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De empleado a emprendedor: una guía, gratuita, para brincar sin caer en el abismo

Hay varias etapas y señales que usted puede seguir, pero sobre la mesa debe estar la capacidad de aprendizaje y adaptación, planificación, trabajo sistemático, flexibilidad y constancia.

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Edwin Bohórquez Aya
15 de enero de 2026 - 05:12 p. m.
No se trata de saltar al vacío, se trata de saber hacia dónde saltar.
No se trata de saltar al vacío, se trata de saber hacia dónde saltar.
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¿Conoce a alguien que ha querido dejar su empleo para ir a emprender? ¿O a esa persona que la despidieron y ahora está buscando cear un negocio? O, tal vez, a aquella que ha querido conseguir un empleo nuevo, no consigue buenas opciones y, entonces, está planeando dar el salto a la orilla de los emprendedores? Pues después de escuchar a muchas personas que me lo han contado y aunque solté mis recomendaciones después de llevar lustros escribiendo sobre emprendimiento, hice lo que me enseñaron cuando estudiaba periodismo en la universidad Javeriana, en Bogotá: buscar fuentes, con experiencia y confiables, para que contestaran mis pregintas.

Lo hice justo al final del año 2025, cuando ya muchos andaban de vacaciones y pocos quedábamos, todavía, detrás del escritorio y al frente del computador. Eran esos tiempos de balance y de nuevos propósitos. Le dejé mis dudas, esas preguntas que hacemos los periodistas, a varias fuentes de información, pero la respues de una de ellas, que además es mentora y emprendedora, me pareció única y muy valiosa, sobre todo porque la cuenta en primera persona y no solo nos habla de cómo saltar sin caer en el abismo, sino que nos habla de construir un puente. ¿De qué se trata?

Esta es la respuesta, paso a paso, de Julia Rosa Romero Benites, emprendedora y mentora del Centro de Emprendimiento de la Universidad de Los Andes, tal cual y como ella la escribió, empezando, valga la redundadancia, por la entrada y centrada en su propia realidad:

"Durante casi 25 años viví la vida corporativa trabajando en una de las empresas más grandes del país y aprendí a moverme en un mundo de grandes proyectos, donde los roles estaban claros, los procesos tenían dueño y contabas con el soporte de áreas especializadas. En ese entorno uno aprende disciplina, estructura y criterio. También aprende algo que no siempre se ve a simple vista: cómo se toman las decisiones y qué hace que una organización confíe en una persona, un equipo o un proveedor.

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Pasados los 45 años di el salto y me volví emprendedora. Hoy, más de una década después, me encanta lo que hago, y una cosa me queda clarísima: sí se puede pasar de empleado a emprendedor después de los 50. No solo se puede: en muchos casos, se puede hacer mejor. Porque a esta edad ya no emprendes para “probarte”, ni para perseguir una idea romántica. Emprendes con experiencia, con una red, con mayor conciencia del riesgo y con una pregunta que mueve todo tu ser: ¿cuál es mi propósito y qué quiero construir con mi trabajo? Y con una claridad adicional: no quiero ser unicornio; me interesa más parecerme al chigüiro: avanzar en manada, adaptarme, sostenerme.

Además, la vida me regaló una perspectiva poco común: estar de ambos lados, como contratante y ahora como proveedora. Conozco a las organizaciones por dentro y por fuera. Y si estás pensando en emprender desde el mundo corporativo, esa mirada doble no es un detalle: es una ventaja competitiva. Pensar desde la potencia, desde lo que traemos en la maleta, las experiencias, los aciertos y los golpes, es un diferenciador clave. Al final, todos somos un lego: se trata de armar la mejor figura con las piezas que ya tenemos.

La invitación no es a renunciar mañana, sino a diseñar el salto con método. Porque emprender no es lanzarse a ciegas: es una decisión estratégica.

El mito del salto heroico (y por qué nos hace daño)

El mito más peligroso del emprendimiento es el del salto heroico: renunciar, apostar todo y “quemar los barcos”. Suena valiente, pero muchas veces es más una reacción que una estrategia. La mayoría de los emprendimientos no fracasan por falta de talento o por una mala idea; fracasan por una combinación más simple: desorden en los procesos, descoordinación, falta de caja, falta de ventas y desgaste emocional. El negocio puede ir “fluyendo”… hasta que el emprendedor se agota.

