrá fallas en las plataformas tecnológicas. Seguramente habrá demoras en la entrega de algunas vacunas. Seguramente la infraestructura de congelación y la distribución de las vacunas sufrirán traspiés. Todo esto sucede en ambientes de alta incertidumbre. Pero al final del día lo importante es que logremos ponerle un tatequieto a este virus. Eso sí, asumiendo que lo que dice el Gobierno, críptico y contradictorio, sea cierto. Esperemos que sí y que la confusión, con el tiempo, se disipe. Después de eso ya vendrán miles de razones para que se siga atizando la hoguera de las vanidades.

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