La zona T o zona rosa de Bogotá nunca debió existir. Al menos no como la conocemos. Si los urbanistas hubieran cumplido sus propios planes, el corazón de la vida nocturna bogotana habría surgido en otro lugar. Antes del Bogotazo, Le Corbusier imaginó una ciudad dividida por funciones: un sector para el gobierno, otro para el trabajo, uno para la industria y otro destinado al ocio y la recreación.
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De aquel proyecto apenas sobrevivió la zona industrial. El 9 de abril de 1948 cambió el rumbo de la historia y, años después, el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla archivó las propuestas del arquitecto suizo para impulsar otro modelo urbano: el CAN, la avenida El Dorado y el aeropuerto. Bogotá creció como metrópoli, pero nunca tuvo la zona recreativa que figuraba en los planos. Lo curioso es que terminó construyéndola sola.
Mientras el Estado abría avenidas y levantaba edificios públicos, las inmobiliarias estaban moldeando, sin saberlo, el escenario del futuro. Firmas como Wiesner & Cía. parcelaron los antiguos potreros del norte y urbanizaron barrios como El Retiro para una élite que buscaba abandonar el centro de la ciudad. Eran calles tranquilas, casas amplias, jardines y la promesa de una vida suburbana cuando Bogotá todavía podía recorrerse de extremo a extremo sin perder una tarde en un trancón. Nadie imaginó que cuatro décadas después esas mismas viviendas terminarían convertidas en bares, restaurantes y discotecas.
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La Zona T fue, en realidad, un accidente inmobiliario
No nació por decisión de un alcalde, ni por un plan maestro, ni porque algún funcionario hubiera reservado un distrito para la diversión. Surgió porque el mercado transformó un barrio residencial en un corredor comercial y, más tarde, en el epicentro de la vida nocturna bogotana. La ciudad terminó resolviendo por cuenta propia un vacío que sus urbanistas nunca llenaron.
Algo parecido, aunque con un desenlace mucho más sombrío, ocurrió en Santa Inés. Allí llegaron miles de familias desplazadas por la violencia bipartidista y, con el paso de los años, aquel barrio terminó convirtiéndose en El Cartucho. Bogotá produjo dos hijos inesperados: uno para el exceso y otro para la miseria.
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Hasta mediados de los años ochenta, la noche bogotana era sorprendentemente modesta. Las fiestas se hacían en las casas, en las tiendas de barrio o, cuando mucho, en unos pocos establecimientos dispersos. Existía Keops, sobre la calle 96, o los templos de la salsa brava en La Macarena; poco más. No había festivales multitudinarios, ni circuitos gastronómicos, ni la industria del entretenimiento que hoy mueve millones de pesos cada fin de semana.
En 1987, el sector apenas reunía una decena de bares. Entre ellos sobresalía Music Factory, de Mauricio “Cacho” Moreno, un lugar decisivo para una generación que buscaba algo distinto al pop comercial que dominaba la radio. Allí comenzaron a sonar, mucho antes de que fueran masivas, bandas como Jane’s Addiction y Red Hot Chili Peppers. En paralelo, Vértigo Campo Elías, en Teusaquillo, y Barbarie, en La Candelaria, abrían espacios similares para una escena alternativa que todavía sobrevivía en los márgenes.
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El éxito de Music Factory tampoco fue inmediato. Durante sus primeros años, los clientes habituales eran los chapineros gaitanistas que orbitaban alrededor de Karl Troller y Eduardo Arias, además de uno que otro gomelo curioso que llegaba atraído por la novedad. El resto del barrio lo completaban Pipeline, Up & Down, Barón Rojo, Ovejo, Limón y Menta y Kaoba. Visto desde hoy, resulta difícil creer que aquella pequeña colección de bares terminaría cambiando la forma en que Bogotá entendía la noche.
La década de los noventa hizo el resto. El centro comercial Andino consolidó definitivamente el nombre de Zona Rosa y confirmó el desplazamiento del comercio hacia el norte. A pocos metros de Music Factory, Andrea Echeverri y Héctor Buitrago abrieron Kalimán, otro punto de encuentro para una generación que mezclaba rock, arte y bohemia.
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Poco después llegó la música electrónica con lugares como Gótica y La Sala. Pero como Bogotá no es una isla, la fiesta también reflejaba el país que existía afuera de sus puertas, es decir, el narcotráfico.
Hubo momentos dorados en Gótica, como la presentación de Plan V, el proyecto electrónico de Gustavo Cerati, quien, adelantado a su tiempo, mostró una música que pareció extraña en su momento, pero que planteaba el futuro.
Y momentos oscuros y violentos en ese mismo bar, cuando se armó una balacera por cuenta, al parecer, de un paramilitar pasado de tragos a quien, quién sabe, algo no le gustó. Hubo heridos, pero ningún muerto, afortunadamente. Igual, los intentos de entrar por parte de narcos eran el pan diario, porque les causaba curiosidad “esos nuevos bares de moda”.
Llevar esta historia unas cuadras hacia el sur, hasta la calle 76, se hace obligatorio tras la aparición en 1990 de Cinema, el primer bar gay de electrónica y el primer lugar de glamur de la época: ropa importada de marca, cuero y plástico, cabellos en punta teñidos de colores rechinantes, perfumes costosos y, digamos que no había una forma específica de bailar techno, pero eso daba la libertad de moverse como el cuerpo lo dictaba. El remate se hacía en Kaos 85, un lugar situado ya en la Zona Rosa.
Tanto a Gótica como a Cinema iban, además de los gay estrato seis, toda la farándula posible: Carlos Vives, Juanes, actrices y actores, empresarios, el otrora presidente del Real Madrid Florentino Pérez, y Jamiroquai después de su concierto en la ciudad.
Ya entrados un poco más en el nuevo milenio, aparecieron bares como Mai Lirol, de corte kitsch, un poco más crossover y sin cover, con momentos importantes como cuando Depeche Mode fue a rumbear después de su concierto; o Barfly, donde este, su servidor, oía y bailaba el llamado Big Beat de la época (Chemical Brothers, Fatboy Slim).
Quizá esa sea la mayor ironía de esta historia. La Zona Rosa, el lugar donde Bogotá aprendió a salir de noche, nunca fue el resultado de una política pública. Nació de una operación inmobiliaria pensada para otro propósito y terminó convertida, por la fuerza de la cultura, los empresarios y el mercado, en el distrito del ocio que los urbanistas habían imaginado décadas atrás, aunque nunca fueron capaces de construir.
Es curioso y nostálgico a la vez ir hoy en día a la Zona T y verla transformada totalmente; ahora, ya con 50 años a cuestas, voy pero solo a almorzar, y me devuelvo a mi casa con la satisfacción de poder acordarme de la Zona Rosa, de lograr escribir estas líneas, de poder sobrevivir más o menos ileso a todo lo que pasó y de despertarme al otro día sin resaca.
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