Después de los 50, la ecuación puede cambiar si aprovechas lo que ya tienes incorporado: responsabilidad, hábitos, un estándar de vida y, sobre todo, una identidad profesional construida durante décadas. Por eso, el salto no debería depender de valentía ciega, sino de algo más útil: capacidad de aprendizaje y adaptación, visión, planificación, trabajo sistemático, flexibilidad y constancia. Emprender en esta etapa no es correr más rápido; es correr mejor", escribió la emprendedora.

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Yo, como es bien tradicional en mi oficio periodístico, había construido varias preguntas y ella fue más allá, incluso, entregándonos un paso a paso con sus respuestas que cualquier persona que hoy es empleado y está pensando en emprender, podría seguir. Aquí van:

¿Cómo salir de un trabajo y crear un negocio sin fracasar en el intento?

Si decides emprender, que sea una elección consciente: asumirlo como “algo temporal” o como un plan mientras aparece otra cosa no ayuda, porque se nota en la energía, en las decisiones y en la manera de abordar el proceso.

Y como con todo lo importante que has hecho antes, es necesario prepararse y contar con una buena asesoría. En emprendimiento, muchos supuestos se caen rápido; cosas que crees dominar, en la práctica resultan ser otra historia, y cada error cobra. Por eso entrar con humildad, pero con decisión marca una diferencia. Un punto fundamental: consolida tu red. Cuéntale a muchas personas lo que estás construyendo, sin misterio y sin pena, se auténtico. Prepara un discurso corto, claro y sencillo y ajústalo según quien te escuche. No se trata de “venderte”; se trata de que te entiendan tu producto y servicio, te recuerden, te contacten luego o te referencien. A mí me funcionó pensar el proceso como una escalera de tres etapas:

Etapa 1: Validación sin drama. Necesitas evidencia. No de tu familia, no de tus amigos: del mercado. ¿Quién te pagaría por lo que quieres ofrecer? ¿Qué problema estás resolviendo? ¿Qué tan frecuente es ese dolor? ¿Tu solución es clara y comprable?

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Validar no significa tener un logo, una marca impecable o una página web. Significa tener conversaciones reales, hacer un piloto, vender un primer servicio, documentar un caso. Si después de múltiples conversaciones nadie se interesa, el problema no es tu edad: algo pasa con la propuesta. Revisa el contexto, la estrategia, el proceso, el producto o servicio. Escuchar de manera activa orienta; las conversaciones dicen mucho si uno sabe leer más allá. Decisión sí, terquedad no.

Etapa 2: Transición con método (cuando el negocio ya respira). Aquí empiezas a construir algo que pueda sostenerse. En mi caso, fui parte de la creación de una compañía con otros 11 socios, en un sector que era nuevo para mí: SaaS para formación. El cambio fue radical: pasé de la zona de confort en conocimiento a las arenas del aprendizaje, de áreas muy definidas en una organización a un esquema de holocracia, de gerenciar a hacer de todo un poco: Finanzas, ventas, procesos, atención al cliente, relacionamiento con inversionistas, contratos, ofertas, pagos.

Esa etapa te enseña lo que no aparece en los libros: que emprender es una combinación de oficio y humildad. Si se dañaba el computador, tocaba leer el manual. Si un cliente tenía un requerimiento, había que escucharlo, interpretarlo, encontrar al experto o remangarse y ayudar. El emprendimiento se vuelve real cuando llegas a la ejecución.

Etapa 3: Salto con colchón (cuando renunciar deja de ser un acto impulsivo). La renuncia o el despido no debería ser el inicio de tu historia emprendedora: debería ser un hito. Idealmente renuncias cuando ya tienes alguna tracción, cuando entiendes tu operación, cuando tu flujo comercial es repetible y cuando no dependes solo de tu energía para sostener el servicio. No siempre pasa así, lo sé, algunas veces recibes el pequeño empujón, caes a la piscina y te acuerdas que no llevabas el flotador. Pero por eso vale la pena hacerse preguntas incómodas antes de saltar: ¿En qué soy distintivamente bueno? ¿Qué me apasiona de verdad? ¿Dónde tengo reconocimiento? ¿Qué red ya tengo construida? ¿A quién necesito cerca? ¿Quién sabe lo que yo no sé y está dispuesto a apoyarme? ¿Cuánto oxígeno tengo para sostener la transición? Emprender es construir una manera distinta de trabajary por lo tanto hay que diseñarlo.

