Durante todo el año, Bogotá está rodeada de trancones, caos, ruido y un movimiento constante que hacen parte del ritmo acelerado de la ciudad. Sin embargo, entre ese movimiento existe un evento muy especial y esperado por los rolos, uno que, con el paso de los años, ha logrado crecer hasta convertirse en un espacio de encuentro para miles de personas: Rock al Parque.
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En una ciudad habitada por personas con distintas culturas, formas de vestir, ideologías y maneras de expresarse, existe una comunidad que durante décadas ha llamado la atención: la cultura rock y sus diferentes vertientes. Una cultura que no solo se expresa a través de la música, sino también de una estética propia: prendas oscuras, chaquetas de cuero, botas, camisetas de bandas, accesorios, tatuajes, piercings y diferentes estilos que permiten a sus integrantes construir y mostrar su identidad.
Sin embargo, esta forma de vestir y expresarse también ha sido objeto de críticas, estereotipos y prejuicios. Es precisamente en espacios como Rock al Parque donde estas diferencias encuentran un lugar para expresarse y donde la estética deja de ser motivo de señalamiento para convertirse en parte de la diversidad y la identidad de Bogotá. Julián cuenta que, en varias ocasiones, se ha sentido juzgado por su apariencia y por la música que escucha: “Generalmente dicen que, está coloquialmente dicho, que la música rock es para marihuaneros y que no sé qué, y que somos locos y rebeldes y todo eso”, aunque para él el rock representa una manera más de ver la música del mundo.
Esa mirada hacia el rock no siempre ha sido nueva. Durante años, sus seguidores fueron asociados con comportamientos considerados peligrosos o alejados de las normas sociales. Laura recuerda que a los rockeros “nos decían satánicos, que era música con mensajes subliminales, que incitaban al consumo de drogas, entre otras cosas”, una percepción que, según ella, estaba relacionada también con el miedo hacia aquello que no se conocía. Con el paso del tiempo, sin embargo, esas percepciones parecen haberse transformado. Para Laura, “esos comentarios han ido disminuyendo con el tiempo, las personas ahora son, pues, más open mind”.
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Esa diversidad también se experimenta desde el escenario. Para las agrupaciones que buscan llegar al festival, tocar allí no representa simplemente una presentación más, sino la posibilidad de formar parte de una historia que lleva tres décadas construyéndose. Para Monky Band, banda bogotana con influencias de ska, llegar a Rock al Parque representa uno de esos momentos que marcan la trayectoria de un grupo: “Para nosotros tocar en Rock al Parque es uno de los sueños más importantes para cumplir como agrupación”. La banda explica que la convocatoria también refleja la dificultad de llegar hasta ese escenario, pues “es muy difícil como banda bogotana llegar a tocar en Rock al Parque”, debido a la cantidad de agrupaciones que buscan participar.
Rock al Parque nació en 1995 como una iniciativa de Mario Duarte, integrante de La Derecha, el empresario Julio Correal y Bertha Quintero, con una idea que parecía sencilla, pero que terminaría transformando la cultura bogotana: crear un espacio gratuito donde los jóvenes pudieran encontrarse con la música y donde las bandas locales tuvieran un escenario para mostrar su talento. En una época en la que los espacios para la música independiente eran limitados, el festival surgió como una apuesta por la cultura, la convivencia y la participación juvenil.
La primera edición superó las expectativas. Aunque inicialmente se pensó como un festival para bandas de Bogotá, alrededor de 170 agrupaciones se inscribieron y finalmente participaron 43 bandas nacionales, además de invitados internacionales como Fobia, de México, y Seguridad Social, de España. La convocatoria fue realizada incluso mediante volantes, pero la respuesta del público fue masiva: más de 80.000 personas asistieron a aquella primera edición.
Desde entonces, Rock al Parque comenzó a crecer hasta convertirse en uno de los festivales gratuitos más importantes de América Latina. Con el paso de las ediciones, dejó de ser únicamente un espacio para escuchar rock y se convirtió en una plataforma para artistas emergentes, bandas independientes y agrupaciones nacionales e internacionales. Su carácter gratuito permitió que personas de diferentes edades, barrios y condiciones sociales pudieran encontrarse en torno a una misma experiencia cultural.
Rock al Parque: más allá de la música
Para quienes han asistido, esa experiencia trasciende la música. Julián recuerda que la primera vez que llegó al festival, en 2022, lo que más le llamó la atención fue “cómo la gente gozaba, cualquier banda que pasaba, cómo la gente gritaba, cómo la gente saltaba así con tanta emoción”. Y esa capacidad de reunir a miles de personas es precisamente una de las características que hacen que el festival tenga un significado que va más allá del concierto.
