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2 Feb 2022 - 2:00 a. m.

Lo que revela de Colombia el ADN hallado en piojos de momias argentinas

Tras estudiar las liendres de piojos en un grupo de momias halladas en Argentina, un grupo de investigadores descubrió que su ADN está asociado con personas que habitaron la Amazonia colombiana y venezolana.
Sergio Silva Numa

Sergio Silva Numa

Editor Salud - Medio Ambiente - Ciencia - Educación
En la imagen se puede observar en detalle el “pegamento” de una liendre a un pelo humano. / Universidad de San Juan
En la imagen se puede observar en detalle el “pegamento” de una liendre a un pelo humano. / Universidad de San Juan

En 2018, Alejandra Perotti publicó un artículo en la prestigiosa revista Scientific Reports sobre un asesinato cometido en Suiza. En él contaba, junto a otros ocho autores, el paso a paso de lo que habían hecho para examinar el cadáver hallado en un bosque. Lo que relataban era fascinante: al mejor estilo de la series policíacas, habían analizado, entre otras cosas, restos de la cabeza de la víctima, de su cuerpo y del suelo donde se encontraba en ese momento. De allí habían extraído ácaros, esos diminutos animales invisibles al ojo humano. Luego de estudiarlos con diferentes procesos, concluyeron que esa persona no la habían matado en ese lugar, sino que el asesino la llevó hasta allí al menos 12 meses antes y poco a poco empezó a descomponerse. Por la presencia de unos ácaros específicos también descubrieron que, posiblemente, el asesinato se produjo en una granja.

No era la primera vez que Perotti colaboraba con la Policía. Profesora de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad de Reading, en Reino Unido, esta bióloga ya llevaba cerca de 15 años dedicada a la “acarología forense”, una especialidad poco usual entre quienes estudian el mundo de los bichos. En otra ocasión ayudó a reunir pistas sobre un botín de 500 mil euros que había sido robado en Alemania. Los billetes fueron enterrados en algún lugar específico y los ácaros que se les pegaron ayudaron a restringir el área de búsqueda.

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Desde Argentina, Perotti cuenta que hay una larga lista de ejemplos como esos, pero infortunadamente no todos han podido convertirse en una publicación científica. En muchas ocasiones deben reservarse los hallazgos, porque quienes investigan los crímenes no siempre le permiten mostrarlos con soltura.

Pero así como esos “bichos” que ella estudia, como les llama, revelan secretos que solo estaban resguardados por asesinos, también se han empezado a convertir en una pieza clave para descubrir información oculta por siglos. Hace unas semanas Perotti, junto con un grupo de colegas, anunció otro hallazgo que parece sacado de la ciencia ficción: los huevos que dejaron los piojos en personas que vivieron hace 1.500 o 2.000 años les permiten acceder a datos desconocidos o que antes eran solo una simple especulación.

Uno de los principales indica que hace cerca de dos milenios hubo una migración de pobladores de la Amazonia colombiana y venezolana hacia el sur del continente.

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Hay un buen ejemplo de una famosa escena del cine que ella usa para explicar qué fue lo que hicieron: como sucedía en Jurasic Park, donde los mosquitos que habían quedado atrapados en ámbar contenían el ADN del dinosaurio (el hospedador), en el pegamento que dejan los piojos en el pelo de los humanos para adherir sus huevos hay valiosa información genética. Eso, cuenta Perotti, les ha permitido conocer detalles de esas personas: desde su sexo o su vínculo con otros pueblos, hasta presencia de otros microorganismos, incluso, sugerir en qué condiciones ambientales estaban esos individuos antes de fallecer.

Para ser un poco más detallados, lo que hizo el equipo de científicos, entre los que participaron investigadores de la U. de Reading, la Universidad Nacional de San Juan (Argentina), Universidad de Bangor Gales, el Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Oxford (Reino Unido) y la Universidad de Copenhagen (Dinamarca), fue estudiar unas momias que fueron halladas en la provincia de San Juan, en Argentina. Específicamente, analizaron seis liendres (los huevos de los piojos) de cada una. Luego estudiaron el ADN humano que había en ese “cemento” que depositan los piojos.

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La gran sorpresa, dice Perotti mientras sonríe en una reunión de Zoom, es que, aunque ya sabían que los piojos son un reflejo de lo que le ocurre a su hospedador, pues guarda en su estómago información genética, no tenían conocimiento sobre lo útil que son esas liendres. “Cuando trabajás con restos arqueológicos, los piojos, que han acompañado al ser humano en su existencia, son difíciles de encontrar porque se caen, pero las liendres siempre suelen estar pegadas al cabello. Así que esto fue un hallazgo que será muy útil para analizar la historia evolutiva y para el análisis forense. De alguna manera, podemos decir que estos bichos son el espejo evolutivo de los humanos”, asegura.

Para comprobar la calidad de la información, el equipo comparó el ADN de aquel pegamento con el de otras fuentes que son usadas para hacer este tipo de estudios: entre ellas del diente y del peñasco, una porción del hueso temporal que tiene el cráneo de los mamíferos. La otra buena noticia que se encontraron es que ese “cemento” albergaba un porcentaje de ADN igual o superior al que tienen esas fuentes que, con frecuencia son extraídas de especímenes de museos para hacer este tipo de análisis causando serios cuestionamientos éticos. “Ha habido una gran destrucción de especímenes que permanecían intactos en museos. Ahora sabemos que no es necesario romper huesos”, apunta.

Saltándonos algunos detalles técnicos del proceso, lo siguiente que hicieron los investigadores fue comparar ese ADN con bases de datos donde también hay ADN de individuos antiguos. Al confrontarlo con los que corresponden a América del Sur se llevaron una gran sorpresa: la información de la momia de 2.000 años de antigüedad coincidía con el de grupos antiguos del norte del Amazonas, una región que hoy pertenece a Colombia y Venezuela.

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“Me siento muy orgullosa porque, pese a que vivo en Europa hace varios años, soy suramericana y me alegra mucho que seamos nosotros quienes, con estas técnicas, estemos llenando vacíos sobre nuestra historia. Aún nos hace falta mucha más información para comprender las olas migratorias que hubo en el interior de nuestra región; tenemos muchas preguntas, pero poco a poco estamos ayudando a llenar esos vacíos”, explica Perotti.

Como le dijo David Reed, biólogo del Museo de Historia Natural de Florida (EE. UU.) al Smithsonian Magazin, se trata de un trabajo notable, porque “los autores pudieron secuenciar el genoma a partir de un material de partida tan pequeño y aparentemente insignificante, y segundo, los piojos en estas cabezas contribuyeron a nuestra comprensión de las migraciones humanas”.

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Pero, además de eso, Perotti y su grupo, que publicaron el trabajo en la revista Molecular Biology and Evolution, encontraron otra pista inesperada. En ese pegamento descubrieron el registro más antiguo que se conoce hasta el momento del poliomavirus de células de Merkel, un virus descubierto en 2008 y que causa el carcinoma de células de Merkel, un tipo de cáncer de piel. Este descubrimiento les generó una nueva inquietud. “Es solo una sospecha”, argumenta, “pero es una pregunta que está por resolver: ¿pueden los piojos ser vectores de este virus?”.

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