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A Antonio Caballero no le sobrará ningún homenaje. La dimensión de su obra y de su legado en el periodismo y la cultura permiten que siempre haya algo más para hacer y decir sobre lo que hizo en 50 años de carrera como escritor y como dibujante.
En este mes, cuando se cumplen cinco años de su muerte, Penguin Random House publicó tres libros que le rinden homenaje a Caballero. Uno de ellos es una reedición de Sin remedio, su única novela; también hay otra reedición de La historia de Colombia y sus oligarquías; y el tercero se llama Mientras andaba por ahí, una compilación de ensayos, crónicas y entrevistas sobre arte, y que Mario Jursich se encargó de reunir. Hablamos precisamente con él sobre este libro y sobre el trabajo que ha venido haciendo con Isabel Caballero, su hija.
“La idea inicial de la reedición es que todos, salvo algunos casos en que no se puede, como el de Historia de Colombia y sus oligarquías, tengan algo que se pueda llamar valor agregado. Y eso significa, en cada uno de los títulos, cosas diferentes. Por ejemplo, en Sin remedio, esta edición tiene un apéndice bastante extenso que incluye materiales, varios de ellos completamente inéditos, a propósito de Sin remedio”, contó Jursich en entrevista para este diario.
Además de los tres libros que se publicaron este mes, vendrán otros que se irán publicando año tras año. Sobre este proyecto, Jursich aseguró: “Es que la cantidad de material es tal, Andrés, que, fíjese, esto es un tomo de 500 páginas. Pero hay todavía más material. Se pudiera hacer fácilmente una edición de 650 páginas con crónicas de arte. Y luego, lo otro, todo lo que tiene que ver con la literatura, la política de las instituciones culturales, con la música —que le interesaba también bastante a Antonio—, con las entrevistas, todo eso va a aparecer en un tomo aparte que se va a llamar Con acritud”.
“Eso va a ser otro tomo más o menos del mismo tamaño, en el cual se repiten, aplicadas a otros campos, estas mismas cosas que le he dicho sobre la escritura, sobre el arte de Antonio. A mí ese libro me parece que va a sorprender mucho. Por ejemplo, Antonio escribió muchísimas reseñas sobre libros. No sé cuántas personas podrán recordar que Antonio reseñó libros de Borges o La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. O, por ejemplo, que escribió sobre Galeano, sobre Las venas abiertas de América Latina”.
“Mucha literatura latinoamericana que en su momento estaba saliendo la reseñó con el mismo humor, con la misma inteligencia, con la misma ironía que aplicaba en el caso de las crónicas de arte”.
¿Cómo ha sido el trabajo de volver a un archivo tan importante como el que dejó Antonio Caballero?
Voy a ir al comienzo. Cuando arrancó El Malpensante, hicimos un libro de Antonio que se llamaba Paisaje con figuras, que recogía artículos sobre cultura, literatura, reseñas de exposiciones de artes plásticas que Antonio había publicado en la revista Cambio.
Acuérdese de que eso es un contraste interesante. Antonio, en España, durante mucho tiempo fue un periodista de cultura. Escribía también sobre política, pero la gente lo identificaba como un periodista cultural. En cambio, en Colombia siempre fue lo contrario: un periodista más bien de la actualidad noticiosa, de la política, etc.
No es que me hayan entregado un archivo: me entregaron el computador de Antonio, la memoria del computador, y yo empecé a hacer, digamos, un primer balance ahí. Durante este tiempo lo que hemos tenido que hacer es reconstruir un archivo. Esto implicó, por ejemplo, volver a revisar toda la colección de Cambio 16 en España para hacer como un inventario de lo que Antonio escribió. Antonio empezó en el proyecto de Cambio 16 desde el número uno. Y luego, en el camino, fuimos descubriendo que en algún momento Antonio se llevó muchas cosas. Entonces aparecieron, por poner algunos ejemplos, de la época en que él estaba en París, en los años 60, una versión con muchas tachaduras, muchos pasajes suprimidos de Sin remedio.
Y la exesposa de Antonio, Alexandra, conserva 250, 300 libretas pequeñitas que él utilizaba como ayuda de memoria. En esas libretas anotaba cosas que veía. Seguimos en ese trabajo de revisar publicaciones, porque es que Antonio empezó más o menos su carrera profesional, a los 16 años. Y desde entonces no paró. Escribía a veces dos y tres veces por semana, en un mismo medio o en diferentes medios.
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Entonces está la etapa de Cambio 16, está la etapa en El Espectador, está la etapa en El Tiempo, está la etapa en Semana, está la etapa en la versión de Cambio acá, está en una revista que se llama 6 Toros 6, está en SoHo, está en El Malpensante. Es decir, hay un archivo gigantesco que estamos terminando de reunir y que va a ser como la fuente de la cual van a salir los libros.Hola
¿Cómo fue ese vínculo con él y cómo ha sido también, de alguna manera, volver a esa amistad a partir de toda esta reconstrucción de su archivo?
