Colombia + 20

19 Jul 2022 - 3:58 p. m.

¿Quién es Karmen Ramírez, la wayuu que ganó curul de colombianos en el exterior?

El 20 de julio, Karmen Ramírez Boscán estrena silla en la Cámara por el Pacto Histórico, luego de que los colombianos que viven fuera del país eligieran como su representante en el Congreso a esta indígena sobreviviente de la matanza paramilitar.

Angélica Pérez Pérez* - Especial para Colombia+20 de El Espectador

Rodríguez en una marcha contra la gran minería.
Rodríguez en una marcha contra la gran minería.
Foto: Cortesía

Fue el abuelo quien eligió su nombre: Wayunkerra, la primera mujer hecha de barro por las hijas de la tierra. Y fue ella quien decidió llamarse Karmen con K porque se le antojo escribirlo así, explica con desenfado esta mujer, mitad wayuu y mitad Alijuna, que es como los indígenas de su pueblo enuncian al Otro. El 20 de julio, Karmen Ramírez Boscán estrena silla en la Cámara por el Pacto Histórico, luego de que los colombianos que viven fuera del país eligieran como su representante en el Congreso a esta indígena sobreviviente de la matanza paramilitar.

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Sentada frente al televisor en Bogotá, Karmen ve en la pantalla los cuerpos desmembrados de los hombres al tiempo que la ensordecen los gritos de las mujeres con el alma destrozada. Es el año 2004, en La Media Guajira, a más de 1.100 kilómetros de su apartamento, los paramilitares cometen las más horripilantes masacres, violaciones, desapariciones y torturas contra los indígenas wayuu.

Uno de los asesinados que aparece en el noticiero es el tío de Karmen. También se entera de que los escuadrones de la muerte tienen secuestrado a otro de sus tíos. “No sé qué me dolió más, si ver a mi madre desgarrada de dolor, gritando mientras se agarraba con las dos manos su cabeza, o ver los pedazos de mi tío regados por el suelo” relata.

Hasta entonces, la vida de Karmen había sido un péndulo entre el desierto guajiro y la selva de ladrillo capitalina. Desde muy pequeña, iba y venía entre Maicao y Bogotá con esa facilidad tan suya para romper ataduras y traspasar fronteras, las geográficas, las culturales y las que impone el orden social.

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Ser hija de madre wayuu y padre Alijuna la hizo, de alguna manera, libre de etiquetas y casillas. “La vimos crecer en Bogotá asumiendo su multiculturalidad, hablando en wayuunaki y en español y dejando entrever un liderazgo innato” cuenta el escritor Jorge Eliécer Pardo, uno de los amigos del círculo de intelectuales cercanos al padre de Karmen, el escritor Ignacio Ramírez ‘Nacho’.

Pero la imagen en la televisión de esa matanza la obligó a elegir. Abandonó definitivamente Bogotá y retornó al lado de su familia wayuu en la punta de Colombia que se extiende sobre el Caribe, en el extremo norte del país. Atrás quedaban su carrera de diseñadora gráfica, las tertulias literarias organizadas por su padre en el apartamento de Usatama y su búsqueda de otros horizontes más allá de la arena y el mar.

‘Los paras’ asesinaron la palabra wayuu

“Ya no aguantábamos más dolor” afirma sentada en un café de Ginebra en Suiza, poco antes de viajar a Colombia para posicionarse en la Cámara como la representante de los colombianos en el exterior por el Pacto Histórico, la formación política del nuevo gobierno, el primero de izquierda en la historia del país.

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Karmen recuerda el horror de finales de los años 90 cuando empezaron las masacres en el departamento de la Guajira perpetradas por el Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, al mando de Jorge Tovar, alias ‘Jorge 40′. “El gobierno desconoció esas matanzas. Y las denuncias que hicimos con mi madre por los asesinatos de mi familia no prosperaron» lamenta.

