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“Hoy no se puede hablar de emprendimiento sin hablar de tecnología e IA”

¿Cómo se ve la creación de negocios desde un aula de clase en tiempos tan rápidos como los que vivimos ahora mismo? Aquí hay una respuesta.

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Edwin Bohórquez Aya
17 de marzo de 2026 - 03:28 p. m.
Estudiantes universitarias hacen su presentación frente a los empresarios invitados a "invertir".
Estudiantes universitarias hacen su presentación frente a los empresarios invitados a "invertir".
Foto: Cortesía
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Hace unos meses, en un espacio donde nos encontramos varias docenas de líderes y lideresas de distintos sectores de la sociedad colombiana- 1.000 líderes por Colombia-, entendimos el valor de las preguntas difíciles, de cómo abordar las emociones, de incomodar, de reconocer, de las competencias impulsoras, del liderazgo colectivo, del liderazgo transformador, de la construcción de confianza, del proceso y del resultado. De lo que en realidad es el conflicto y de lo que es el equilibrio. De cómo nos vamos adaptando como seres humanos a los cambios que vamos cruzando en la vida.

Y en ese espacio me encontré con personas diversas con muchos talentos. Que hacían cosas y no solo las decían. Una de ellas Andrés Arcos Rodríguez, profesor de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad San Buenaventura, quien trabaja en el programa de Creatividad Empresarial, en donde se promueve el emprendimiento desde las aulas.

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Soy de los que cree que una palanca que debe accionar un país como Colombia para reducir la desigualdad es precisamente el emprendimiento, y por eso no debería ser una opción para unos pocos sino una alternativa real para todos, de ahí que sea urgente que aparezca en los salones de clase. ¿Qué es lo que están haciendo allí y qué tan real es que las ideas en un salón se conviertan en negocios que muevan la registradora? Aquí está la respuesta:

¿Cómo incentivan el emprendimiento desde las aulas?

Desde las aulas incentivamos el emprendimiento no solo como la creación de empresa, sino como una forma de pensar, de resolver problemas y de transformar realidades. Para mí, emprender es ayudar al estudiante a identificar oportunidades en su entorno, convertir ideas en propuestas viables y comprender que el conocimiento tiene sentido cuando impacta positivamente a la sociedad.

Lo hacemos a través de metodologías activas, retos de clase, análisis de problemas reales, construcción de modelos de negocio, validación de ideas, contacto con empresarios y espacios de presentación donde el estudiante aprende a argumentar, investigar, proponer y tomar decisiones. Todo esto se articula con la visión de una universidad que forma desde lo humanístico y lo científico, porque un emprendedor no solo debe saber vender una idea, sino también entender su responsabilidad ética, social y humana.

¿De qué se trata “Negociando con tiburones”?

“Negociando con tiburones” es una estrategia pedagógica inspirada en escenarios reales de negociación e inversión, en la que los estudiantes presentan sus ideas de negocio frente a empresarios invitados que asumen el rol de evaluadores o inversionistas.

Más que una actividad llamativa, es un ejercicio académico serio donde el estudiante pone a prueba su creatividad, su capacidad de investigación, su estructura de negocio, su propuesta de valor y su habilidad para defender una idea en un contexto exigente. La dinámica de “estoy dentro” o “estoy fuera” genera emoción, pero también enseña que en el mundo real las ideas deben sostenerse con argumentos, datos, pertinencia y visión.

Cada semestre se preparan nuevas ideas y los retos son más exigentes, lo que hace de esta experiencia un proceso vivo, retador y muy cercano a la realidad empresarial.

¿Qué tipo de estudiantes pueden participar allí? ¿Cómo los seleccionan? ¿Quiénes se ganan ese cupo?

Pueden participar estudiantes que estén cursando procesos formativos relacionados con creatividad, innovación, emprendimiento y formulación de ideas de negocio. Sin embargo, más allá del semestre o del programa, buscamos estudiantes con disposición para construir, investigar, recibir retroalimentación y asumir el reto con compromiso.

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La selección no responde solo a quién tiene la idea más “bonita”, sino a quién demuestra mayor nivel de preparación, claridad en su propuesta, coherencia entre necesidad y solución, viabilidad del modelo, capacidad de sustentar y apertura para mejorar. Ese cupo se lo ganan los estudiantes o equipos que evidencian trabajo serio, evolución del proyecto, apropiación del proceso y una actitud emprendedora real.

