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Hamburguesa triple en la primera cita: hablemos de lo nutricional; no de lo viral

En los últimos días se hizo viral un video que hacía alusión a una primera cita donde una persona pidió una hamburguesa triple. ¿Qué nos puede decir este caso visto bajo el lente de un nutricionista?

Luis Miguel Becerra Granados*

17 de julio de 2026 - 02:26 p. m.
Opinión
Foto: El Espectador
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Una hamburguesa triple en la primera cita ha sido la piedra de la discordia en estos días en las redes sociales. ¿Descortesía? ¿Exageración? ¿“Princesismo”? Considero que lo importante no radica en si está bien pedir una hamburguesa triple en la primera cita, sino en la connotación de 1.800 calorías en la primera impresión. Para hablar de esto es importante destacar de dónde nace la idea de esta columna.

La chispa saltó cuando un hombre compartió en redes sociales su historia de una “mala cita” fundamentado en que ella pidiera una hamburguesa triple. A partir de ahí, la conversación se fue por todas partes: educación, dinero, feminismo, expectativas... Vaya, lo de siempre. Pero en medio de tanto ruido, casi nadie hizo una pausa para preguntarse lo que realmente vale la pena: ¿Qué quiere decir que tu compañero/a de primera cita (hombre o mujer) pida una hamburguesa triple?

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El debate se centró en si era de mal gusto pedir una triple en una primera cita. Pero desde la nutrición, esa es la pregunta menos relevante. Lo que de verdad importa no es lo que se hace una vez, sino lo que se repite una y otra vez. Una hamburguesa triple, por sí sola, no va a mandar a nadie al hospital ni a convertirlo en obeso. El peligro está en hacer de esto un hábito, sobre todo si, además, se lleva una vida sedentaria y el resto de la alimentación tampoco ayuda.

El cuerpo humano aguanta un exceso de vez en cuando; lo que le pasa factura es la rutina. El asunto interesante no es la etiqueta, sino lo que representa una comida de ese tamaño. No se trata de juzgar a nadie, sino de entender el mensaje que deja una decisión así en la primera impresión.

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Vamos por partes. Una hamburguesa triple no es simplemente tres trozos de carne apilados. Es un artefacto nutricional hecho para concentrar energía en un espacio pequeño. Según los ingredientes y el lugar, puede tener entre 800 y 1.200 calorías. Y si le sumas unas papas grandes y una gaseosa, la cosa se va fácil a 1.800 o 2.000 calorías. Para que se hagan una idea, eso es lo que necesita una mujer adulta en todo el día, y para un hombre representa una parte bien grande de lo que debe consumir diariamente.

Pero quedarse solo con las calorías es como leer el final de un libro y creer que ya se entendió toda la historia. Porque en esa montaña de carne también hay entre 45 y 70 gramos de proteína de primera calidad, hierro que el cuerpo absorbe sin problema, vitamina B12, zinc y otros nutrientes muy valiosos. La carne sigue siendo una campeona en densidad nutricional, eso no se discute. El detalle es que el regalo viene con un acompañante no tan amable: bastante grasa (y de la saturada, para ser más exactos), y una cantidad de sal que en algunos casos llega a los 2.300 miligramos, o sea, justo lo que la OMS recomienda como tope para todo un día.

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Ahora, no todos los nutrientes le cuestan lo mismo al cuerpo. La proteína es exigente: entre el 20 % y el 30 % de sus calorías se gastan solo en digerirla. La grasa, en cambio, es más perezosa: apenas gasta entre el 0 % y el 3 %. Eso quiere decir que el metabolismo no es una simple suma y resta, sino que cada nutriente tiene su propio costo energético. Y hay más: la proteína tiene un superpoder: cuando se digiere, el intestino libera hormonas como el péptido YY o el GLP-1, que le van diciendo al cerebro: “tranquilo, ya estamos llenos, paremos”. Por eso, una hamburguesa de estas llena mucho más que un pan industrial con las mismas calorías.

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El problema es que el cerebro no responde de inmediato. Tarda unos quince o veinte minutos en darse cuenta de que el estómago ya está satisfecho. Y una triple hamburguesa se puede bajar en menos de diez minutos. Así que uno termina de comer antes de que el cuerpo haya tenido tiempo de avisar. Es como manejar con el medidor de gasolina atrasado: cuando por fin marca lleno, ya se derramó.

Otro dato que casi nadie menciona es la densidad energética. Una “triple” pesa unos 400 gramos y da cerca de 1.000 calorías. Una ensalada del mismo peso no llega a 200. El volumen es parecido, pero la energía que guardan no tiene nada que ver. El sistema digestivo percibe el volumen y la composición, no cuenta calorías. Ahí está el truco.

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Y de paso, desmontemos un mito: el pan no es el villano de la historia. La mayor parte de las calorías vienen de la carne, el queso, las salsas y la grasa de cocción. Quitar el pan ayuda un poco, pero mucho menos de lo que la gente cree. Pedirla “sin pan” se ha vuelto casi un gesto simbólico más que una solución real. Además, ojo con los acompañantes: muchas veces, la hamburguesa no es ni lo más calórico del menú. Una porción de papas grandes añade 400 o 500 calorías, una gaseosa azucarada otras 200, y un batido puede rondar las 500.

Por esto, cuando tenga su primera cita y quiera evitar polémicas innecesarias, la mejor opción como se lo ha dicho su nutricionista es pedir una ensalada. La ensalada jamás genera polémica.

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*Nutricionista Clínico Pediátrico, PhD. en Nutrición Humana.

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Por Luis Miguel Becerra Granados*

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