La respiración se concentra en su tapabocas. Mary Luz Gómez Mayorga, subdirectora del laboratorio de salud pública, recorre un laberinto de pasillos, por los que el aire no sale. Una presión negativa ejerce cierta fuerza que el cuerpo contiene. Ella se encuentra en el espacio de contención más seguro del país, ubicado en el suroccidente de Bogotá. Se trata de las instalaciones del laboratorio de bioseguridad BSL-3 de la Secretaría Distrital de Salud.
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Para microbiólogos, bacteriólogos y personal especializado, tener un BSL-3 (Biosecurity Level 3) es de grandes ligas. “Nosotros, como laboratorio de salud pública, contando con estas instalaciones, damos respuesta a las necesidades de Bogotá y somos el brazo derecho del Instituto Nacional de Salud y, en caso necesario, del Invima”, explica Gómez.
En salud, estas sinergias hacen parte de la visión denominada One Health (una sola salud), enfoque que adoptó la Secretaría y reconoce que la salud de las personas, los animales y el medio ambiente están interconectadas. Promueve el trabajo conjunto de médicos, veterinarios y científicos ambientales para prevenir enfermedades y proteger los ecosistemas globales.
La doctora Gómez, con experiencia de 28 años, estuvo en las dos pandemias que el mundo ha contenido. “He estado en la pandemia H1N1 y en la pandemia del covid”, dice, mostrando las instalaciones del laboratorio. Hace poco, con el desastre provocado por el terremoto que azotó al Eje Cafetero, el Valle del Cauca y Chocó, este laboratorio dispuso de sus equipos para analizar muestras.
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Es el proyecto nacional de las experiencias que dejó la pandemia del covid-19 y hoy tiene la mayor cualificación del país para responder ante cualquier contingencia. Son 1.100 metros cuadrados destinados a la toma de muestras e investigación alrededor de bacterias y virus de todo el mundo. Es el espacio más grande de Latinoamérica destinado para este fin, afirma la subdirectora.
Con su puesta en funcionamiento, el Distrito pretende aportar en la generación de nuevo conocimiento enmarcado en enfermedades infecciosas que representan un riesgo para la salud pública y dar una respuesta oportuna ante futuros brotes, epidemias y pandemias ocasionadas por patógenos que puedan requerir un manejo especial.
Del espacio total, 455 m2 corresponden al área útil de laboratorio y 645 m2 al piso técnico, donde están los equipos y sistemas de apoyo crítico. Cuenta con 24 espacios, entre ellos ocho destinados al BSL-2, 16 al BSL-3, dos áreas transversales y un cuarto de control.
“En este momento tenemos alertas del hantavirus y sarampión. Estamos respondiendo con todo lo de fiebre amarilla en el país. Entonces, ya las alertas sanitarias, en la medida en que el mundo se mueve más rápido y nos comunicamos más rápido, hacen que todos tengamos que estar muy atentos a dar una respuesta oportuna”, señala Gómez.
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El sistema mantiene una presión negativa, para impedir que el aire que puede estar contaminado salga del laboratorio. En algunas áreas los trabajadores usan trajes amarillos y respiran gracias a dispositivos en la espalda. El calor, la movilidad limitada y las condiciones controladas de trabajo ponen más presión.
Oficialmente, el laboratorio lo recibió la Secretaría de Salud el 30 de septiembre de 2024. Desde entonces, comenzó una etapa de alistamiento que incluyó la verificación de las instalaciones, pruebas piloto de los procedimientos operativos y seguimiento permanente de condiciones de temperatura, humedad y presión.
Mientras que Bogotá procesó 6.000 muestras en los casi dos años que duró la pandemia, en el primer semestre de 2026 este laboratorio analizó más de 1.300. “Pasamos de trabajar sobre superficies abiertas a trabajar en cabinas de seguridad, lo que nos da unos flujos de aire que nos permiten tener un poco más de control. Todo esto gracias a que tenemos el único laboratorio de alta contención en el país. Los otros 33 que funcionan en el país los clasificaron como BSL-2. Este es el único nivel 3”.
Su personal también es altamente calificado. Cuenta con un grupo de investigación reconocido por Minciencias en categoría A. Sus líneas abarcan ciencias ómicas, enfermedades transmisibles y resistencia antimicrobiana, eventos zoonóticos, factores de riesgo y cáncer, entre otras. Tiene alianzas para desarrollar proyectos de investigación con el Instituto Nacional de Metrología, el Instituto Distrital de Ciencia, Biotecnología e Innovación en Salud (Idcbis) y las universidades Nacional, Javeriana y El Bosque, y trabaja en ampliar estas colaboraciones con las universidades de los Andes, El Rosario, Quindío, UDCA y ECCI.
Además, allí se procesan, entre otros, micobacterias multirresistentes, virus de la rabia y mpox. Vale aclarar que no está destinado solo al diagnóstico. Su puesta en funcionamiento busca fortalecer la capacidad de Bogotá para generar conocimiento sobre enfermedades infecciosas de importancia. “Es decir, no solo es proteger. Hay diferentes maneras de proteger: proteger a la persona, al funcionario que entra allá y al trabajador que va a manipular las muestras que, en ocasiones, provienen de un paciente con una sintomatología que desconocemos”.
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En un contexto en el que las ciudades deben prepararse para cualquier contingencia, el BSL-3 representa para Bogotá una capacidad que va más allá de ser un espacio para procesar muestras. Con sus sistemas de biocontención, el entrenamiento especializado del personal y la articulación con el Instituto Nacional de Salud, universidades y otros centros de investigación, este laboratorio busca convertirse en una pieza clave de la respuesta de salud pública de la ciudad y de Latinoamérica.
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