Cada año el Parque Metropolitano Simón Bolívar, con sus 113 hectáreas de extensión vegetal y lagos artificiales parece respirar a otra frecuencia: la de Rock al Parque. Miles de chaquetas de cuero, botas pantaneras, crestas coloridas y camisetas negras atraviesan los rigurosos filtros de seguridad. A lo lejos, sobre la inmensa Plaza de Eventos, las frecuencias graves del bajo prueban los amplificadores y hacen vibrar, en ondas concéntricas, los charcos dispersos sobre la explanada.
Para el músico veterano Gary Otero, con más de dos décadas de trayectoria en agrupaciones insignia del metal bogotano como Underthead, Neurosis, Desecrate y Killcrops, y con múltiples pasos por la gran tarima desde finales de los años 90, el parque no representa un frío escenario inerte. "Si tuviera que darle una identidad al parque con respecto a una banda, lo vería más como un roadie", reflexiona, ya que el Simón Bolívar funciona como ese personaje anónimo de la utilería que siempre está en la sombra, montando la infraestructura, soportando el clima inclemente y sosteniendo el espectáculo,. "Es el que siempre está ahí apoyando, pase lo que pase, diciendo: ‘¿qué hay que hacer? Hagámoslo’. El festival le pertenece tanto al parque como el parque al festival".
Sin embargo, la fisonomía de este pulmón urbano estuvo lejos de las multitudes estruendosas durante gran parte del siglo XX. A finales de la década de los 60, el predio donde hoy se rinde culto a la música en vivo era una franja verde desarticulada, una extensa planicie de potreros de la hacienda El Salitre, donde la geografía urbana apenas se adivinaba. Jairo Solarli, comerciante histórico e hijo de uno de los aproximadamente 60 vendedores pioneros que se instalaron en la zona, guarda intacta la memoria de aquel terreno desamparado. "Esto era un potrero donde la gente venía en su piquetico a almorzar… Cuando al Salitre lo cogieron privados, esto lo arreglaron y lo volvieron Parque Metropolitano", rememora Solarli, cuya familia ha dependido económicamente del parque durante generaciones.
En aquella época preinstitucional, el contacto con el entorno era rudimentario y cotidiano. Un comerciante informal con casi 30 años de itinerancia en el sector evoca cómo la ciudadanía habitaba la zona antes de las grandes remodelaciones urbanísticas: "La gente se colaba ahí entre los alambres a elevar cometas", señala, dando cuenta de un predio delimitado apenas por cercas de púa e hilos de alambre, por donde las familias cruzaban sin control.
La metamorfosis legal y física de este espacio cobró impulso formal con la sanción de la Ley 31 de 1979. Dicha norma ordenó la construcción de un gran parque popular en los terrenos de El Salitre, con el propósito expreso de conmemorar el bicentenario del natalicio del Libertador Simón Bolívar. Tres años más tarde, la Alcaldía Mayor de Bogotá promulgó el Decreto 1656 de 1982, instrumento que adoptó el primer Plan Maestro del Parque Simón Bolívar y reglamentó el diseño de su emblemática Plaza de Eventos, de 37.000 metros cuadrados. Los viejos zanjones se canalizaron, se trazaron senderos peatonales y se apisonó una explanada capaz de acoger las mayores concentraciones humanas del país.
Rock al parque 30 años: La irrupción de la música y la acústica de la masa
El acontecimiento que redefinió para siempre el destino simbólico de esa infraestructura ocurrió en 1995 con el lanzamiento de la primera edición del certamen, programado del 26 al 29 de mayo. Aunque el festival tuvo breves etapas itinerantes en escenarios como la Plaza de Toros La Santamaría o La Media Torta, fue en la inmensidad del Simón Bolívar donde encontró su verdadera escala sociológica y sonora. En los primeros años de convivencia entre el rock y el parque, la relación técnica estuvo marcada por la complejidad del espacio abierto.
Gary Otero evoca las dificultades acústicas de aquellas ediciones de finales de los noventa, cuando el sonido se dispersaba en la inmensidad, sin rebotar en estructuras cerradas: "El parque Simón Bolívar es un sitio que no está diseñado 100 % para los conciertos. La tarima, al estar un poco más arriba, se pierde mucho por el retorno. El sonido viaja más allá de lo que puede y, obviamente, para uno es difícil poder percibir bien el retorno". No obstante, Otero destaca cómo la constante evolución logística del festival terminó por dignificar al músico local: "Este festival sí, desde el inicio, le dio su sitio al artista y creo que ese ha sido el mayor plus para nosotros los músicos. Nos hizo sentir como otro tipo de artista, más profesionales".
La frontera de alambre y la economía del cerramiento
Con la consolidación de Rock al Parque como un hito masivo e internacional, el uso de la infraestructura física del Simón Bolívar comenzó a tensionarse. Instrumentos normativos posteriores, como el Decreto Distrital 300 de 2003, clasificaron el parque dentro del Nodo de Equipamientos Metropolitanos como un «polo receptor de gran afluencia de usuarios», lo que justificó la implementación de complejos esquemas de cerramiento logístico y seguridad durante los grandes eventos.