Pero el encuentro no ocurre únicamente entre músicos y público. También sucede entre géneros que alguna vez parecieron estar separados. En Rock al Parque pueden convivir el metal, el punk, el hardcore, el reggae, el ska, el funk y otras expresiones musicales. Para Monky Band, esa mezcla es precisamente una de las riquezas del festival: “Nosotros, como Monky Band, no somos un género en específico”. La agrupación reconoce influencias del ska, pero también incorpora “metal, hardcore, punk, reggae, música electrónica, rap”, una combinación que refleja la posibilidad de que diferentes sonidos compartan un mismo espacio.
Laura también identifica esa apertura como una transformación de las escenas musicales. Según ella, “la industria musical ha evolucionado y muchas bandas y artistas lo que han hecho es experimentar con diferentes ritmos para todos los gustos”, por lo que considera que las brechas entre las diferentes tribus urbanas “cada vez se cierran más”. Así, el festival no solo reúne distintos sonidos, sino también personas que ya no necesariamente sienten que deben pertenecer exclusivamente a una sola escena.
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Y ahí aparece una de las características más importantes del festival: hacerlo en un espacio público como el Parque Metropolitano Simón Bolívar. Llevar el rock a un parque significa sacar una cultura que durante años pudo ser vista como alternativa o diferente de espacios cerrados y llevarla al corazón de la ciudad. Allí, entre árboles, escenarios y miles de personas, conviven distintas generaciones, estéticas y formas de entender la música. El parque deja de ser únicamente un lugar de recreación y se transforma, durante esos días, en un punto de encuentro donde la ciudadanía ejerce su derecho a disfrutar y participar de la cultura.
Esa posibilidad de encontrarse con otros sonidos también transforma la manera en que el público entiende la música. Rock al Parque no obliga a elegir una sola identidad musical; por el contrario, permite descubrir otras. Como explica Monky Band, “en Rock al Parque no solo encontramos un estilo, encontramos muchos estilos”, y esa diversidad hace posible que quienes llegan buscando una agrupación terminen acercándose a propuestas que antes no conocían.
Esa apertura también hace parte de la experiencia personal de Laura, quien afirma: “Si bien soy amante de la música rock, es interesante conocer otras tribus urbanas que enriquecen el hecho de asistir a esos eventos”. De esta manera, el festival permite que las diferencias musicales no funcionen necesariamente como barreras, sino como una oportunidad para acercarse a otras formas de expresión.
Interpretando la ciudad
La música, además, no está separada de la ciudad que la rodea. Bogotá puede ser una ciudad agotadora, marcada por los desplazamientos, el trabajo y las rutinas que se repiten todos los días. Para Monky Band, su música también responde a esa realidad: “Sabemos que Bogotá es una ciudad caótica, es una ciudad rutinaria”. Frente a esa cotidianidad, la banda busca que sus canciones funcionen como una pausa: “Lo que nosotros queremos hacer con la Monky Band es hacer música para distensionar, para divertir, para hacer feliz un poco más el rato”.
Pero para quienes asisten, esa pausa también puede sentirse como libertad. Julián define lo que significa Rock al Parque para él con una palabra: “libertad”. Explica que allí puede “bailar, saltar, gritar” y hacer diferentes cosas “sin sentirnos juzgados porque pues estamos dentro de esa comunidad, todos disfrutando de ese mismo momento”.
Por eso, la masividad de Rock al Parque no se mide únicamente por la cantidad de personas que asisten. También se encuentra en su capacidad para convertir las diferencias en un punto de encuentro. Lo que comenzó como una oportunidad para que unas cuantas bandas pudieran tocar terminó construyendo, durante tres décadas, una parte de la memoria cultural de Bogotá: una ciudad donde el rock puede ocupar el espacio público y donde distintas formas de ser, vestir y expresarse pueden encontrarse bajo un mismo escenario.
Esa transformación también se refleja en las llamadas tribus urbanas. Hubo un momento en que las fronteras entre escenas musicales eran mucho más marcadas. Metalero, punkero, ska, emo o cualquier otra identidad musical podían representar grupos separados, con códigos propios y, en algunos casos, con poca relación entre sí. Monky Band recuerda esa época y señala que “hace muchos años la escena era un poco más radical, cuando existían las tribus urbanas, que ciertos grupos no se acercaban a otros”.
Laura coincide en que anteriormente existían conflictos y divisiones más marcadas entre grupos, al recordar que “se escuchaba mucho sobre los conflictos entre punquetos y otros”. Sin embargo, considera que la evolución de la industria y la mezcla de géneros han contribuido a que esas fronteras disminuyan.
Hoy es posible encontrar personas que escuchan diferentes géneros sin sentir que deben pertenecer exclusivamente a una escena. La banda identifica ese cambio como uno de los procesos más importantes de la cultura rock bogotana: “Podemos encontrar un rockero que le encanta el metal, pero también le gusta el ska, pero también le gusta el funk”.