Los paramilitares de ‘Jorge 40′ inauguraron el rosario de muertes en La Guajira con el abuelo de Karmen: el cacique wayuu Francisco Boscán Bonivento, hijo del fundador de Maicao, el hombre que aró en el desierto. Fue su abuelo quien la nombró en wayuu Wayunkerra, la primera mujer hecha de barro por las hijas de la tierra.

Su muerte es una impronta que le sangra en el alma. “A mi abuelo lo asesinaron los paramilitares el 28 de diciembre de 2001, día de ‘los santos inocentes’. Lo persiguieron a tiros por las calles de Maicao y, cuando llegó a refugiarse a la comunidad, lo mataron junto a mi tío y a otras personas que estaban con ellos”.

Toda La Guajira se movilizó en su entierro porque, aunque vivió en medio de la guerra, Francisco Boscán Bonivento fue un hombre que hizo cuanto estuvo a su alcance para lograr la paz de la comunidad. «Yo prefiero arreglar las cosas porque he vivido muchas guerras y he heredado otras tantas. Y no quiero heredarle guerras a mi descendencia. Vivir en guerra es terrible. Vivir pendiente de dónde está el enemigo y quien da primero, eso no es vida” cuenta Karmen que decía su abuelo.

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En territorio wayuu, continua, cada quien manda en su clan y en el lugar donde están enterrados sus muertos. Y eso es clave porque para mantener el equilibrio es necesario generar alianzas. “Somos un pueblo clanil de alianzas y de palabra antes que de guerra, pese a que la gente dice ‘ay, esos wayuu andan armados haciendo guerras’. Eso es mentira. El wayuu prefiere acudir a la palabra antes que derramar sangre”.

Pero los paramilitares llegaron a sembrar cizaña en el desierto wayuu desatando una guerra sin fin entre familias. “El problema es que los paramilitares llegaron a La Guajira y empezaron a atizar conflictos locales para imponer su dominio en el territorio y disfrazar sus crímenes presentándolos como resultado de las guerras entre rancherías”. Y, mientras tanto, los medios de comunicación decían que los wayuu se estaban matando entre si en una disputa por las rutas de la gasolina y el manejo del contrabando de whisky y cigarrillos”.

Para frenar el desangre, las familias wayuu firmaron un acuerdo de paz. “Pero esa paz no funcionaba porque detrás de la guerra fratricida estaba la acción perversa de los paramilitares para apropiarse de todos los negocios, tanto legales como ilegales”.

En el prisma de los wayuu el terror paramilitar era visto como un problema de traiciones a las alianzas: “En La Alta Guajira, el mal hecho por un paramilitar no se le cobraba a él sino al wayuu que lo había llevado a la comunidad. Los responsables de los crímenes no eran los paramilitares sino los indígenas que les habían permitido su entrada al territorio».

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A diferencia de otros pueblos indígenas de Colombia, los wayuu no tienen un cacique que manda a los 600 mil miembros de esta comunidad y los problemas entre familias se arreglan enviando a un ‘palabrero’, “pero durante esos años de terror, cuando se enviaba la palabra a ‘los paras’, el ‘palabrero’ terminaba destrozado o desparecido”.

Bitácora de crímenes

Al dejar Bogotá y retornar a la Guajira, Karmen encontró a las mujeres wayuu solas. Habían perdido al palabrero y con ello la posibilidad de enviar la palabra. Se había impuesto el silencio.

“La mayoría de ellas estaba llorando a sus hijos, a sus maridos, a los hombres de sus familias asesinados. Los que habían sobrevivido a esa violencia, habían abandonado el territorio. Mis hermanos y primos también se fueron. Las mujeres los habían echado porque la mujer wayuu participa tomando decisiones, pero no como objeto de la guerra. Ellas se encargan de apaciguar o avivar el conflicto”.

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En ‘juntanza’ con otras indígenas, Karmen funda entonces La Fuerza de Mujeres Wayuu. No fue fácil, admite. “Aunque la mujer wayuu sí tiene más niveles de participación y toma de decisiones que en la mayoría de pueblos indígenas del país, el pueblo wayuu es igual de patriarcal y de controlador de las mujeres que los otros. No somos un matriarcado”, remata desbaratando el mito.

