
“Verlo a usted es mirar a los ojos del enemigo; es como mirar directamente la cara de la tormenta”, le dijeron a Christopher Froome en su visita a Cartagena. Lejos de intimidarse, al británico se le salió una tímida carcajada. “No lo malentienda y no lo digo de mala manera, pero es que Nairo era nuestro héroe”, le explicó el aficionado al gigante británico, leyenda del ciclismo, de 1,86 metros de estatura y de sonrisa tan amplia como fácil. Un rival todavía de los jodidos, de esos que saben cómo desarmar al adversario, riéndose todo el tiempo. Su respuesta a la afrenta fue cálida, lejos de sus frías defensas que, sobre la bicicleta, tantos días le amargaron al pedalista de Cómbita: “Lo entiendo perfectamente, amigo. Era aquel al que todos ustedes querían vencer”.
Froome fue el obstáculo que separó a Nairo de su consagración definitiva: ganar el Tour de Francia. El británico representó la maquinaria del Sky, un equipo que en aquellos días imponía su ritmo y parecía calcular todos los pedalazos del pelotón mundial. Se enfrentaron en los Alpes y los Pirineos, en una rivalidad que definió buena parte de la década pasada. Froome venció en casi todas las batallas, pues ganó los tres tours en los que Nairo subió al podio (2013, 2015 y 2016). Sin embargo, Quintana logró quitarle una corona, la de La Vuelta en 2016. Y no es poco. Lo dice el mismísimo Chris Froome: “Nairo era un corredor con tenacidad. Siempre estaba ahí y nunca podías descartarlo. No se rendía, ni dejaba de luchar”.
No obstante, el británico fue mucho más que el gran rival de Nairo. Ganó cuatro Tours de Francia, dos Vueltas a España y un Giro de Italia. Siete grandes vueltas que lo sitúan en un lugar reservado para unos pocos, entre los ciclistas más laureados de la historia. Fue, además, el tercer corredor capaz de ostentar simultáneamente los títulos de las tres grandes, una hazaña que antes solo habían conseguido Eddy Merckx y Bernard Hinault. Un palmarés que lo convirtió en el gran dominador de las carreras de tres semanas durante buena parte de la década de 2010. Una dimensión difícil de asimilar. Incluso para él: “Cuando estás en ese momento, cuando estás ganando, es muy difícil ver el panorama general, porque inmediatamente después de ganar ya estás pensando en el siguiente objetivo, en la siguiente meta. No fui consciente en el momento, solo vivía un sueño”.
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Esa ilusión empezó lejos. Froome nació en Nairobi, Kenia, donde su familia británica se estableció por motivos laborales. Allí creció y dio sus primeras pedaladas, bajo la orientación del ciclista keniano David Kinjah, lejos de las grandes estructuras europeas. En su antebrazo, como en Cartagena, siempre lleva una manilla con la bandera de aquel país. Dice que es un recuerdo de sus raíces. “Mi camino comenzó en África. Realmente, no era claro que me convertiría en ciclista profesional”. A los 14 años se trasladó a Sudáfrica y, dos años después, descubrió el Tour de Francia. Quedó fascinado y se propuso correrlo algún día. “La vida es curiosa”, dice, y se ríe; terminó ganándolo cuatro veces.

