El Aleluya, la Virgen María y las voces religiosas hicieron parte de la “Invocación y Alabanza”, el penúltimo punto del orden del día de la posesión de Abelardo de la Espriella en la Presidencia de la República. Fue una ceremonia que se realizó, contrario a transición de las últimas décadas, que se dio fuera de Bogotá, bajo otros términos y con directivas poco comunes, la religión se tomó el discurso.
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De pie junto a Eduardo Cañas, pastor de la iglesia cristiana Manantial de Vida, presidentes de otros países, congresistas y ministros levantaron las manos mientras le escuchaban decir: “Te pido, Señor, que Colombia vuelva sus ojos a ti, te lo pido, Padre, en nombre de Cristo Jesús”. “Que viva Colombia, que viva Israel”, dijo el rabino David Michaan. “Que Dios bendiga al presidente de la República. Digamos, en unísono, ven Espíritu Santo”, dijo el capellán Rodrigo Londoño, mientras invitaba a todo el auditorio de la Arena USC en Cali a repetir junto a él.
Fueron un rabino, un capellán, un pastor cristiano y un obispo católico, último en intervenir durante la ceremonia. Javier Múnera Correa, el presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, cerró la franja religiosa de casi media hora con una plegaria que llama al diálogo, la justicia y la paz.
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Lo cierto es que la fe del nuevo presidente y los actos espirituales que rodearon el cambio de gobierno abrieron nuevamente el debate sobre cuáles son los límites entre el Estado, la religión y la política. Este lunes se cumple poco más de una semana desde que Abelardo de la Espriella llegó al poder y, aunque el debate mermó debido al terremoto de 7,4 que aún conmociona al país y mantiene el luto nacional, la discusión sigue abierta.
La Constitución y la libertad de cultos
El centro de esta discusión radica en esa Constitución de 1991 que el nuevo jefe de Estado juró proteger cuando tomó posesión de su cargo el pasado 7 de agosto. Colombia no es un Estado de filiación religiosa y fue esta, precisamente, la consigna que se obtuvo luego de dejar atrás la Constitución de 1886. Según indica el artículo 19, “se garantiza la libertad de cultos. Toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva. Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley”.
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De acuerdo con este texto y bajo la invocación de la protección de Dios en el preámbulo de la Carta Política vigente, no se desconocen los sentimientos religiosos ni se es ajeno a la figura de Dios. Este es precisamente el fragmento, en la génesis de la Constitución, según el cual algunos sectores religiosos cobijan las recientes acciones de De la Espriella. Días antes de posesionarse como presidente, llevó a su gabinete ministerial a un retiro espiritual durante el cual les entregó biblias a sus funcionarios y aseguró que “para construir una gran Nación hay que poner a Dios en el centro de cada decisión”.
En la ley 133 de 1994 quedó consignado: “Ninguna Iglesia o Confesión religiosa es ni será oficial o estatal. Sin embargo, el Estado no es ateo, agnóstico o indiferente ante los sentimientos religiosos de los colombianos”.
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Sin embargo, el debate entre poder y religión no es nuevo. En las últimas tres décadas han existido algunas precisiones por parte de la Corte Constitucional respecto al rol del Estado y de los servidores públicos en temas religiosos. En la sentencia C-350 de 1994 se estableció en Colombia el principio de laicidad y neutralidad religiosa, el cual ha sido ratificado en varios pronunciamientos posteriores para dejar en claro que “a partir de la Constitución Política de 1991, no puede entenderse que el principio de neutralidad suponga un rechazo absoluto al fenómeno religioso. Simplemente, este impone al Estado reconocer a todos los sistemas morales –religiosos o no–, y asignarles el mismo trato sin promover activamente a alguno de ellos. En este orden de ideas, los servidores públicos tienen el deber de cumplir con el principio de neutralidad y no adscribirse a una religión en específico. Ello limita de manera razonable su derecho a la libertad de cultos”.
Es decir que, aunque el presidente, las y los ministros u otros servidores públicos profesen alguna religión, esta no puede ser promovida desde el Estado y por tanto no se debe direccionar recursos públicos a este tipo de actividades. Sin embargo, sí existen algunos beneficios hacia las iglesias; entre ellos, la excepción del pago del impuesto de renta. Basta con echar un vistazo en las comisiones de Senado y Cámara en el Congreso de la República para ubicar algún símbolo cristiano en las paredes o darse cuenta que en el Capitolio existe una capilla católica. Lo mismo pasa en las altas cortes y en otras instancias estatales.
Además, la Presidencia cuenta con un puesto para el capellán oficial de la Casa de Nariño, que en este caso ocupa el mismo Rodrigo Londoño que participó en la ceremonia de posesión de De la Espriella. Sin embargo, este oficio lo han desempeñado diferentes personas dependiendo del gobierno de turno.
