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El coleccionista que guarda la memoria de Colombia en tres millones de estampillas

En un apartamento del norte de Bogotá, Alejandro Sánchez Botero resguarda una colección de tres millones de estampillas, pequeñas ventanas a la historia y a una práctica que se niega a morir frente a la tecnología.

Juan Camilo Parra

12 de julio de 2026 - 09:00 a. m.
Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Suena el citófono en un apartamento al norte de Bogotá. Alejandro Sánchez Botero, de 62 años, contesta con cierta ansiedad, la cual se nota en su voz temblorosa. El portero le avisa que un hombre llegó con un sobre. Él cuelga y abre la puerta de madera dirigiéndose, en no más de tres largos pasos, a la portería. Allí, el vigilante le entrega el delgado paquete y, como un niño al que le acaba de llegar un regalo, se apresura de nuevo a su apartamento. En un escritorio, que podría ser el de un restaurador de libros, abre el sobre cuidadosamente.

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Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

De allí saca, con unas delgadas pinzas metálicas, un pequeño pliego con 40 estampillas con un mapa de Colombia azul sobre fondo amarillo, que produjo en los años 80 la Sociedad Colombiana de Arquitectos. Sus gruesas gafas redondas reflejan las luces que emite la lupa que usa para observar los detalles de la imagen, la cual se repite por el pliego y se divide en pequeños cuadros dentados. El problema es que el mapa tiene una forma errónea: el país parece tener más territorios y una Amazonía extendida. “Eso es lo que lo hace valioso y ahora solo lo tengo yo”, dice. Lo compró en una subasta por COP 200.000.

Un filatelista rolo

Sánchez Botero, antes de ser padre de dos hijos, administrador de empresas, estudiante de filosofía o novio de una pensionada como él, fue, es y será filatelista. Así se les dice a las personas que coleccionan estampillas. Para quienes no distinguen estas piezas, son unos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado y que podía ser transportado a su destino. Aunque hoy en día se siguen imprimiendo, su uso ya no es el de antes.

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Alejandro lo explica de otra manera: “la palabra ‘fila’ es amigo y ‘telia’ es conocimiento. De alguna manera, la filatelia es ese proceso por medio del cual uno, a través de sellos pequeños, de papelitos que van adosados a las cartas, puede llegar a tener amistad con el conocimiento de otros países, de lo que quieren comunicar, de sus costumbres, sus deportes, su cultura y su arte”.

Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Es filatelista desde los siete años y cumple 55 años coleccionando. “Lo importante no es la cantidad de estampillas que tienes”, dice el hombre que asegura resguardar más de 3 millones de estampillas y cerca de 20 series, una cantidad que casi duplica la colección filatélica que reposa en la bóveda del Ministerio de las TIC, entidad encargada de la operación de estampillas. Allí solo tienen 1.164.398 sellos postales.

Su afición comenzó con los Juegos Panamericanos de 1971, celebrados en Cali. Para conmemorar la competencia, en el país sacaron 25 estampillas; cada una hacía alegoría a los diferentes deportes en competencia. “Veía que venían en los sobres, las cogía, las recortaba y las guardaba de alguna manera. Posteriormente aprendí que había hojitas o cuadernos donde las podía pegar”.

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Esas mismas hojas las almacena hoy en gruesos volúmenes con solapas de cuero que están en cada rincón de su sala. “Es una afición que comparten muchas personas”, añade. Si la primera estampilla salió en 1840 —agrega—, ya en 1845 había alguien clasificándolas, guardándolas y coleccionándolas en el mundo. “Y en el caso de Colombia, igual. Si la primera estampilla se imprimió en 1859, para 1865 ya había personas coleccionándolas. Incluso, aquí en Colombia, las primeras estampillas —algunas son costosas, otras no tanto— las falsificaron. Un sujeto de apellido Sperati hizo mucho dinero con esta práctica”.

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Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Durante 21 años, Alejandro trabajó en la Organización Corona y unos 19 más en empresas de servicios financieros. Trabajar con gente, con una fuerza de ventas grande, pequeña o mediana, dirigiendo equipos y demás, contrasta con el hombre que colecciona, investiga, compra, participa en subastas, corta y pega, escribe libros del tema y arma álbumes. En otros ratos, hoy que ya está pensionado, estudia filosofía.