¿Qué debo tener en cuenta y asegurar antes de emprender?

Recomiendo cuatro “seguros”. No te garantizan el éxito, pero sí pueden evitar caídas innecesarias.

Seguro financiero: oxígeno, no lujo. Calcula tu mínimo mensual real (no el ideal). ¿Cuánto cuesta vivir? ¿Cuánto cuesta sostener el negocio? ¿Cuánto tiempo puedes aguantar si las ventas se demoran? Emprender con el agua al cuello te hace tomar malas decisiones: precios mal calculados, clientes tóxicos, promesas imposibles.

Seguro comercial: evidencia de mercado. Busca señales: clientes interesados, propuestas en curso, recomendaciones, ingresos iniciales. El mercado es el único jurado. Y si aún no tienes ventas, por lo menos ten un pipeline: conversaciones, leads, aliados, rutas claras de adquisición de clientes.

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Seguro operativo: orden mínimo viable. En corporativo, el sistema te sostiene. En emprendimiento, te sostienes tú. Lo mínimo: separar finanzas personales y del negocio, tener una plantilla para preparar las propuesta, un contrato básico, un proceso de seguimiento, un sistema para facturar y entregar. Lo que parece “pequeño” es lo que te evita el caos.

Seguro de red: mentores, pares y aprendizaje. Emprender es más difícil cuando lo haces solo. A mí, el programa PEMP de la Universidad de los Andes me dio elementos que hoy valoro como herramientas preventivas: constitución, gobierno, manejo de equipos, cultura, rol del fundador. Si algo he comprobado es esto: ser empleado y ser emprendedor son mundos distintos, y no basta con “trabajar duro”. Hay que aprender cómo se juega.

¿Cómo saber si voy por buen camino antes de pensar en buscar un nuevo trabajo?

Hay momentos donde el emprendimiento se siente como un laberinto. Para no abandonar demasiado pronto (ni insistir donde no hay posibilidades), recomiendo observar tres señales.

Señal 1: tu cliente entiende tu valor rápido. Cuando tu propuesta está clara, el cliente no necesita un discurso de veinte minutos. Lo capta. Si cada conversación te obliga a reinventarte, falta enfoque.

Señal 2: vender se vuelve más fácil con el tiempo. No significa que sea fácil, significa que mejora. Si cada venta depende de rogar o de improvisar descuentos, hay un problema de valor o de segmentación. Cuando estás en el camino correcto, tus mensajes se afinan y tu tasa de conversión mejora.

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Señal 3: estás construyendo activos, no solo sobreviviendo. Activos son: metodología, portafolio, reputación, casos, alianzas, procesos, herramientas internas. Si después de meses sientes que todo depende solo de ti, estás en riesgo de agotarte. Si, en cambio, el negocio se organiza y aprende contigo, vas bien.

Aquí el factor edad juega a favor: después de los 50, tienes criterio. Y el criterio es un superpoder. Sabes decir “no”, sabes detectar riesgos, sabes elegir mejor a tus clientes y a tus socios. La clave es combinar experiencia con curiosidad para aprender lo nuevo.

El salto no es al vacío, es a una vida diseñada. Emprender después de los 50 no es llegar tarde. Es llegar con herramientas. Es capitalizar los años de experiencia, pero también tener la humildad de reconocer que el juego cambió y hay que aprender de nuevo, por eso, si estás pensando en salir del mundo corporativo, no te enamores de la fantasía de “ser tu propio jefe”. Enamórate del problema que vas a resolver, del cliente al que vas a servir y del proceso que estás dispuesto a sostener cuando la emoción baje. Porque ahí está la diferencia entre saltar al abismo… y construir un puente".

Si conoce historias de emprendedores y sus emprendimientos, escríbanos al correo de Edwin Bohórquez Aya (ebohorquez@elespectador.com) o al de Tatiana Gómez Fuentes (tgomez@elespectador.com). 👨🏻‍💻 🤓📚

Edwin Bohórquez Aya

Por Edwin Bohórquez Aya

Comunicador social-periodista. MBA Inalde Business School. Premio Iberoamericano de Periodismo Económico IE Business School, Madrid (España). Premio a Mejor trabajo periodístico de Analdex, categoría prensa@EBohorquez_EyLebohorquez@elespectador.com
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