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Alfonso Chinguad, el indígena que custodia más de 130 variedades de papa en su casa

En los Andes colombianos hay un indígena que, junto con su comunidad, se puso en la tarea de recuperar la gran variedad de papas que había en Colombia y que estaba desapareciendo. Fue de casa en casa recolectando “semillas” y hoy, con ayuda de científicos, custodia más de un centenar en su hogar, en el Gran Cumbal (Nariño). Pero tiene un temor: ¿cómo protegerlas del cambio climático?

César Giraldo Zuluaga

08 de febrero de 2026 - 09:00 a. m.
Alfonso Enrique Chinguad durante un intercambio de semillas en Cumbal (Nariño).
Foto: César Giraldo Zuluaga
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No han pasado ni diez minutos desde que llegamos a la casa de Alfonso Enrique Chinguad, en la vereda Tasmag del Resguardo Indígena del Gran Cumbal (Nariño), y sobre un costal blanco, en el piso, ya reposan más de 15 variedades de papas (Solanum tuberosum L.).

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Un par de ellas resultan familiares. Tienen la forma y el color de dos de las papas más conocidas por la mayoría de los colombianos, la pastusa y la criolla: una redondez irregular, tan grandes como una pelota de tenis y de ping-pong, de un café polvoriento y un amarillo brillante. Las otras, la mayoría, nos parecen extrañas.

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Al señalar una papa negra, brillante y “ojona”, como se refiere a los huecos de estos tubérculos, Chinguad nos muestra la mortiña negra. Al abrirla, se ve un dibujo que se parece a una mandala. También está la papa “botella roja”, ovalada y de un rosado casi fosforescente; la botella rosada, la botella negra y la botella a secas.

Algunas de las variedades de papa que conserva la familia Chinguad.
Foto: César Giraldo Zuluaga

“Esta es la mortiña roja”, agrega su hija, Irma del Socorro Chinguad, mientras corta a la mitad una papa de cáscara rosada con partes amarillas y un contenido idéntico al de la negra. Luego abre otra, un poco más grande, como una pelota de béisbol, de cáscara rojiza, pero con una médula que parece llevar impreso el resultado de un escáner cerebral en color morado. Es una mambera roja, pero podría ser una chauchaguata roja, una ajiza o incluso una malvaceña.

Podrían serlo por sus formas y colores tan parecidos, pero Alfonso e Irma saben bien cómo se llama cada una de ellas. Al fin y al cabo, esta es solo una pequeña muestra de las más de 130 variedades que conservan en decenas de bultos que almacenan en una pequeña maloca de barro negro a un costado de su casa, a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar y a solo tres kilómetros en línea recta de la cima del Cumbal, el volcán que prestó su nombre a este municipio fronterizo con Ecuador.

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Pequeña maloca de barro negro a un costado de la casa de los Chinguad, donde se conservan las papas en bultos.
Foto: César Giraldo Zuluaga

Con la misma serenidad con la que han estado enseñando parte de las papas que conservan, padre e hija mencionan la helada de la primera semana de diciembre de 2025, una antes de nuestra visita a su finca, que les “heló” y, de paso, les dañó gran parte de lo que tenían cultivado. No esperaban que este fenómeno meteorológico, común en enero y agosto, se presentara a fin de año. Es una muestra, reconocen los Chinguad, del impacto que está teniendo el cambio climático en esta parte del sur del país.

Junto al envejecimiento de los campesinos y el escaso recambio generacional, el crecimiento del ganado para la industria de los lácteos, las plagas que azotan a las papas (cuyo incremento también se debe, en parte, al aumento de la temperatura) y la variabilidad del clima, representan las principales amenazas a su misión de seguir conservando estas papas milenarias. Papas que, coinciden los científicos, serán claves para la seguridad alimentaria de la humanidad a medida que el planeta se hace más caliente.

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Pero la familia Chinguad no siempre ha sido reconocida por ser la que mayor cantidad de papas conserva. Desde su casa, a los pies del Cumbal, el campesino de 59 años recuerda que hace dos décadas “no tenía más de 25”.