Por hablar de derechos, las acusaron de feministas e, incluso, llegaron a echarlas de las comunidades. Pese a todo, lograron hacer una bitácora de los crímenes perpetrados contra la comunidad y recoger más de 1. 000 casos entre desapariciones, ejecuciones, masacres y desplazamiento forzado. Publicaron esa información y también datos sobre los nexos de los ‘paras’ con la política local.

Como resultado de las investigaciones y la información recabada, identificaron los patrones de violencia y los intereses que subyacían a estos crímenes: “Se buscaba controlar a una población indomable y controlar el comercio legal o ilegal de todo lo que sale por la frontera con Venezuela y por el Caribe y que llega, en cuatro o cinco horas en lancha rápida, hasta Centroamérica y de ahí se va para el resto del mundo”.

También descubrieron que detrás del afán por ocupar el territorio estaban los intereses de ocho megaproyectos en curso, pero desconocidos hasta ese momento. “Había un gasoducto binacional, un parque eólico que se llevó a cabo y exploraciones gasíferas y de otros recursos. La Agencia Nacional de Hidrocarburos había entregado toda La Guajira en concesión, incluyendo el mar, para ser explorada”.

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Del trabajo sobre el desangre y el destierro en La Guajira surgió su libro ‘Desde el desierto. Notas sobre paramilitares y violencia en territorio wayuu de la Media Guajira’. Para entonces, Karmen fungía como Secretaria general del Cabildo Wayuu, Nóüma.

A la par de su labor por esclarecer la verdad, empezaron a llover las amenazas de muerte contra ella y sus compañeras. En 2005 obtuvo medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, (CIDH).

Vino, entonces, su primer exilio. Destino: Ginebra. En la ciudad suiza embebe la jurisprudencia existente para pueblos indígenas y, especialmente, la que concierne a las mujeres de estas comunidades.

Lapü, el espíritu de los sueños

Tiempo después, regresa a la Guajira cargada de todo ese conocimiento adquirido en la capital de los derechos humanos y forma la Escuela de Mujeres Indígenas y Otras Formas de Sabiduría. Emprende una labor de pedagogía en las comunidades para ensenar derechos que los wayuu ignoraban que tenían. Uno fundamental: el derecho de las víctimas a la reparación y a que se limpie la memoria de los muertos.

Para las víctimas wayuu ese derecho se traduce como la reparación del espíritu y el territorio ensangrentados. Un tipo de desagravio que no está contemplado en la Ley de Víctimas, deplora Karmen. “Qué es eso de usos y costumbres, me preguntaban en las instituciones del Estado, incapaces de entender el costo espiritual que habían pagado nuestras comunidades con las matanzas”.

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Cuenta Karmen que le ofrecían chalecos antibalas, escoltas armados y autos blindados cuando ella explicaba que las víctimas de la comunidad reclamaban baños, encierros de protección y otros rituales para reconciliarse con sus espíritus. “Para las instituciones, eso era brujería”.

Difícil entender la sanación de un pueblo que, como el resto de indígenas del país, ha estado condenado al olvido, a la indiferencia y a una serie de mitos y fantasmagorías fabricados en la escenografía mental de quienes ignoran su cultura y desdeñan su cosmovisión.

“Nosotros somos un pueblo de sueños. Pero, para nosotros soñar no es un verbo, no es una acción, es la visita de un espíritu, Lapü, que te abre la posibilidad de encuentro con tus ancestros”. Narra Karmen que, tras las matanzas, la gente empezó a soñar con los espíritus de sus familiares asesinados o desaparecidos. En los sueños, algunos muertos pedían justicia, otros reclamaban segundos entierros, trabajo comunitario o, incluso, fiesta. No faltó el muerto que pedía venganza.

Ese abanico de infinitos ritos posibles suponía para la reparación estatal y la wayuu un acertijo irresoluble “Si un día, por ejemplo, te sueñas con un espíritu que te dice que debes bañarte con sangre de toro y tú se lo comunicas a la entidad encargada de la protección de víctimas, pues los funcionarios van a pensar que ‘esos indios locos lo que quieren es comer carne de toro y salen con estas’. Pero para la comunidad se trata del designio de los ancestros”.