No fui un amigo cercano, un amigo que lo viera todo el tiempo. Fui a comer varias veces con él, hicimos tres o cuatro viajes juntos y, sobre todo, trabajamos en la edición de estos libros.
Cuando hicimos la primera edición de Sin remedio, como esos textos se habían publicado 15 años atrás y, en el entretanto, algunas normas ortotipográficas en el español habían cambiado, yo le dije: “Antonio, vamos a hacer una intervención en este sentido”. Protestó mucho porque le pusiera los papas en minúscula. Y la razón, como me lo decía él sonriéndose, era: “Me parece una falta de respeto”.
Ahí entendí bien qué era lo que le interesaba a Antonio desde el punto de vista de qué significa ser, en concreto, una crítica de una exposición, una crítica de arte. Él rechazaba ese término, no crítico de arte, sino más bien como un cronista de arte.
Y por eso el libro se llama Mientras pasaba por ahí, porque fueron cosas que se presentaron mientras había una gran efervescencia. No se le olvide algo: Antonio hizo todo esto, o buena parte de este trabajo, en el contexto de lo que se llamó la movida madrileña. En un sentido estricto, eso que aparece en ese libro es parte de ese movimiento.
Y este libro, fíjese, recoge textos que se publicaron hace casi 50 años. Y un número inmenso de ellos usted los lee y parece que hubieran sido escritos ayer. La permanencia de esas columnas, la actualidad que tienen, proviene de la fuerza del estilo de Antonio, no de que tuviera estas o aquellas opiniones sobre determinado artista.
¿A qué cree que se debe esa vigencia de sus textos?
Yo diría varias cosas. Mire, eso tiene que ver con un rasgo de época. Cuando empezó la revista Cambio 16, ellos utilizaban internamente una consigna que se aplicaba a todo lo que se escribía en la revista. Era más o menos que uno debía escribir un artículo o un informe sobre la industria de la zapatería y que el lector debería poderse reír varias veces en el curso de esa lectura.
Eso, aplicado al campo de las artes, significa varias cosas. La primera de ellas es que había buen humor e ironía para escribir sobre lo que fuera que se estuviera reporteando. Y fíjese que eso ha desaparecido bastante. Hay notas extremadamente irónicas, llenas de humor. Hay notas, incluso, en las cuales se nota cierta complicidad en la tomadura de pelo y eso prácticamente ha desaparecido de la agenda cultural en los medios.
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Hay cierta reverencia a veces sobre lo que se escribe y ese tipo de escritura, Andrés, me parece a mí que es muy tímida. Y justamente cuando uno lo lee con tanta distancia, eso es lo que le da como ese aire de actualidad.
Han cambiado muchísimas cosas, pero, le insisto, no es un contenido, unas teorías, unas hipótesis; es más bien como una temperatura de la escritura lo que le da esa vigencia.
En el prólogo de Mientras pasaba por ahí, usted menciona ahí que son dos fotografías las que capturan de manera ejemplar los años de formación y aprendizaje de Antonio Caballero. Quiero preguntarle por qué escoger esas dos fotografías para describirlo y si puede contar un poco esa faceta de él como dibujante y caricaturista
Eso se me ocurrió porque antes de que se publicaran estos libros, y esto sí fue durante la pandemia, yo le ayudé a la hermana de Antonio, a Beatriz Caballero, a hacer su libro.
En el curso de esas muchas versiones que hizo, sacó un montón de fotografías. La que menciono, en que aparece Antonio con la tía de ellos, que era pintora, esa foto no sabemos dónde está, en este momento se embolató, por eso no se metió en el libro.
Claro, al ver esas fotos, lo que noté es que a esos cuatro niños, que se llevaban poca edad entre ellos, una de las formas que los papás tenían para aplacarlos era ponerlos a dibujar.
Beatriz decía que ellos eran niños de apartamento y que, en todos los apartamentos en que habían vivido, siempre los ponían a dibujar. Era una de las formas que los padres habían encontrado para que tuvieran como un mínimo de sosiego.
Entonces, fíjese que las fotos son una prueba de dos cosas. Primero, la importancia —y eso a mí me sorprendió cuando me puse a investigarlo— que el dibujo tenía en la educación en Colombia. Era enorme. Eso hoy en día no es así, por supuesto. Pero en la generación de Caballero, incluso en la generación de su padre, dibujar, sobre todo en un colegio como el que ellos estudiaron, el Gimnasio Moderno, era una actividad importantísima.
Y lo otro era que Antonio y sus hermanos, y Antonio principalmente, tuvieron una educación visual artística muy poco común. Mire, antes de los 25 años, y yo creo que ese caso prácticamente no existe en Colombia antes de Antonio Caballero, era una de las poquísimas personas que conocía los principales museos de Europa. En Francia, en España, en Italia, e incluso todo, digamos, lo de las ruinas que sobreviven de la antigüedad grecorromana, Antonio conocía muy bien eso.