El poder y la religión: viejos conocidos
Para hablar de la relación entre el poder y la religión hay antecedentes de varios siglos atrás, pero en tiempos modernos los análisis son varios. Las alianzas con colectividades de fe se han dado tanto en la derecha como en la izquierda. Candidatos y presidentes se han acercado a diferentes sectores religiosos en búsqueda de respaldo en las urnas. Tanto Iván Cepeda como Abelardo de la Espriella buscaron ese guiño, que representa una fuerza política importante; hay más de 12.000 congregaciones registradas ante el Estado.
Lo cierto es que, luego de la campaña y con el triunfo materializado, al Gobierno llegaron fichas importantes en temas religiosos, y algunas hacen parte del círculo más cercano del presidente De la Espriella. Uno de ellos es su vicepresidente José Manuel Restrepo, quien asegura que junto a su esposa, Tatiana Céspedes, hacen parte del movimiento apostólico Emaús y han servido en varias ocasiones como facilitadores en retiros espirituales para parejas.
Además, aunque aún no se ubica en un cargo oficial, Carlos Alonso Lucio ha sido uno de los que más cerca ha estado del presidente. Lucio, junto a su exesposa y ahora ministra de Educación, Viviane Morales, hacen parte de la iglesia cristiana Casa sobre la Roca. También están otras iglesias claves como El Lugar de su Presidencia, Manantial de Vida Eterna, Camino a la Libertad –fundada por el papá de ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán–, Misión Paz a las Naciones –del pastor, exsenador y recién nombrado liquidador del Ministerio de la Igualdad John Milton Restrepo– y la Misión Carismática Internacional, fundada por los padres de la senadora de Salvación Nacional, Sara Castellanos, y a la que también asisten la representante por el mismo partido, Carol Borda, y la nueva gerente de Bogotá, Clara Lucía Sandoval.
La exdirectora de la oficina de Asuntos Religiosos del Ministerio de Interior, Lorena Ríos, asegura que “lo que viene desarrollándose con el actual presidente es el resultado de algo que ya estaba establecido en Colombia y que también lo hicieron [Iván] Duque y [Juan Manuel] Santos. [...] El presidente actual lo ha entendido en una mayor manera porque ha visto también unos aliados estratégicos en las distintas comunidades religiosas. Yo creo que sí es muy importante poner esa base, que no es algo que esté empezando hoy, es algo que ya ha venido desarrollándose y que ha tomado fuerza ahora”.
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En este sentido, según cifras oficiales del Ministerio del Interior, hay 12.500 entidades religiosas registradas en Colombia y el 99 % corresponden a iglesias evangélicas. Además, aunque no se inscriben dentro de este mismo registro, las iglesias e instituciones católicas son predominantes en todo el territorio nacional. Incluso, el expresidente Gustavo Petro tuvo como una de las figuras más importantes de su gobierno al cuestionado pastor Alfredo Saade.
En todo esto hay un mensaje político claro que responde a los guiños de respaldo a los mandatarios de turno. En materia internacional, los asuntos religiosos también median en la construcción de relaciones diplomáticas. Mientras Petro era más cercano a los países árabes y rompió relaciones con Israel debido a las denuncias por genocidio contra el pueblo palestino que tiene ese país, De la Espriella se acercó nuevamente y envió un mensaje con la participación del rabino en la posesión, lo que da indicios de la manera en la que se abordarán conflictos que involucran tanto el poder como la religión.
Según Mary Rodríguez, doctora en Teología y profesora de la Universidad Javeriana, en este momento, a nivel global, hay una tendencia de utilizar la religión en la política a través de “temas fundamentales de la vida con un tinte religioso para darles un nuevo significado. Nos acercamos a experiencias como la familia y la patria, que son esenciales en las personas. [...] El mensaje que él [Abelardo de la Espriella] va mostrando es el apoyo de todas estas tendencias conservadoras del país y que ven la diferencia con temor y como un peligro y no como una riqueza. [...] Buscar esa aprobación y el respaldo de estas grandes denominaciones está muy unido al poder económico”.
En ese sentido y bajo el “¡Viva Cristo Rey!” con el que el presidente suele finalizar algunas de sus intervenciones públicas, se marca una nueva dinámica política. Algo que de manera simbólica se asocia, según Rodríguez, con el poder jerárquico y de sometimiento, pero surge de “una concepción totalmente desfigurada de lo que es Cristo Rey, que no es un Cristo ni político, ni dominador”.
Lo cierto es que, el gobierno de De la Espriella ha asegurado que respeta la diferencia de cultos en el marco de la Constitución, lo cual no implica que escondan su fe. Sobre la mesa está el sistema de pesos y contrapesos, las diferentes entidades de control y la misma Carta Política. Hay que esperar para ver qué tanto peso tendrá esa fe del nuevo gobierno en las decisiones administración y de política pública.
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