El Cerrejón, monstruo depredador

En 2008, a las sedes en Valledupar de la Misión de Apoyo de la OEA al Proceso de Paz y de la Defensoría del Pueblo llegaron panfletos pregonando la muerte de miembros de la organización de mujeres wayuu. La lista la encabezaba Karmen.

Huyendo de la guadaña, regresa a Ginebra. En su segundo exilio, se sumerge en el estudio del Convenio 169 de la OIT que reconoce a los pueblos indígenas y tribales el derecho a la consulta previa sobre proyectos que van a llevarse a cabo en sus territorios y que afectan el buen vivir de las comunidades.

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La multinacional Glencore, de capital suizo, es la dueña de El Cerrejón, la mina a cielo abierto más grande del mundo que opera en La Guajira. Dos puntos cardinales en la vida de Karmen que ella une en una batalla. “En ese tiempo, aquí en Suiza no se conocía mayor cosa acerca de El Cerrejón y yo me di a la tarea de informar y organizar la primera marcha en contra del nefasto impacto de Glencore sobre los wayuu”.

La barbarie de El Cerrejón de Glencore se cifra con la muerte: cerca de 5.000 niños wayuu murieron de inanición, entre 2010 y 2018, a causa del ‘monstruo depredador,’ que es como las comunidades vecinas llaman a la mina de carbón.

Karmen corrige: “Esos niños no han muerto. Los niños wayuu fueron asesinados porque el agua que debió ser entregada y potabilizada para el consumo humano en la zona, fue entregada a El Cerrejón para garantizar sus operaciones de extracción de carbón. Empresas como Glencore deben pagar por los crímenes que perpetran contra la tierra, el agua y la gente.”

El exilio del amor

En una de las acciones climáticas de protesta emprendidas en Berna, Karmen se para en la tarima frente a cientos de mujeres. El hombre que está a su lado abraza con su mano el puño que ella levanta en señal de lucha. Ella amó el gesto.

Tiempo después, ese hombre fue a buscarla a La Guajira. La encontró atormentada por las amenazas de muerte. “Me sugirió que regresara a Suiza. Pero yo no quería pedir asilo. Me habló de otras soluciones. Y yo entendí que me estaba proponiendo matrimonio”.

La boda se hizo como la tradición wayuu manda. Llegaron cuatrocientas personas al encuentro y un primo de Karmen hizo las veces de Pütchipü que es el palabrero encargado de arreglar matrimonios. “Solo para aceptar hablar con mi novio, mi familia le exigió cuatro chivos, un bulto de arroz, un bulto de maíz y mucho whisky. Mis tíos estaban convencidos de que le iban a pedir ‘al gringo’ vacas suizas y hasta un chalet. Si quiere hacer alianza con nuestro pueblo, pues que lo haga bien, decían”.

El novio garantizó a la familia que Karmen seguiría representando al pueblo wayuu aunque estuviera lejos del carbón y la sal. También prometió tener varios hijos. “Luego empezó a repartir a las mujeres de las familias collares y aretes que él mismo había hecho en cornalina, una piedra que para nosotros es muy espiritual e invocadora del sueño y de la protección. Y a cada hombre de la familia le entregó una navaja suiza. Inmediatamente, mis tíos olvidaron las vacas suizas y el chalet y se dejaron comprar con unas navajas como si fueran espejitos”.

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Tras pasar la noche en un chinchorro bajo ese espectáculo de constelaciones que es el cielo guajiro, la pareja voló del desierto hacia Los Alpes. “El primer día, muy temprano, cuando mi esposo ya estaba en el trabajo, la policía de migración entró a mi casa en Berna. Me dijeron que estaba casada con una visa que no era válida. Yo argumenté que no era cierto y que podía demostrarlo. También les advertí que estaban violando mis derechos. Reconocieron sus errores. Seguramente arguyeron que conmigo no podían hacer lo que hacen con muchos inmigrantes, aprovecharse de que no conocen sus derechos para cobrarles multas extravagantes y, a veces, hasta deportarlos”.