Entonces, si usted lo piensa en perspectiva, fue probablemente la primera persona en Colombia cuya educación visual fue a partir de la contemplación directa de las obras de arte, no de reproducciones en libros.
Eso produce un sesgo o una mirada muy diferente a la de quien se ha formado viendo el arte en reproducciones. Entonces, la razón por la cual escogí esas dos fotos y las menciono al comienzo es porque me parece que sintetizan esos dos pilares en la educación de Antonio: primero, el contacto directo con las obras de arte y, en segundo lugar, la importancia del dibujo. Es enorme la cantidad de libretas que hay con dibujos que todavía sobreviven.
Sin pretender que haya alguna jerarquía de todo ese material que recoge para este libro, ¿qué textos, qué caricaturas resalta y considera que tienen una importancia o que deberíamos volver a revisar en este tiempo?
Es un material que sobrevivió; seguramente había otras cosas. Hay algo como aleatorio en la cuestión. A mí lo que me parece importante es que se vea que el dibujo era una forma de pensar para Antonio. Y probablemente eso lo llevó a ser caricaturista. Entonces, uno mira esos dibujos y a menudo son como versiones quintaesenciadas, como reducidas a algo. Hacía pequeñas notas, dificilísimas de descifrar.
Pero cuando usted mira y compara los dibujos con lo que escribió, evidentemente en ese dibujo él ya estaba plasmando algunas de las cosas que posteriormente pondría en el escrito.
En la selección usted ve cosas, por ejemplo: Antonio es un producto directo del Museo del Prado. Y uno mira la selección y una cantidad bastante importante de los artículos que escribió era sobre exposiciones en el Museo del Prado o sobre artistas como Goya, que están magníficamente representados en ese museo.
Entonces, le diría que la relación de los dibujos con los textos es un poco azarosa, porque lo que yo tengo es un archivo que sobrevivió. Hay tres o cuatro dibujos sobre Goya a propósito de Los desastres de la guerra, a pesar de que es uno de los artistas sobre los cuales más escribió a lo largo de su vida.
¿Qué es eso que el periodismo, o incluso la sociedad actual, tendría que recuperar de Antonio Caballero?
Voy a responder la pregunta de otra manera. Cuando yo digo que algunas cosas se han perdido, no quiero sugerir que entonces no haya periodismo cultural de calidad. Al contrario, sigue existiendo gran periodismo cultural de calidad.
Solo que lo que yo recuperaría del ejemplo de Antonio es que, mire, él empieza a escribir en un momento en que, primero, cayó la dictadura franquista. Hay un clima como de entusiasmo, de liberación, de experimentación en España. Todo eso que se llamó la movida madrileña. Y, detalle importante, empiezan a hacerse por todas partes exposiciones. Las crónicas de arte de Antonio coinciden con una cosa que antes existía, pero que era mucho más tímida y mucho más espaciada, que es la gran exposición sobre algunos artistas canónicos.
Entonces, Antonio, desde el comienzo, vio que había que hacer una separación entre el mercado y la crónica cultural. Separarlas bastante bien. Yo creo que hoy en día todo lo que llamamos comentario cultural a menudo está permeado por las lógicas del mercado y del comercio.
En el momento en que vivía Antonio ya empezaba ese fenómeno a presentarse, pero se mantenía con claridad esa separación y eso permitía la aproximación humorística, la aproximación irónica, el oponerse a ciertos prestigios muy establecidos.
Antonio, por ejemplo, en esos años 80, pues Salvador Dalí se consideraba uno de los grandes pintores del mundo. Y Caballero escribió reseñas muy críticas sobre ciertas exposiciones de Dalí, reconociendo su inmenso talento, pero también señalando que en más de un caso era un artista ya totalmente entregado a las dinámicas del mercado.
Su valor había disminuido precisamente a causa de eso. Entonces, en esas crónicas se advierte esa tensión y me parece a mí que está bastante bien resuelta.
¿Cuál es la importancia de Sin remedio? Hablemos también de lo que dejó Caballero en su novela.
Yo escribí hace poco una cuestión en que comparaba Sin remedio con la película Un poeta. A mí me parece que, obviando el detalle importante, por supuesto, de la clase social, se parecen mucho.
El personaje de Sin remedio y el personaje de la película Un poeta tienen evidentes nexos. Sin remedio es muchas cosas. Es, como se ha dicho infinidad de veces, un retrato muy sarcástico de la élite colombiana de los años 70 y 80. Pero también, y eso es importante subrayarlo, es un recordatorio de la importancia que la poesía y los ritos de la poesía han tenido en la cultura colombiana.
Pocas novelas lo han hecho con tanta precisión quirúrgica como Sin remedio. A mí me sigue pareciendo que es un gran fresco de época, como por ejemplo lo fue Los elegidos, de López Michelsen, unos 30 años antes.
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