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23 Jul 2022 - 2:30 a. m.

Opinión: la cultura, supremo ideal

La palabra cultura es una metáfora en perenne expansión, como el universo. Desde que Cicerón propuso cultura ánimi cultivo del alma ya avisaba una utopía.
Patricia Ariza es la ministra de Cultura del presidente electo Gustavo Petro.
Patricia Ariza es la ministra de Cultura del presidente electo Gustavo Petro.
Foto: Carlos Rosas - Óscar Pérez

Para Samuel Pundorof, cultura son todas las formas con las que se supera la barbarie, para subsiguientes humanistas son los más altos ideales para un desarrollo en dignidad y valores. Así ha venido adoptando más y más significados. En el siglo de las luces se posiciona como concepto, los intelectuales, en la enciclopedia se le define en la metáfora original, cultura como Estado, no de la parcela, sino un estado virtuoso de la mente.

En la modernidad, dos filólogos Kroever y Kluckhoha recopilaron una lista de 164 definiciones de cultura, por lo cual la semiología se conforma con caracterizarla como un concepto polisémico, como los críticos que explican la genialidad de Leonardo Da vinci en tantas disciplinas con el rótulo “era el típico renacentista”. Sepan semióticos que lo polisémico es tan solo la expresión, la evidencia de la Cultura inherente a la especie homocreatis. Pues su esencialidad ha sido y será depurarnos en gracia, virtud y libertad el don de la autoconsciencia y nuestra naturaleza social o gregaria.

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Las civilizaciones han resultado del desarrollo cultural, más ha sido tácita su injerencia y se la abrogan los que se imponen desde los poderes político, militar, económico, religioso, para los cuales la Cultura es molesta por indómita, peligrosa por subversiva, así que la controlan y la ponen a su servicio. Mejor dicho: en los Estados de derechos, el ministerio de Cultura debería ser principal y factor transversal en los planes de desarrollo, sin embargo, aquí en Colombia, y en muchos países, es el ministerio de menor presupuesto y de menor incidencia.

La cultura tan humana ahí va aprendiendo a digerir los frutos del árbol de ciencia, del bien y del mal: En la Roma imperial, en el circo gozaron las luchas a muerte por gusto de emperadores y patricios; costo años y sangre superar esa anticultura, aún hoy persisten la tauromaquia, las riñas de gallo y otras contiendas para la muerte, como secuelas asumidas por tradición cultural, de suerte las nuevas generaciones con pensamiento ambientalista demandan su pronta superación.

En Colombia, las dos décadas que van de este siglo, el auge del narcotráfico, con repentinas e inconmensurables fortunas, logradas y protegidas con ejércitos sin escrúpulos, más la anuencia de gobiernos codiciosos, generó una nueva idiosincrasia, el gusto y el estilo traqueto. Dos décadas nefastas en donde se consumaron todos los odios y todo lo infausto de cincuenta años de guerra y de abusos y de rapiña por la tierra, por el poder hegemónico. Superar esa anticultura ha de ser un propósito del ministerio de cultura en este el gobierno del cambio.

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De otra cara, me viene a la memoria que en mi ciudad natal, la feudal y señorial Santa Marta, en los cargos culturales, se nombraban damas de castas tradicionales, destacadas en el colegio en manualidades o porque tocaban el piano en las veladas familiares, digo esto porque este aprecio banal, en mucho define la concepción y por ende la valoración de la cultura en el Estado colombiano.

A buena hora el presidente que elegimos, Gustavo Petro Urrego, vale decir que con creatividad política hace aportes a la democracia (Pacto Histórico, Acuerdo Nacional) inéditos en el continente. Así también, pro la participación pluralista, nombró ministra de cultura a Patricia Ariza, poeta, teatrera y lideresa magna, conocedora en carne y alma de las verdes, las maduras y las podridas de la cultura nacional y por lo mismo legionaria desde siempre en las vanguardias del Cambio.

A ella y a su equipo, desde esta mi modesta tribuna le auguro una exitosa gestión y le brindo los siguientes cuatro consejos:

1. De la colombianidad

Perentorio proteger lenguajes, rituales y saberes en riesgo de extinción. Difundir las artes, las fiestas, la culinaria y ajá, para reconocernos en la reciprocidad de asombros. Nada de nacionalismos, pues la libertad es fin de la cultura y eliminar algún día las fronteras es un ideal cultural.

Más amplia será nuestra percepción si a la vez gozamos del numerao llanero que del reggaetón comercial.

2. Del arte y de los artistas

Ninguna política cultural admite la reveladora inutilidad del arte y menos que el artista requiera para su quehacer el Estado de ocio. Dado que el arte y el artista popular demuestra funcionalidad social integrándose al sistema educativo sería chévere hacer ley el que toda entidad educativa destine presupuesto para programar mínimo dos eventos artísticos al semestre.

3. De las industrias culturales

Si duda el capitalismo hizo del arte y de los artistas productos comercializables en la sociedad de consumo. La industria del entretenimiento y el mercado del arte propiciaron el acceso masivo a las obras de arte e hizo que el artista se realizara como empresa, con la consecuente competitividad y exclusión de la lucha salvaje que obliga el mercado.

Desde el ministerio de cultura junto a los otros implicados en plan nacional de desarrollo, deberán fomentar la industria cultural nacional, protegerla de los monopolios multinacionales y además estimular la creación de empresas de arte con sistemas económicos alternativos, como el colaboracionismo, el cooperativismo, las mingas, etc. de modos económicos solidarios.

4. Del ministerio y el cambio

El ejemplo de participación democrática pluralista que inauguró el presidente desde la campaña, ha de ser guía para la nueva relación de las entidades gubernamentales con la población.

El ministerio de cultura debe ser modelo de acogida. Los funcionarios y la tecnología al servicio de los artistas y los cultores. Confío en que inicia un tiempo favorable para que la cultura oficie su misión sublimadora del espíritu humano. Acompañar con arte y alegría la consumación de la Paz será un granito, pero ejemplar para que el mundo empiece a cambiar de la anticultura mortal de las armas y las guerras, por el magno ideal de la coexistencia en armonía y libertad.

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