La opinión de Froome: “Pogacar será el mejor de la historia”
Chris Froome no se ubica entre los mejores, le gana la modestia. No obstante, su argumento es válido: “No formo parte de ese club. Aunque estoy contento con lo que conseguí, solo gané cuatro veces el Tour de Francia. Los mejores de la historia son los cinco que ganaron el Tour cinco veces: Eddy Merckx, Bernard Hinault, Miguel Induraín, Jacques Anquetil y Tadej Pogacar”.
¿Cómo explicar al quinto de la lista? Al que solo con 28 años, Froome, uno de los grandes de todos los tiempos, pone incluso por encima de él mismo. “Es simplemente increíble. No estoy seguro de poder explicarlo, porque lo que está haciendo es realmente único, muy especial”.
Hay una espectacularidad en lo que hace el fenómeno esloveno que incluso deja sin adjetivos a los que a nosotros nos dejaron sin cómo describirlos: “Entiendo lo que se necesita para ganar una carrera como el Tour de Francia, pero para mí lo que quizás es incluso más impresionante es lo que está haciendo en las carreras de un día. Eso es realmente especial, porque se necesita ser distinto para ser bueno durante tres semanas y, normalmente, cuando tienes esa capacidad, no tienes necesariamente lo que hace falta para las carreras de un día. Tienes menos capacidad de llegar tan al límite durante una sola jornada, pero eres mejor durante tres semanas. Así que ver a alguien que corre las clásicas, París-Roubaix, la Flecha Valona, la Amstel, que gana Flandes, San Remo y ese tipo de carreras, y que además gana las grandes vueltas, es realmente único”.
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No es el mejor de la historia, según Froome. Todavía no. “Casi nos lleva de regreso a los tiempos de Eddy Merckx. Yo no veía ciclismo en esa época, pero imagino que habría sido muy parecido en algunos aspectos. Está muy cerca de ser el mejor de todos los tiempos.
“Nairo está entre los grandes”: Froome también habló de la rivalidad que marcó su carrera
Froome también pudo haber ganado cinco tours. En 2012, cuando todavía era gregario del Sky, tuvo que frenar en La Toussuire para esperar a Bradley Wiggins, el líder de su equipo y futuro campeón. En 2014, varias caídas lo sacaron de la competencia. Años después, cuando perseguía su quinta corona, un accidente brutal durante el Dauphiné lo dejó fuera del Tour y cambió su carrera. Esas oportunidades que se escapan explican su cautela al juzgar a Pogacar: “Creo que hay algunas carreras que todavía quiere ganar y que no ha podido conseguir. La Vuelta, por ejemplo, en la que se cayó este año”. Ni siquiera los mejores están a salvo del azar.
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El británico ejerció un dominio casi tan aplastante como el que hoy tiene el esloveno, aunque menos espectacular. Sus largos trenes de gregarios, capaces de asfixiar cualquier ataque, hicieron del Sky una máquina temida y discutida. También hubo sospechas de dopaje. Un control por salbutamol en 2017 abrió una investigación que terminó cerrada al año siguiente, sin sanción. En aquella época, contra un poder que parecía invulnerable, Nairo se empeñaba en encontrar una grieta.
La encontró en 2016. En la etapa hacia Formigal, Alberto Contador atacó apenas comenzada la jornada y Quintana se marchó con él. El colombiano ya vestía de rojo, pero no se conformó con defenderlo: aprovechó que Froome había quedado aislado y le sacó dos minutos y 37 segundos. Cuando cuenta la historia, al británico se le confunde quién llevaba el liderato, han pasado muchos años. No obstante, todavía tiene claro cómo sintió el golpe recibido: “Aunque iba por delante en la clasificación general, él siempre estaba buscando una oportunidad para superarme. Lo intento tanto que al final la encontró, y ese fue el día en que ganó La Vuelta”.
Fue la victoria que alteró, al menos una vez, el desenlace de su rivalidad. Quizá por eso su juicio sobre Quintana tiene tanto peso. No le exige aquel Tour que nunca conquistó para reconocer su grandeza: “No le faltó mucho a Nairo. Está entre los grandes. No ganó el Tour, pero aun así tuvo una carrera extraordinaria”.

“Prefería el ciclismo de otros tiempos”: Froome
En Cartagena, lejos de dos rivales, ambos se veían como dos buenos amigos. En la conferencia de prensa previa a la despedida de Nairo, lo que lo llevó a la Heroica, Rigoberto Urán se puso a traducir al cuatro veces campeón del Tour, quien, tímido, apenas se reía con las ocurrencias del antioqueño. El de Urrao convirtió la explicación del británico en un chiste: a Froome le aburre el ciclismo de ahora. El auditorio soltó la carcajada, y el británico, sin entender lo que pasaba ante la seriedad de su respuesta, solo pudo responder a la risa con su propia risa.
“Tengo que decir que probablemente tiene razón Rigo, prefería cómo era antes, cuando todo estaba un poco menos calculado. Porque, por ejemplo, cuando veías a alguien explotar hace 10 o 15 años, era una explosión enorme. Hoy eso se ve imposible”, explicó después, hablando calmadamente. Ahora los corredores se alimentan con una precisión que evita muchos de aquellos desfallecimientos. La preparación se mide, los esfuerzos se anticipan y los errores, que son cada vez más escasos, rara vez deciden una gran vuelta como antes.
También evolucionaron las bicicletas, los neumáticos, las ruedas y los frenos. Todo es más rápido y eficiente. Froome reconoce esos avances, pero identifica lo que se ha perdido: “Todo el mundo calcula cuánto necesita, y realmente todo está mucho más medido. Ya no se ven los mismos errores que cometíamos en el pasado. Con este ritmo se van a romper todos los récords”. El ciclismo ganó ciencia; quizá sacrificó y un poco de incertidumbre.
Él mismo fue capaz de desafiar sus propios cálculos. En 2016 sorprendió descendiendo el Peyresourde sentado sobre el tubo horizontal, casi acostado sobre el manubrio. Había ensayado aquella postura, pero no pensaba usarla ese día: “Sabía con seguridad que era más rápida que una posición normal de descenso, pero realmente no era algo que hubiera planeado hacer ese día. Surgió en el momento”. Había espacio para improvisar.
Ese mismo Tour dejó una escena más disparatada. En el Mont Ventoux, una caída lo dejó con la bicicleta rota y los carros de asistencia demasiado lejos. Froome apenas tuvo unos segundos para decidir: “Bueno, no me voy a quedar esperando aquí. La meta está a solo un kilómetro. Tengo que continuar”. Y continuó, pero a pie, corriendo montaña arriba con el “maillot” amarillo. La escena quedó marcada para nosotros. Para aquel aficionado que increpó a Froome en Cartagena para decirle que durante un tiempo fue el enemigo, pero que ahí se dio cuenta de que simplemente era “un buen tipo”. Un campeón de los que ya no quedan. Es una imagen imposible hoy, en un territorio en el que ganó el cálculo. Quizás allí quedó retratado uno de los últimos grandes representantes de aquel ciclismo. El último rey antes del deporte de ahora. Un héroe de otros tiempos.

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