Como en tantos otros temas, Karmen habla con una franqueza que desnuda privilegios e imposturas. “Aunque les moleste a muchas mujeres, yo soy una refugiada del amor. Mi plan no es re victimizarme y no soporto esa superioridad que se otorgan algunas víctimas de la guerra que consideran como única migración legítima la motivada por el conflicto armado. A mí también me iban a matar, pero fue gracias a ese matrimonio con un hombre que amo que me pude ir de Colombia y salvar mi vida. Hay otras expresiones de la migración. De hecho, la mayoría de los colombianos son migrantes económicos o se han casado con un extranjero y todos tienen el trasfondo común de venir de un país como Colombia que no garantiza sus derechos, un país expulsor de su gente”.

“Las nadie, estrategias para sobrevivir en Suiza”

‘El limbo migratorio’ es el título de uno de los cuentos escritos por Karmen Ramírez. En esos textos, ella sondea el abismo sin fondo en que se convierte la vida en tierras extrañas. “Tienes un pie aquí y otro allá, te repites la historia de que vas a regresar pronto, pero pasan los días y los meses y no retornas. Te acosa la incertidumbre de volver a empezar desde cero cuando no conoces ni el idioma, ni los códigos del nuevo país que habitas. Te aflora ese trauma que nunca pudiste gestionar en Colombia porque la misma violencia te impidió hacerlo, pero que se te desata en la nueva tierra porque tienes todo el tiempo del mundo. Y, además, vas a ser madre!”.

Instalada en Berna, empieza a anotar las situaciones a las que les percibe un cierto tufillo racista. “Hoy un funcionario me dijo Usted no sabe cómo se hacen las cosas en Suiza. Me volvieron a tratar como la nana de mis hijos porque son rubios y ojiazules. Nuevamente, miradas reprobatorias me aguijonearon desde las otras mesas cuando hablé en lengua ‘extraña’ en el restaurante. Hoy, la vieja que siempre me agrede verbalmente cuando paso a su lado en bicicleta, me golpeó y me hizo caer al suelo”.

Ese listado de desventuras se convirtió en el germen de un trabajo antirracista. “Cree el Stand-up Against Racism y lo presenté en la Semana Contra el Racismo en Berna. Fue la puerta de entrada a un activismo en contra de una sociedad y un sistema excluyentes. Eso me dio otra perspectiva de mi entorno y me permitió apropiarme de la ciudad y sus vivencias”.

Suiza 2017: cerca de 600 mil mujeres ocupan las calles durante la huelga feminista. Karmen se para en la tarima de la Plaza Federal de Berna frente a decenas de miles y les habla a nombre de las mujeres inmigrantes. Es un discurso innovador que difiere del “feminismo blanco con el que se reivindica la equidad salarial entre mujeres y hombres, pero que no tiene en cuenta la diversidad”.

Karmen recogía en su arenga los planteamientos que ya venía trabajando en el grupo creado con amigas inmigrantes Las nadie: estrategias feministas para sobrevivir en Suiza. “Somos las nadie porque no somos escuchadas, porque no tenemos derecho al voto aunque pagamos impuestos. Somos las nadie porque nos relegan a los trabajos que ningún otro quiere hacer, porque nos discriminan, porque evitan sentarse a nuestro lado en el bus”.

Colombia Humana y transición energética

Colombia 2021: los partidos políticos enfilan baterías para las legislativas que tendrán lugar el año próximo. Alguien llama a Karmen para contarle que se contempla lanzar una candidatura europea para la circunscripción internacional. Ella propone que sea una mujer y menciona a colombianas residenciadas en Francia, Alemania y Austria. Queremos que seas tú, le responde la voz del otro lado de la línea.

“Fue un baldado de agua fría. Justo venían a proponerme participar en política electoral. Esa vaina es terrible, pensé. Rechacé de plano y colgué el teléfono”. Karmen insiste en que nunca le interesó la política electoral justamente porque viene de La Guajira. “En el Caribe colombiano se cometen todos los delitos electorales. Y los que no existen, se los inventan. Gerlein dice que la compra de votos es una tradición caribeña”.