En otras palabras, no llega solamente el que tiene una idea; llega quien ha sabido trabajarla, estructurarla y defenderla con criterio.

¿Qué sucede en la mentalidad de un estudiante que recibe formación en emprendimiento? ¿Qué dice su experiencia al respecto?

Lo primero que cambia es la manera de ver el mundo. El estudiante deja de mirar los problemas solo como dificultades y empieza a entenderlos como oportunidades de solución, innovación y servicio. Comienza a desarrollar una mentalidad más propositiva, más estratégica y también más resiliente.

Desde mi experiencia, el estudiante que se forma en emprendimiento gana seguridad, fortalece su capacidad de comunicar, aprende a trabajar en equipo, mejora su criterio para tomar decisiones y entiende que emprender no siempre significa crear empresa inmediatamente, sino tener iniciativa, liderazgo y capacidad de generar valor en cualquier escenario.

También sucede algo muy importante: el estudiante descubre que sus ideas sí pueden tener impacto. Eso transforma su autoestima académica y profesional, porque empieza a sentirse capaz de construir, no solo de repetir contenidos.

Entiendo que es un proceso que hacen de acuerdo con el semestre en el que estén los estudiantes: ¿Cómo está estructurado? ¿Cuál es la diferencia para los que están en el inicio de la carrera vs los que están en la mitad vs los que están terminando?

Sí, es un proceso progresivo y estructurado según el momento formativo del estudiante.

En los primeros semestres, trabajamos mucho la observación del entorno, la creatividad, la identificación de necesidades y el desarrollo de ideas iniciales. Allí lo importante es despertar la sensibilidad emprendedora, enseñarles a mirar problemas reales y a pensar en soluciones con sentido humano y social.

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En la mitad de la carrera, el trabajo se vuelve más técnico y analítico. El estudiante empieza a validar mercado, perfilar clientes, estructurar propuestas de valor, analizar competencia, revisar costos y construir modelos de negocio más sólidos. Aquí ya no basta con tener una idea; hay que demostrar que puede sostenerse.

En los últimos semestres, el nivel de exigencia aumenta considerablemente. Se espera que el estudiante tenga una propuesta más madura, con criterios financieros, estratégicos, operativos y de impacto. También se fortalece la presentación ante empresarios, la negociación, la viabilidad y la proyección real del proyecto.

La diferencia, entonces, está en la profundidad: al inicio se inspira, en la mitad se estructura y al final se proyecta y se confronta con la realidad.

¿Les hacen seguimientos a esos proyectos? ¿Los han incubado? ¿Hay negocios reales que hayan salido de allí?

Sí, la intención no es que la experiencia se quede solamente en el aula. Nosotros procuramos hacer seguimiento a las iniciativas con mayor potencial, especialmente a aquellas que muestran viabilidad, compromiso del equipo y posibilidades de crecimiento.

En algunos casos, los proyectos continúan fortaleciéndose a través de ejercicios académicos posteriores, asesorías, acompañamiento docente, participación en eventos o conexiones con actores externos. Más que verlos como trabajos de una materia, buscamos que puedan convertirse en procesos de desarrollo real.

Y sí, este tipo de experiencias sí puede dar origen a negocios reales, porque cuando una idea logra pasar por investigación, validación, crítica empresarial y mejora continua, comienza a tener bases mucho más firmes para salir al mercado. Tal vez no todos se convierten en empresa de inmediato, pero muchos sí nacen como proyectos serios, y eso ya es un avance muy valioso.

Aparentemente el mundo de los negocios se ha pensado solo para las carreras que tiene base económica. ¿Cómo insertan estudiantes de otras profesiones en el ecosistema emprendedor, como por ejemplo medicina, sicología, derecho o en general las humanidades?

Yo considero que el emprendimiento no pertenece exclusivamente al campo económico o administrativo. El emprendimiento es transversal, porque nace de la capacidad de identificar necesidades y proponer soluciones pertinentes desde cualquier disciplina.

Un estudiante de medicina puede emprender en servicios de salud, prevención, tecnología médica o educación para el cuidado. Un estudiante de psicología puede crear iniciativas de bienestar, acompañamiento emocional, salud mental organizacional o intervención comunitaria. Un estudiante de derecho puede desarrollar propuestas de asesoría, innovación jurídica o mecanismos de acceso a la justicia. Y desde las humanidades se pueden generar proyectos culturales, sociales, educativos y de transformación territorial.