La unión de estas escenas no significa que las identidades hayan desaparecido. Al contrario, puede significar que ahora existe mayor libertad para transitar entre ellas. Para la agrupación, compartir diferentes sonidos parte también de una necesidad de defender aquello que los identifica: “La unión de las escenas musicales parte de la identidad, de hacer lo que amamos, de defender lo que somos, de defender lo que nos gusta”.
Esa convivencia también puede observarse en la manera en que se relacionan los asistentes. Aunque desde afuera algunas prácticas del festival puedan parecer agresivas, quienes participan describen otra realidad. Julián explica que, aunque durante los conciertos “pogeamos” y las personas salten, griten y se empujen, también existe consideración entre los asistentes: “Cuando, por ejemplo, en un ajetreo de estos, donde es mucha locura, vemos que alguien de repente se pone mal, nosotros vamos a ayudar”.
Pero detrás de las chaquetas, las botas, los tatuajes, las camisetas de bandas y los sonidos fuertes también existe una lucha contra los prejuicios. Durante años, el estereotipo del rockero estuvo asociado con la rebeldía, la vagancia o la falta de responsabilidad. La agrupación cuestiona directamente esa mirada: “De los prejuicios más comunes es que el rockero es un vago, el rockero no le gusta hacer nada, no le gusta trabajar, y no hay nada más alejado de la realidad”.
Mantener una banda independiente implica mucho más que subir a un escenario. Quienes hacen parte de estos proyectos deben asumir diferentes responsabilidades para conseguir que su música continúe existiendo. Como explica Monky Band, “el músico y el rockero independiente tiene que aprender a hacer mucho más que hacer música”, desde encargarse de la producción hasta asumir funciones de mánager, compositor y otras tareas necesarias para sostener el proyecto.
El festival también crea vínculos que pueden permanecer después de que terminan los conciertos. Julián cuenta que precisamente en Rock al Parque logró conocer a una persona con quien compartía intereses musicales. Después de conversar y descubrir que ambos eran músicos, ese encuentro terminó convirtiéndose en una amistad. Para él, “este evento relaciona a las personas unas a otras” y eso le parece “súper chévere”.
Así, Rock al Parque también puede leerse como el resultado de una transformación. Las diferencias siguen existiendo, las estéticas continúan siendo distintas y cada género conserva sus propios sonidos, pero el encuentro entre ellos parece ser cada vez más posible. El escenario reúne a quienes alguna vez estuvieron separados y permite que una persona pueda reconocerse en más de una música, más de una estética o más de una escena.
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Para quienes han vivido el festival, su importancia también está relacionada con lo que representa para la ciudad. Laura considera que “Rock al Parque hace parte de la cultura bogotana, lo llevamos con un cariño especial en el corazón y aunque nació en la capital creemos firmemente que le pertenece al pueblo colombiano”. Julián, por su parte, afirma que “Rock al Parque representa una gran parte de la identidad de Bogotá”, porque son muchas las personas que se sienten representadas por este tipo de música y por el festival.
El rock representa, entonces, algo más que un género musical para la ciudad. Para Monky Band, “el rock representa la identidad de Bogotá, porque Bogotá es diversa”. Y esa diversidad se refleja precisamente en las distintas vertientes que conviven dentro de la escena: “metal, punk, hardcore, reggae, ska” y muchas otras expresiones.
Para Laura, esa relación entre el festival y la ciudad también tiene una dimensión internacional: “Rock al Parque nos visibilizó ante el mundo”, y considera un orgullo que personas de diferentes países se congreguen anualmente para asistir al festival. Esa visibilidad se conecta con el turismo, la circulación de artistas y la posibilidad de que Bogotá sea reconocida también por su oferta cultural.
Quizás esa sea una de las transformaciones más importantes que ha dejado Rock al Parque durante sus tres décadas: demostrar que las diferencias no necesariamente tienen que separar. Pueden convertirse en una razón para encontrarse, escuchar al otro y descubrir que detrás de cada estética, cada género y cada tribu existe una forma distinta de vivir Bogotá.
La ciudad sigue siendo caótica, ruidosa y acelerada. Pero durante unos días, miles de personas se encuentran en el mismo lugar para escuchar música. Allí, las chaquetas de cuero, las botas, los colores, los tatuajes, los peinados y las diferentes maneras de expresarse dejan de ser fronteras. Se convierten en parte de un mismo paisaje.
Lo que comenzó como un festival para abrir espacio a las bandas terminó convirtiéndose en una parte de la memoria cultural de Bogotá. Una memoria que, tres décadas después, continúa escribiéndose entre escenarios, guitarras y públicos diferentes. Una ciudad donde el rock no solo suena: también demuestra que todas las diferencias pueden caber bajo un mismo escenario.
* Natalia Vanegas – CrossmediaLab de la Utadeo
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DIANA MARCELA(jykgs)•Hace 6 horasHermosa reseña de este festival que celebra sus treinta décadas y que ha sido parte de nuestra banda sonora. Gracias Natalia!