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Al mismo tiempo, Karmen se sentía atraída por el proyecto de la Colombia Humana. “Yo soy de construcciones colectivas y me gustaba que no fuese un partido, sino un movimiento político de transformación profunda de la política estructural de país. Y que, además, daba la posibilidad de ser y de hacer”. También la seducía que Gustavo Petro hablara de la transición energética, “aun con las contradicciones que puede crear la propuesta”.

Por esos días tuvo un sueño que le decía “Abraza lo que te han dado y hazlo bien”. Su esposo le aconsejó que lo consultara con la comunidad, con la fuerza de mujeres wayuu, con su hermano que es su gran referente político y con su familia. “Mi conclusión fue que, efectivamente, necesitamos más mujeres participando en política, y, sobre todo, más mujeres diversas”.

Mes y medio después llamó a quien le había hecho la propuesta y le dijo “Quiero hacer el ejercicio, vamos pa’esa”. Cuenta que arrancó la campaña “con el síndrome de ‘usted no sabe quién soy yo’. La gente empezó a preguntar quién es esa aparecida, de dónde salió esa vieja oportunista que nunca ha hecho nada”.

Fueron varias las ocasiones en las que quiso renunciar a una campaña atiborrada de ataques violentos, no solo de parte de los hombres, “esos los entiendo porque son coherentes con su mentalidad machista y patriarcal”; sino emanados de las propias mujeres, “eso sí lo encuentro inadmisible”.

Siguió adelante porque la meta valía la pena, sostiene. “Yo no esperaba ganar, para mí el objetivo era afianzar el proyecto de país que queremos y teníamos que apostarle a una lista única para ganarle al Uribismo. Y yo creía que no necesariamente debía ser yo”.

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Ella tiene la certeza de que su triunfo se lo dio el tejido que lograron hacer y al hecho de que, pese a la oposición de algunos, se llevó a cabo una consulta al interior de Colombia Humana y se elaboró una lista única por el Pacto Histórico. “En ese triunfo también fue importante la ola transformadora del estallido social, y de la Colombia Humana que ya veía gestándose desde el 2018″ subraya.

Gerardo Cajamarca Alarcón, su contendor en la consulta interna de Colombia Humana, la describe como una mujer valiente, auténtica y generosa. Valiente porque “se ha enfrentado a las poderosas transnacionales denunciando las acciones criminales de estas empresas que tanto daño y dolor causan al país”, afirma el activista.

Auténtica porque no sabe de poses, continua “En los ‘debates bacanos’ que tuvimos durante la campaña siempre nos traducía a la lengua wayuu los términos clave de la discusión y hablaba de ‘colombianidad’ en un empeño por hacer más universales nuestras propuestas”.

Y como ejemplo de la generosidad de Karmen, Cajamarca cuenta que fue ella –siendo contrincantes- quien le diseñó la publicidad para su campaña y que, pasadas las elecciones, él le confesó que había pensado en votar por ella. Karmen lo miró a los ojos y le respondió: yo no lo pensé. Yo vote por usted. “Esa es Karmen Rodriguez” concluye Cajamarca.

¿Qué viene ahora?

Hoy, Karmen Ramírez hace parte del cuerpo legislativo tras ser elegida en las urnas el pasado 13 de marzo. Su tarea, dice, será cumplir con el programa propuesto en armonía con el proyecto de gobierno de Gustavo Petro y Francia Márquez.

Se trata, explica, de llevar a cabo un Pacto por la migración, la paz y el buen vivir de la colombianidad’ que vive fuera de Colombia. ‘Yanama’ se llama en wayuunaki la alianza en aras de alcanzar un fin que conviene a toda la comunidad, explica antes de dejar en Suiza a su marido y sus hijos y volar rumbo a Colombia donde será la representante a la Cámara de los colombianos que viven en el exterior.

*Periodista de Radio Francia Internacional

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