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El misterioso origen de las papas

En el mundo hay mas de 4.000 variedades de papa que son conservadas principalmente por las comunidades indígenas de los Andes.
Foto: César Giraldo Zuluaga

Lo último que sabemos sobre la historia de la papa se lo debemos a un grupo de científicos chinos, el país que lidera la producción mundial de este tubérculo y que está a más de 17.000 kilómetros de su lugar de origen: la Cordillera de los Andes. En un artículo publicado a mediados de septiembre del año pasado en la revista académica Cell, los investigadores aseguraron haber resuelto, por fin, “el misterioso origen de las papas”, en palabras del autor principal, Sanwen Huang, de la Academia China de Ciencias Agrícolas.

Aunque se sabía que la historia de la papa se remonta a los alrededores del lago Titicaca, en la frontera entre lo que hoy es Perú y Bolivia, los científicos chinos descubrieron que este tubérculo surgió del cruce natural en estado silvestre entre plantas de tomate y especies similares a la papa.

De esa “hibridación”, como la definen los científicos, hace nueve millones de años, a su domesticación en los Andes, hace 9.000 años, y a su expansión mundial, que inició hacia el siglo XVI, cuando los europeos se la llevaron de Sudamérica, la papa se convirtió en el cuarto cultivo alimentario más importante del mundo en la actualidad, solo por detrás del arroz, el trigo y el maíz.

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A pesar de que ahora más de 150 países la producen (no hay ningún país sudamericano entre los 10 primeros), las más de 4.000 variedades de papa siguen siendo conservadas principalmente por las comunidades indígenas de los Andes. De las 1.255 variedades que se conservan en la Colección Central Colombiana de Papa, de la Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria (Agrosavia), aproximadamente 900 son colombianas, asegura Zahara Lucia Lasso, curadora de la Colección.

Colección Central Colombiana de Papa, de la Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria (Agrosavia), en Mosquera (Cundinamarca).
Foto: Óscar Pérez

Cumbal, en donde habitan los indígenas pastos, como la familia Chinguad, es un hotspot de esta agrobiodiversidad, explica Olga Yanet Pérez, Gestora de Innovación de la Red de Raíces y Tubérculos de Agrosavia. Muestra de esto, complementa Lasso, Nariño es el departamento que mayor cantidad de variedades aporta a la Colección Central, con 394, seguido por Boyacá y Cauca, con 154 y 121, respectivamente.

Por esta diversidad, en 2023 aterrizaron en Cumbal científicos de varias entidades que integran el CGIAR, el consorcio de centros de investigación agroalimentaria más grande del mundo. Esta región había sido elegida como parte de un proyecto a nivel mundial para fortalecer la conservación y el uso sostenible de la agrobiodiversidad. “Lo elegimos por estar en la región Andina, el centro de origen y distribución de las papas y los tubérculos andinos y, obviamente, porque también hay un conocimiento ancestral asociado a estos cultivos”, apunta Pérez.

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Laguna de La Bolsa,​ ubicada en la falda del volcán Cumbal, en Nariño.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Luego del primer año de trabajo en el Resguardo Indígena del Gran Cumbal, donde habitan alrededor de 25.000 indígenas pastos, la comunidad y los investigadores pudieron determinar que en la región hay 169 variedades de papa y, tras aplicar 206 encuestas, encontraron que, en promedio, cada familia conserva 50 variedades.

La papa se conserva sembrándola

Yoheny Estelis Taimal junto a su hija Celeste, cosechando papas en su casa, en la vereda La Boyera, del Resguardo Indígena del Gran Cumbal.
Foto: César Giraldo Zuluaga

Antes de recuperar la papa, sus antepasados tuvieron que hacerlo con la tierra, recuerda Yoheny Estelis Taimal, indígena pastos e ingeniera agrónoma de la Universidad Nacional que vive en la vereda La Boyera, del Resguardo Indígena del Gran Cumbal.

Aunque el resguardo que ahora habita fue delimitado desde 1908, a través de una escritura legalizada en la Notaría Primera de Pasto (y reconocida en sentencias por la Corte Constitucional), los pastos tuvieron que adelantar, por lo menos, 16 tomas entre 1975 y 2003 para recuperar sus tierras que habitaban otras personas.

