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La lectura como parte de la democracia (Opinión)

El acceso a los libros y la lectura varían dependiendo de dónde una persona se encuentre. Desde librerías y bibliotecas, las circunstancias son diferentes.

27 de septiembre de 2026 – 02:30 p. m.
AME8946. BOGOTÁ (COLOMBIA), 19/09/2026.- Una persona lee un libro este miércoles en la biblioteca del Centro Felicidad Chapinero, en Bogotá (Colombia). Bogotá celebra los 25 años de su Red Distrital de Bibliotecas Públicas (BiblioRed), la mayor de Colombia, con el Premio de Alfabetización Rey Sejong de la Unesco, que reconoce su esfuerzo por fomentar la lectura y escritura desde una perspectiva intercultural, multilingüe e incluyente. EFE/ Carlos Ortega
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A pesar de la democratización de internet y del entusiasmo de la globalización, resulta más barato leer en ciertos lugares y en ciertas lenguas, como si el acceso a la literatura estuviera mediado por las políticas del libro. Un ejemplo de esta injusticia, pues de injusticias voy a hablar, es el caso de Joseph Roth. Imaginemos un lector en nuestro país que quiera leer cualquier obra de Roth. Lo más fácil es ir a una de las 1570 bibliotecas públicas que se extienden por todo el territorio nacional. Si nuestro lector o lectora está en el Chocó, las posibilidades se restringen a 24 si no incluimos a las 14 afectadas por el terremoto. Si el lector está en Risaralda, Vichada o el Guaviare, la situación es más crítica. Sin importar que haya una o muchas bibliotecas, todos se harán la misma pregunta: ¿a cuántos kilómetros y minutos estará mi ejemplar de una de las novelas de Roth? Incluso para los bogotanos, la respuesta puede ser inverosímil.

Imaginemos que nuestro lector o lectora quiera tener el libro de Roth, doblarle las páginas, subrayarlo, hacerlo suyo, releerlo, prestarlo, convertirlo en lo que se convierten los libros que nos cambian para siempre. Lo mejor es ir a buscar una librería, si hay librerías cerca y si se tiene la suerte de vivir cerca de una de las 167 librerías que había el año pasado y tal vez aún haya en Bogotá. Si estamos en el Chocó, en Sucre o en Arauca, las posibilidades se derrumban: solo hay una librería, según el Panorama de la Cámara Colombiana del Libro de 2025. Pero nuestra lectora o lector puede vivir en uno de los 7 departamentos en los que no hay ni una sola librería y donde cualquier lector también tiene derecho a comprar un libro de Joseph Roth, por no decir una novedad o un clásico de la literatura colombiana.

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Supongamos que nuestro personaje, ahora convertido en cliente, logra atravesar múltiples obstáculos hasta llegar a una librería y preguntar por los libros de Joseph Roth. Ahí se encontrará con las ediciones cuidadosas e impecables de Acantilado. Habrá tres o cuatro o cinco títulos. El mejor de todos es El triunfo de la belleza. Como estoy hablando de una lectora o lector compulsivo, esa persona, si gana el salario mínimo, y si recibe un auxilio de transporte, y si se ha dado cuenta de que El triunfo de la belleza tiene un descuento del 40 %, una promoción que cualquier cliente con olfato distingue tan pronto entra en una librería, saldrá feliz con sus 28 ejemplares, habiendo invertido la totalidad de su salario y de su auxilio de movilidad.

Si estamos en España, el mismo cliente, con el salario mínimo y sin auxilio de transporte y sin promoción del 40 %, podría salir de la librería con más de 100 ejemplares impecables de la edición de Acantilado. Es normal, pues los españoles ganan más dinero. Sin embargo, el libro vale dos veces más en Colombia. Es difícil comprar libros en estas circunstancias, cuando las 80 páginas de El triunfo de la belleza corresponden a un alto porcentaje del salario mensual. Siempre ha sido difícil competir con los españoles.

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Supongamos que nuestra lectora o lector decide atravesar los Pirineos, a ver qué pasa en Francia, donde estará obligado a comprar también El busto del emperador y El vendedor de coral, ya que no existe una edición en la que solo figure El triunfo de la belleza: ¿qué mejor que tres por uno? Además, la trilogía vale lo mismo que la edición de Acantilado, solo que, en Francia, el cliente podrá comprar 133 ejemplares, o sea que es más barato leer en francés que en español, y mucho más en España que en Colombia. Y si solo por curiosidad, buscamos en Alemania, encontraremos las obras completas de Roth por diez euros.

Hablo de Roth y de literatura alemana de la primera mitad del siglo XX. Pero ¿qué sucede con nuestros contemporáneos? El análisis puede ser más escabroso ya que, entre otras cosas, Roth circula más que la gran mayoría de escritores encallados en los circuitos del libro de su país de origen, atrapados en la promesa de una globalización que no es para ellos. Hablo de Roth, pero podría hablar de cualquier escritor o escritora cuyo murmullo llegue a nuestro país. Hablo de los libros como de los nuevos rebeldes, objetos que desde su resiliencia de papel muestran el abismo que hay entre la lectura y la democracia en nuestro país.

Tenemos el derecho a pensar que esta brecha puede reducirse y que para eso está el nuevo presupuesto de 635 billones, acompañado de las nuevas ideas de los nuevos dirigentes y de las viejas ideas que siguen revoloteando y que están decantadas en la ley de reforma a la cultura que se cayó hace unos meses en el Congreso. En la confluencia entre estos dos ríos, el del dinero y el de la pericia, el nuevo gobierno quizá pueda gestionar las preguntas de fondo de la batalla cultural, pues el auténtico enemigo sigue siendo el acceso a la letra. Como el acceso al agua, los libros y la lectura deberían ser un derecho, es decir, la brújula de la política pública en materia de cultura y educación.

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En este sentido, solo tengo una propuesta. Democratizar los libros y la lectura. Esto implica tener libros más baratos sin quebrar a las librerías y a las editoriales independientes. Fomentar la lectura en toda la población: en los jóvenes que, desde hace veinte años, presentan las pruebas PISA, obteniendo resultados similares y alarmantes, y también fomentarla en nuestros dirigentes, pues a ellos también les gusta leer, ya que sus grandes ideas son transposiciones de lecturas de primera o segunda mano. Democratizar la lectura no es sinónimo de subvenciones, pues la lectura y los libros no están en el otro extremo del capitalismo. Un país que le apuesta a la industria cultural aumenta sus ingresos, mejora su infraestructura, produce empleos perdurables, agiganta su turismo, y al mismo tiempo reduce la descomposición social, ataca la ignorancia, frena la guerra, porque dicha industria da sentido, futuro y dinero a miles de personas.

Esa debería ser la batalla: dejar de ser un país que no lee para ser un país de lectores. No un país de élites letradas, como siempre lo hemos sido, sino un país de gente que lee, en cualquier lugar del territorio, de gente para quien los libros, y por extensión el arte y la cultura y el pensamiento no son objetos de lujo: este es el milagro que necesitamos. Y hablo de milagro, pues si lo miramos de cerca, la lectura es el mejor negocio, a corto y largo plazo, que una sociedad con nuestros desequilibrios e injusticias y violencias puede imaginar.

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Comentarios
  • ALVARO HERNANDO(56749)•Hace 3 horas
    Excelente articulo y muy pertinente para la realidad colombiana y su política de gobierno.
  • jomavasu(adh7f)•Hace 7 horas
    Cuando creo que lo que hago, es lo mejor del mundo y la salvación para todos. Pero es que hay que leer, lo que recomiendan los iluminados.

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