Esta transformación física alteró radicalmente la economía popular que florecía en los bordes del parque. Al hablar con vendedores dentro del parque, estos exponen la brecha generada por la irrupción de operadores comerciales privados y marcas globales dentro de los cercados del festival: «Para nosotros los vendedores se ha complicado un poco porque ya lo privatizaron… son las grandes empresas ahora las que entran». Según relata uno de ellos, durante las jornadas de concierto la fuerza pública y los inspectores distritales desplazan a los comerciantes de a pie: «Eso nomás corre a todos los que compran… mientras que adentro están las multinacionales».
Por su parte, los comerciantes regulados que poseen casetas fijas concedidas por el Distrito observan el fenómeno desde una posición intermedia. La hija de una casetera tradicional, con 16 años de permanencia en el parque, señala que las vallas del festival imponen fronteras invisibles que dividen al público y a los trabajadores: "Hay veces donde cierran la mitad del parque y algunos trabajadores de allá no pueden venir acá". Enfatiza en la carga financiera que implica la formalización frente a la venta informal: "Estas casetas se las dio el Gobierno, pero ellos tienen que pagar una mensualidad de la luz, el agua, venir a hacer aseo al parque… mientras que a los que les decimos ‘piratas’ no pagan nada de eso".
La logística interna de los cerramientos para Rock al Parque esconde dinámicas económicas poco conocidas por el espectador promedio. Jairo Solarli revela cómo la administración del parque y las empresas concesionarias —mencionando a operadores privados como Micato— manejan el monopolio de insumos y los cierres totales: "Llegó una empresa privada y ya ellos son los que tienen monopolizado todo. Entonces a los muchachos les venden el agua a 5.000 pesos para que salgan a ‘volantear’ y la vendan a 10.000″.
Cuando la masa de público desborda las capacidades de control exterior, el Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD) determina cerrar completamente el parque y compensar económicamente a los comerciantes autorizados: "Para no dañar la venta, ellos sacan un promedio de ventas y dicen: ‘Bueno, le vamos a dar millón 400 a las comidas, 3 millones por el fin de semana que está cerrado’, y no dejan trabajar en esos días".
Frente a la constante amenaza de privatizar la totalidad de los servicios del parque mediante concesiones exclusivas, Solarli resalta el papel articulador de la organización social interna: "Aquí hay un sindicato muy fuerte. Ellos son los que no han permitido la privatización, porque eso lo quieren hacer desde hace tiempo. Si privatizan esto, terminamos todos vueltos vendedores ambulantes en la calle, exponiéndonos a que la policía nos lleve la mercancía".
La vibración en las paredes del barrio
Los impactos de la metamorfosis del Simón Bolívar no se detienen en el perímetro de sus rejas; retumban con fuerza en la vida cotidiana de los sectores residenciales contiguos, particularmente en el barrio El Salitre. Valentina Rojas, quien vivió durante ocho años en las inmediaciones del parque, relata la drástica transformación que sufre el entorno urbano cada vez que retumba un amplificador. "En un momento de tráfico muy denso, para llegar de Maloka a la Autopista Norte te demoras media hora", explica Rojas. "En eventos así de grandes te demorarías unos 20 minutos más, es decir, una hora u hora y media a veces".
A la parálisis vehicular se suma la contaminación auditiva que invade la intimidad de los hogares: "Conocí a una vecina que vivía mucho más cerca al parque Simón Bolívar y decía que muchas veces tenían que comprarse taponcitos para los oídos con tal de poder asegurarse de que pudieran tener una buena noche". Esta saturación logística y ambiental ha terminado por erosionar la relación afectiva entre los vecinos y su espacio público de cercanía. Según Valentina Rojas, el desorden y las basuras remanentes tras las jornadas de concierto alteran la percepción de seguridad del sector:
"Antes, hace unos años atrás, era mucho más sencillo decir: ‘Bueno, vayamos a hacer picnic al parque Simón Bolívar’. Hoy en día somos un poco más precavidos en siquiera ir a tener este tipo de actividades por esa percepción de que son mucho más peligrosos y no tan limpios. La gente va a terminar mudándose por su propio confort si no se llega a un punto medio donde el evento sea responsable y amable con la comunidad".
El Parque Metropolitano Simón Bolívar permanece como un territorio en tensión permanente: un escenario que nació como potrero informal, que la ley transformó en monumento civil y que el rock convirtió en el templo sonoro de la capital. Entre el legítimo derecho a la fiesta masiva, las dinámicas de subsistencia de la economía popular y la demanda de tranquilidad de sus vecinos residenciales, el suelo del Simón Bolívar sigue allí, firme como un viejo roadie, aguantando el peso de la masa y listo para volver a retumbar.
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