La filatelia es también una constante insatisfacción en la que se equilibra el deseo de llenar el cuadrito en blanco en el que debería ir cierta estampa, la ansiedad de buscar en lugares insospechados y la sensación de “eternidad” y propósito que da esa búsqueda. Hubo una estampilla que Alejandro Sánchez tardó 20 años en conseguir. La colección es de Venezuela y fue “una emisión de casi 700 escudos que se imprimieron en el año 61. Puede ser una de las emisiones más grandes que se han visto”.

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Después de 15 años de ir al Club Filatélico y contarle a la gente, no había podido conseguirla. Lo insólito es que sí la tenía, pero en versión usada. “Al final la conseguí con un amigo que no compraba ni vendía. Le dije: ‘le voy a dar COP 100.000’. Me la trajo al sábado siguiente. Cuando la conseguí me puse feliz y al otro día me puse triste. Ya había cumplido. Esto también se trata de lo que nunca está completo”.

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Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Para este hombre, coleccionar es más que acumular. Es prestar atención al detalle, estar concentrado, mirar las cosas a fondo y aprender. En cuanto a lo personal: “es una afición interesante por varias razones”, dice Sánchez Botero. “No conozco discotecas, porque en las discotecas es muy difícil hacer filatelia. Conozco pocos bares, porque en los bares la cerveza puede dañar la goma de las estampas”.

Su joya de la corona

De todas las estampas que guarda, él siente especial cariño por una en particular: la de la manizaleña Luz Marina Zuluaga, que se volvió famosa en 1958 luego de haber sido coronada como Miss Universo. Para él, su historia es apasionante. “Fue una mujer que fue al reinado y terminó ganándose la corona. Colombia quiso hacerle un homenaje e hicieron una estampilla con policromía, con varios colores. Es tal vez la primera estampilla en el país que se hace por este sistema”.

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Aunque la pieza en sí no es su mayor orgullo, guarda algo que considera un tesoro: el boceto en blanco y negro —más grande que la original— de la estampilla, la cual creó y presentó en su momento un diseñador húngaro. “Una cosa es tener la estampilla, todos la tienen. Pero el diseño original está en mi álbum, con el cual se pueden mostrar las dificultades que había para crear el arte detrás de las estampillas”.

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Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Reflejo del mundo

Muchos eventos se pueden ver reflejados en estas piezas. Están historias políticas, sociales y económicas; el arte, el deporte e, incluso, el vivir en Colombia. Alrededor del mundo su relevancia sigue vigente. Son piezas que representan el carácter de los países, exaltan valores nacionalistas, cuentan historias más allá de la iconografía y, por supuesto, mueven millones.

Por casas de subastas icónicas como Sotheby’s o Cherrystone se han hecho grandes negocios al año con sellos raros. Por ejemplo, la famosa estampilla Inverted Jenny de Estados Unidos (donde un avión quedó impreso al revés por error) o el Magenta de 1 centavo de la Guayana Británica se han vendido por millones de dólares.

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En el país, tras la liquidación de la empresa estatal ADPOSTAL (que operó entre 1963 y 2006), el Ministerio TIC quedó a cargo de las primeras emisiones postales históricas, las emisiones mundiales de los países miembros de la Unión Postal Universal (UPU) y del Museo Postal. Las nuevas emisiones, a partir de la Ley 1369 de 2009, se encuentran en custodia del Operador Postal Oficial, la empresa 4-72. Una parte de la colección filatélica a cargo del Ministerio TIC se encuentra bajo resguardo del Banco de la República y la otra reposa en la bóveda de la entidad.

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Tradicionalmente, en Colombia, las primeras imágenes fueron escudos y dibujos alegóricos a la libertad, favoreciendo el simbolismo. Desde 1886 se empezaron a poner efigies de próceres. En esta historia hay un caso particular: “se emitió la estampilla de Rafael Núñez cuando todavía estaba vivo. Esto fue algo curioso porque es parte de un acuerdo casi histórico o global el no colocar imágenes de personas salvo después de que mueren, pero esta fue una excepción”.

Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

De hecho, ha habido tres excepciones. Además de la de Núñez, está la estampilla de José Manuel Marroquín —recordado por la separación de Panamá— y la de Juan Manuel Santos por su Nobel de Paz. En contraste, resalta el coleccionista, no se han emitido sellos de los expresidentes Belisario Betancur, Virgilio Barco ni de 22 exmandatarios más, pese a existir una regla que indica emitirlas después de su fallecimiento.

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Independientemente de esto, por la lupa de Alejandro han pasado muchas imágenes más, como la del Salto de Tequendama; las que se hicieron en homenaje a Jorge Eliécer Gaitán en varios colores y valores —de 30 centavos a 2 pesos—; la de Luis Carlos Galán; las relacionadas con el mundo del fútbol o las historias de nuestros ciclistas, conocidos como “los escarabajos”; la de Gabriel García Márquez o las de aves —“coleccionistas extranjeros tienen importantes colecciones que ya no se encuentran aquí”—.

Recientemente se emitieron estampillas por la muerte del pintor y escultor Fernando Botero, la del COVID —una pieza que no le gusta para nada a Sánchez— e incluso una colección de 2024 de 12 sellos del ‘Camino Real’, un sendero que marcó la historia nacional, emitida en conmemoración del bicentenario. Esta última tiene una particularidad: las imágenes fueron hechas con Inteligencia Artificial.

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Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

El diseño con IA es para el filatelista una muestra de la desatención a la filatelia en el país. “Hay países que tienen esto como ingreso porque sacan emisiones bonitas, hacen concursos y cosas valiosas. Habla también de cómo estamos viendo el diseño y el arte que nos representa”.

La nostalgia de lo físico

Si hay algo que cautiva al coleccionista de estampillas es que hacen eco a la era de las cartas, de lo análogo. Alejandro es un convencido de que ciertas prácticas tienen que volver. El otro día se encontró un vinilo de Michael Jackson y lo puso en su viejo tornamesa. “Me entero de que resulta que hoy hay algo que es muy bien visto, elegante y wow: es tener en tu casa un tornamesas, un disco y ponerlo”.

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Esa sensación que la gente busca en la tecnología del pasado es lo que mantiene a un filatelista en pie en busca del penique más preciado. Pero ni la cantidad ni la suma de su colección en dinero es lo que lo motiva. “El valor de la filatelia y de este coleccionismo es todo lo que compartes con los demás. Es el tiempo que le dedicas para tener interacciones con otros, para contar una historia”.

En Bogotá hay un Club Filatélico que se reúne una vez por semana. “Tengo un chat que se llama Amigos de la Filatelia. Le escribo a una cantidad de aficionados de toda Colombia. Tengo amigos en La Guajira, tengo amigos en lugares muy apartados o en pueblos muy pequeños”.

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Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Como filatelista ha ganado premios importantes, ha escrito libros y ha armado incluso álbumes para niños con las estampas de los presidentes de Colombia. “Se venderán máximo cinco copias. Los imprimo en mi impresora”. Recientemente fue designado para liderar el departamento de filatelia y numismática en Bogotá Auctions, una de las casas de subasta más importantes del país. “Vamos a hacer una subasta en septiembre”.

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Entre sus esperanzas está que, al igual que sucedió con los discos de vinilo, “algún día alguien reviva las cartas físicas. Que diga: ‘si la inteligencia artificial ya lo dice o lo diseña todo, yo sí voy a escribir con mi puño y letra’. En ese momento puede nacer una carta que pueda ir con una estampilla”. A sus 62 años está empezando una colección de mariposas, animales con los cuales se ha obsesionado. “No hay problema. No tengo afán. ¿Cuántas han salido en el mundo? No sé, ni sé cuántas voy a tener. No importa”.

Los filatelistas son las personas que coleccionan estampillas. Las estampillas, para quienes no las distinguen, son esos pequeños sellos que, por cerca de 150 años, se pegaban a las cartas para indicar que el correo estaba pagado.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

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Por Juan Camilo Parra

Periodista egresado de la Universidad Externado de colombia con experiencia en cubrimiento de orden público en Bogotá.jparra@elespectador.com
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