Mapiripán, en el departamento del Meta, recibe a sus visitantes con una experiencia que quienes viven en la ciudad reconocen de inmediato como un lujo, el canto permanente de las aves. Y es que rodeado por carreteras que atraviesan los llanos colombianos y paisajes que anuncian la cercanía de la Amazonía, este lugar se ha convertido en uno de los territorios preferidos por los amantes del aviturismo, de la naturaleza y de la calma.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Ahí, el silencio, el calor y la presencia constante de la naturaleza crean una atmósfera en la que, de día y de noche, marcan el ritmo de quienes desean pasar y hacer una visita.
👀🌎📄 Le podría interesar: Así es Florencia, el corazón que conecta los Andes con la selva amazónica
Una historia de resilencia y naturaleza
El turismo en Mapiripán apuesta por la naturaleza y por la calma que ofrece la región, situada a orillas del río Guaviare, en un punto estratégico donde la Orinoquía se encuentra con la Amazonía. Esta ubicación explica su extraordinaria biodiversidad y también su riqueza cultural, resultado de las distintas poblaciones que llegaron desde varias regiones del país en busca de nuevos horizontes y que terminaron configurando una identidad diversa.
Esa convergencia de regiones se refleja en varios lados. En su gastronomía, donde los pescados recién extraídos del río se preparan con técnicas y sabores que combinan la tradición amazónica con el ahumado característico del llano. En sus artesanías, donde la madera, trabajada por manos locales, se transforma en piezas valoradas en distintas regiones del país y en sus expresiones musicales donde el joropo, con sus pisadas rápidas, el arpa llanera y los cantos tradicionales, reconocidos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, acompañan la vida cotidiana de la región.
Sin embargo, esa riqueza también ha marcado su historia. Durante años, el municipio fue observado a través del lente del conflicto armado que disputó el control de sus tierras, una percepción que hoy sus pobladores buscan transformar. Así lo expresa Marlon Franco, docente del municipio y guía de recorridos históricos, quien afirma con firmeza mientras relata esos años: “Nosotros no tenemos por qué avergonzarnos; quienes deben estar avergonzados son los que permitieron esto y quienes debían protegernos”.
Franco explica que el propósito de estos recorridos no es exaltar los hechos violentos, sino generar espacios de reflexión sobre los procesos de transformación que han redefinido la región, resaltando el papel de las comunidades en la construcción de un futuro basado en la resiliencia y el desarrollo sostenible.
“Hoy, quienes visitan el municipio encuentran un lugar pensado para viajeros pacientes, interesados en experiencias de observación y exploración. El avistamiento de aves, la posibilidad de observar toninas en el río Guaviare y en algunas lagunas cercanas, así como los recorridos de senderismo por la selva, hacen parte de los principales planes turísticos de la zona”, explica Franco.
Uno de los principales destinos para conocer esta riqueza natural es la reserva Matabambú Lagunas, donde la jornada comienza hacia las 5:30 de la mañana, cuando las aves se despierta y el avistamiento alcanza su mejor momento. Este lugar se ha consolidado como uno de los principales hotspots de aves en Colombia, país que lidera desde hace años los registros mundiales de avistamiento en jornadas como el Global Big Day.
En estas iniciativas, Matabambú ha alcanzado algunos de los conteos más altos del país, confirmando su relevancia para el avistamiento especializado y la investigación científica.
A este lugar se accede en lancha o mediante caminatas guiadas, recorridos en los que el olor de la vegetación húmeda anticipa la experiencia natural que espera a los visitantes. El territorio corresponde a un bosque inundable de aproximadamente 700 hectáreas, acompañado por dos lagunas que suman cerca de 960 hectáreas y albergan una amplia diversidad de especies, entre ellas pirañas (Serrasalmus rhombeus), toninas o bufeos (Inia geoffrensis) y babillas (Caiman crocodilus).
En el lugar destaca “Dino”, una babilla criada desde pequeña por los cuidadores de la reserva, que ocasionalmente puede observarse a distancia durante los recorridos si se llama.
“La iniciativa se sostiene sobre dos pilares. Uno es el turismo rural sostenible, de naturaleza y comunitario, y dos la preservación de la biodiversidad mediante procesos de restauración, reconciliación ambiental y trabajo con las comunidades locales”, explica Diana Escobar Hernández, coordinadora de proyectos de la fundación.
👀🌎📄 No deje de leer: Nuquí: un paraíso que va más allá del avistamiento de ballenas
La líder ambiental señala que el proyecto tiene un profundo sentido de reparación, al reconocer que el entorno natural también fue afectado por el conflicto. Por ello, han impulsado procesos de diálogo permanente con las veredas cercanas, promoviendo alternativas económicas como el turismo de naturaleza, que les permitan generar ingresos para las comunidades sin afectar el ecosistema.
“El mensaje para quienes deseen visitarnos es conocer estos santuarios resilientes, espacios de reconciliación y conservación donde trabajamos con dedicación para proteger la naturaleza”, concluye.
Otra área clave es la Reserva Natural ProAves El Jaguar, ubicada a pocos kilómetros del casco urbano de Mapiripán. Este santuario destaca por la alta densidad de especies de fácil observación, entre ellas el jaguar (Panthera onca), que le da su nombre, el mono churuco (Lagothrix lagothricha) y la nutria gigante (Pteronura brasiliensis), además de cerca de 295 especies de aves registradas.
El recorrido puede ser más agitado de lo que muchos imaginan. Las diversas caminatas que ofrecen con distintos niveles de dificultad, atraviesan una selva espesa donde los mosquitos obligan a avanzar con paciencia, mientras, desde la copa de los árboles, los monos irrumpen en la escena corriendo entre las ramas, comiendo frutos y dejando caer semillas que recuerdan que el visitante está en un ecosistema vivo y en constante movimiento. Esa mezcla de incomodidad y asombro es, precisamente, parte del encanto de la experiencia.
Quienes lideran los procesos de conservación, como Kevin Ramírez, guardabosque de la reserva, destacan que recorrer estos espacios también permite reconocer la riqueza natural del país y la necesidad de protegerla. “Muchas veces no somos conscientes de la riqueza que tenemos, y lo que hacemos aquí es aportar, desde nuestro trabajo, a la protección del medio ambiente, algo fundamental para los seres humanos, los animales y el planeta”, señala.
Así, entre memoria histórica, riqueza cultural y biodiversidad excepcional, Mapiripán avanza en la construcción de una nueva narrativa: la de un territorio que, sin olvidar su pasado, busca ser reconocido por su resiliencia y por la naturaleza que lo define.
👀🌎📄 ¿Ya está enterado de las últimas noticias del turismo en Colombia y en el mundo? Lo invitamos a verlas en El Espectador.