Foto: Jonathan Bejarano

Con 32 años, Taimal tiene claro que la segunda recuperación fue la de la papa, que todavía continúa. Hace unos 20 años, cuenta Chinguad, al resguardo llegaron funcionarios del Ministerio de Cultura preguntando por cómo eran sus casas, alimentación, costumbres, leyes y derechos propios. De la visita quedó con varias inquietudes. Por ejemplo, ¿qué había pasado con las papas “larguitas y ojonitas” de textura más bien “arenosa” que comía cuando era pequeño?

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La razón de su desaparición, supone, estaba en que ya no se “vendían mucho” y los campesinos dejaron de sembrarlas. Alentados por esos funcionarios que llegaron desde Bogotá, Chinguad y varias de las autoridades del resguardo acudieron a los mayores para rescatar los conocimientos asociados al cultivo de la papa.

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Días después de la visita, Chinguad hizo un recuento de las papas que tenía en su terreno, de no más de tres hectáreas. Contó 25. Empezó a recorrer otras veredas del resguardo y a intercambiar semillas. Años después ya tenía 60. Para ese momento, las autoridades comenzaron a organizar ferias para que los integrantes de las distintas veredas se encontraran y realizaran trueques. En 2013, antes de salir rumbo a un festival de papas que se iba a realizar en Ipiales, recuerda haber contado cerca de 130 variedades.

Alfonso Chinguad en su cultivo de papas, en su casa, en la vereda Tasmag, a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar.
Foto: César Giraldo Zuluaga

“Yo las conservo sembrando un guachito de una matica o dos por cada papa”, explica el campesino. El guachado (o wachado), es un sistema ancestral en el que se siembra en surcos (una zanja larga) y no se utiliza maquinaria pesada.

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Intercambiando semillas, “guachando”, cosechando, sembrando y volviendo a intercambiar, los pastos del resguardo han logrado recuperar sus papas nativas. En la casa de semillas que lidera Taimal, por ejemplo, rescataron más de 60 variedades. Pero no es un proceso en el que han estado solos.

En diciembre de 2024, desde el Banco de Germoplasma para la Alimentación y la Agricultura (BGAA), ubicado a las afueras de Bogotá y a cargo de Agrosavia, científicos regresaron a Cumbal 34 variedades que los indígenas habían perdido, pero que habían sido colectadas en el municipio entre 1948 y 1975. Tras reposar en paquetes sellados al vacío por décadas, en bóvedas que guardan la mayor riqueza del país y que mantienen temperaturas de -20 °C, variedades como la bola de sal, brasilia, la pamba roja violeta y la curipamba, entre otras, fueron ‘rematriadas’ por la Corporación, como denominan a este proceso en el que una variedad “regresa a la madre tierra”, dice Lasso.

Colección Central Colombiana de papa, en el Centro de Investigación Tibaitatá, de Agrosavia, en Mosquera (Cundinamarca).
Foto: Óscar Pérez

Vacas que le ganan terreno a las papas

Aunque a Alfonso Chinguad no se le altere la voz ni lo reconozca de manera explícita, le preocupa que los conocimientos que han recuperado se pierdan en los próximos años. A la juventud de ahora, dice, ya no le enseñan que el abono orgánico se hace mezclando el estiércol del cuy, la vaca y la gallina (en ese orden) y de plantas picadas como el ajenjo, el guanto y el eneldo. “Ellos no saben de eso, ni tampoco de qué remedios deben echarle a las papas o con qué plantas fumigar. Imagínese, ya ni trabajan la tierra”, lamenta.

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En el Resguardo Indígena del Gran Cumbal, menos del 5 % de las personas que se dedican a la siembra de la papa y que fueron encuestados por Agrosavia tienen entre 21 y 30 años. Es el reflejo de una situación que se vive en todo el país, según datos presentados por la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria (UPRA) en 2024. En Colombia, asegura la entidad, “existe una tendencia reciente hacia la reducción en el número de empleados, motivada posiblemente por la falta de oportunidades que incentiven la permanencia de los jóvenes en la actividad productiva de papa”.

Yoheny Taimal, quien lidera la escuela de los "shagreritos", con su hija Celeste, de cinco años.
Foto: César Giraldo Zuluaga

Por esta razón, tanto Irma del Socorro Chinguad como Yoheny Taimal, se han encargado de consolidar la escuela de los “shagreritos”, donde más de 40 niños y niñas del resguardo se involucran desde pequeños con la shagra, un sistema productivo ancestral, donde en un terreno pequeño (de apenas algunos metros cuadrados) se cultiva una amplia variedad de plantas, desde medicinales, hasta frutales y ornamentales, y por supuesto la papa. Con sus hijos, David Alejandro, de diez meses, y Celeste, de cinco, Chinguad y Taimal buscan dar ejemplo.