Lo importante es que el estudiante entienda que su saber disciplinar también puede convertirse en una propuesta de valor. Ahí es donde la universidad cumple un papel fundamental: abrirle la mente al estudiante para que vea que su profesión no solo lo prepara para emplearse, sino también para crear, liderar e innovar.

Estamos en tiempos de la cuarta revolución industrial basada en la era tecnológica. ¿Cómo están logrando la intersección entre la educación, la tecnología, el emprendimiento y la IA?

Hoy no se puede hablar de emprendimiento sin hablar de tecnología e inteligencia artificial. Desde la formación académica buscamos que el estudiante no vea la tecnología solo como una herramienta instrumental, sino como una aliada para investigar, diseñar, validar, automatizar, comunicar y escalar soluciones.

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La intersección entre educación, tecnología, emprendimiento e IA la trabajamos promoviendo una mentalidad crítica y creativa frente al uso de herramientas digitales. Es decir, no se trata solo de usar IA por moda, sino de preguntarnos cómo puede aportar a resolver problemas reales, mejorar procesos, analizar datos, entender mercados o fortalecer prototipos.

Pero además, desde la mirada humanística, también insistimos en que esta relación debe tener ética, criterio y sentido social. La tecnología sin propósito puede deshumanizar; en cambio, bien orientada, puede ampliar oportunidades, democratizar soluciones y acelerar procesos de innovación con impacto.

Si ustedes lograran incentivar cambios hacia atrás, es decir, hacia el colegio, ¿Cómo proponen que se incluya el emprendimiento desde la base de la pirámide educativa?

Yo propondría que el emprendimiento se trabaje desde edades tempranas, pero no limitado a vender productos en ferias escolares. Debería enseñarse como una cultura de iniciativa, creatividad, solución de problemas, trabajo colaborativo y responsabilidad con el entorno.

Desde el colegio se puede formar a los estudiantes en observación del contexto, pensamiento crítico, educación financiera básica, liderazgo, comunicación, innovación y sensibilidad social. Es decir, que el niño o el joven aprenda a identificar necesidades en su comunidad y a pensar en soluciones posibles desde su realidad.

También sería importante integrar proyectos interdisciplinarios donde se conecten ciencia, tecnología, arte, ética y servicio. Así el emprendimiento deja de ser un tema accesorio y se convierte en una competencia para la vida. Si sembramos esa semilla desde la base, llegaremos a la universidad con jóvenes más propositivos, más autónomos y más preparados para transformar su entorno.

¿Cree posible que Colombia puede transitar hacia el modelo de “El Estado Emprendedor”, como el que propone Mariana Mazzucato?

Sí, creo que Colombia puede avanzar hacia una visión de Estado emprendedor, pero eso exige una transformación profunda en la manera de entender la relación entre sector público, academia, empresa y sociedad.

Un Estado emprendedor no es simplemente un Estado que financia proyectos; es un Estado que orienta estratégicamente el desarrollo, impulsa la innovación, asume riesgos inteligentes y crea condiciones para que surjan soluciones con impacto colectivo. En ese sentido, sí lo veo posible, especialmente si se fortalece la articulación entre universidades, centros de investigación, ecosistemas empresariales y políticas públicas.

Ahora bien, para que eso ocurra se necesitan instituciones sólidas, continuidad en los procesos, inversión en ciencia, tecnología e investigación, y una apuesta clara por la formación de talento humano. También se requiere comprender que el emprendimiento no puede desligarse de la equidad, la sostenibilidad y la transformación social.

Desde mi mirada como docente, ese tránsito sí es posible, pero debe construirse desde la educación, desde la confianza en el conocimiento y desde una visión de país donde innovar no sea un privilegio de pocos, sino una oportunidad de desarrollo para muchos.

Si conoce historias de emprendedores y sus emprendimientos, escríbanos al correo de Edwin Bohórquez Aya (ebohorquez@elespectador.com) o al de Tatiana Gómez Fuentes (tgomez@elespectador.com). 👨🏻‍💻 🤓📚

Edwin Bohórquez Aya

Por Edwin Bohórquez Aya

Comunicador social-periodista. MBA Inalde Business School. Premio Iberoamericano de Periodismo Económico IE Business School, Madrid (España). Premio a Mejor trabajo periodístico de Analdex, categoría prensa@EBohorquez_EyLebohorquez@elespectador.com
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