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Este trabajo de recambio generacional también ha sido reforzado por entidades como Agrosavia, la Alianza de Bioversity International y el CIAT y el Centro Internacional de la Papa (CIP), estos dos últimos miembros del consorcio GCIAR. En la Institución Educativa Técnica Agropecuaria Indígena Cumbe, en Cumbal, los estudiantes son los encargados de mantener los cultivos de papa así como la casa de semillas Yar Pue Cumbe, inaugurada a finales de 2025.

Los frutos de este trabajo, comenta Chinguad, esperan verlos en los próximos años, “cuando los niños terminen sus estudios y piensen primero en regresar al campo a trabajar”. Ellas ya lo hicieron: Taimal retornó al resguardo luego de estudiar Ingeniería Agronómica en la Universidad Nacional en Bogotá y Chinguad asegura que permanecerá en el territorio cuando termine su pregrado en Administración Pública en la CUN.

Irma del Socorro Chinguad, quien junto a Taimal lidera a los "shagreritos", con su hijo David Alejandro, de once meses.
Foto: César Giraldo Zuluaga

Mantener los conocimientos recuperados no dependerá solo de involucrar a los más pequeños, cree Chinguad padre: “las temporadas ya no son lo mismo”. Muestra de eso fue la helada a inicios de diciembre, atípica para un fin de año. Al hecho de que estos fenómenos metereológicos, que queman la papa, están ocurriendo fuera de las temporadas esperadas (enero y agosto), a Chinguad le inquieta que el cambio climático altere su trabajo, que se rige por las fases lunares.

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“En los quintos, la luna menguante y los cuartos crecientes la tierra no se pica, no se guacha ni se fumiga. Son días para descansar”, describe Chinguad. Si se toca, advierte, se daña la mata. Pero, ¿cómo seguir planeando el cultivo cuando las temporadas ya no son como antes?

La solución, al menos una parcial, cree Pérez, de Agrosavia, está en unas pequeñas estaciones climáticas, dotadas de un termómetro de temperaturas máximas y mínimas, además de un pluviómetro (para medir las lluvias), que han instalado en las fincas desde finales de 2024. A partir de los datos recolectados por los mismos campesinos, se genera un boletín agroclimático que les permite monitorear el tiempo e intentar anticiparse a eventos como las heladas, así como identificar las zonas con mayor riesgo de ser afectadas.

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Mientras se avanza en esta estrategia, Pérez agrega dos retos más. Desde 2021, el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) reportó la presencia del complejo de la Punta Morada de la Papa (PMP) en municipios de Nariño, el tercer departamento donde más se cultiva papa en el país, después de Cundinamarca y Boyacá, que juntos concentran el 82,4 % de la producción nacional. Esta enfermedad, cuyo vector es el “pulgón saltador” (Bactericera cockerelli), puede generar una pérdida del 100 % de la cosecha.

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A esta situación departamental, la funcionaria de Agrosavia añade una tendencia nacional, de la que no escapa Cumbal: “una limitada disponibilidad de tierras para el cultivo de papa”, como la define la UPRA. En el caso del sur del país, la industria láctea le viene ganando terreno a la papa, reemplazando tubérculos por vacas.

Indígenas Pastos en un intercambio de semillas en Cumbal, Nariño, en diciembre de 2025.
Foto: César Giraldo Zuluaga

Además de la importancia cultural que tienen estos cultivos, Pérez ve en la variedad de las papas una estrategia clave para hacerle frente al cambio climático. “Tener una alta variabilidad significa asegurar alimento para el futuro. Si nosotros nos quedamos con muy pocas variedades y llega una plaga y nos quedamos sin comida, nos fregramos. Mientras que si tenemos una gran diversidad de papas y unas son más resistentes que otras, podrán mantenerse y ser el alimento del futuro”, precisa la investigadora.

“No podemos dejar que algo que ellos han mantenido por 9.000 años se pierda en estos últimos 100 o 50 años”, advierte Pérez.

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