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Ser docente en Colombia implica más riesgos laborales de los que se creía

En Colombia, la docencia está catalogada como una labor de bajo riesgo laboral. En la práctica, sin embargo, la historia podría ser otra. Un estudio reciente de investigadores de la Universidad Nacional señala que esta profesión no encajaría del todo en este nivel, pues los maestros del sector privado enfrentan un mayor riesgo de mortalidad que otros trabajadores clasificados en esta misma categoría.

Paula Casas Mogollón

05 de febrero de 2026 - 07:10 p. m.
Imagen de referencia - Los docentes hacen parte del riesgo mínimo (clase I), que son aquellas actividades económicas con la menor probabilidad de ocurrencia de accidentes o enfermedades laborales.
Foto: AFP - JOAQUIN SARMIENTO
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Ela Rocío Marín, de 52 años, se prepara todos los días a las 6:00 a.m. para iniciar su jornada en un colegio en Siachoque, Boyacá. A las 7:00 a.m. comienzan las clases y ella, como maestra de primaria, está a cargo de todas las materias de los estudiantes de este nivel. En los descansos, cambia el aula por el parque, y allí los acompaña y supervisa que aquellos que están en el comedor desayunen o almuercen. Todo el día está de pie o recorriendo los pasillos del plantel pendiente de sus estudiantes. A la 1:30 p.m., cuando suena el timbre de salida, regresa a su casa para adelantar los proyectos que realizará durante el año y preparar las clases del día siguiente.

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“A veces llego sin voz, con dolor de cabeza, intolerante al ruido y con las piernas hinchadas”, dice. Es una jornada que en el papel es de seis horas, pero que en la práctica suele alargarse a nueve o incluso diez.

Esa fatiga cotidiana, que muchos maestros han normalizado como parte de su oficio, acaba de ser analizada por un grupo de investigadores de la Universidad Nacional. En los resultados, publicados en la revista científica PLOS ONE, cuentan que después de revisar los datos de más de cuatro millones de personas concluyeron que los docentes del sector privado en Colombia tienen un riesgo de mortalidad más alto que el de otros profesionales con “bajo riesgo laboral”, como por ejemplo los contadores, vendedores o bibliotecarios.

En Colombia, explica Hernando Bayona, uno de los autores del estudio y docente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional, el riesgo laboral se caracteriza por tener cinco niveles, que determinan el porcentaje que las empresas deben cotizar a la Administradora de Riesgos Laborales (ARL) por cada trabajador. Los docentes hacen parte del riesgo mínimo (clase I), que son aquellas actividades económicas con la menor probabilidad de ocurrencia de accidentes o enfermedades laborales. Sin embargo, los datos del estudio sugieren que la docencia no encaja del todo en ese nivel.

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En América Latina, y en Colombia, la evidencia recopilada sobre los efectos de la labor docente en las personas que la ejercen sigue siendo escasa. “Estoy convencido de que la salud del maestro está ligada al desarrollo y aprendizaje de los estudiantes”, anota Bayona. Muestra de ello son los resultados de una investigación publicada en 2021 en International Journal of Educational Research. Allí, el equipo dirigido por Daniel Madigan, de la Facultad de Ciencia, Tecnología y Salud de la Universidad de York St. John (Inglaterra), se dio a la tarea de revisar 14 estudios, con más de 5.000 docentes y 50.000 estudiantes, sobre este tema. Encontraron que una peor salud de los docentes podría desencadenar bajos resultados en los estudiantes.

Ese vacío, añade Bayona, fue justamente lo que llamó la atención de los investigadores, quienes buscaban reunir las piezas faltantes en este rompecabezas. Por esto decidieron revisar los datos que estaban albergados entre junio de 2011 y diciembre de 2019 en la Planilla Integrada de Liquidación de Aportes (PILA), que es donde quedan registrados los aportes que se realizan al sistema de seguridad social. En esa primera revisión, encontraron los registros de 16 millones de personas. Luego, filtraron la información y seleccionaron a los trabajadores que estaban registrados en el nivel de riesgo 1. “En total, fueron 4,2 millones de trabajadores, de los cuales 3.9 millones son docentes”, comenta.

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Aunque la idea inicial era estudiar el panorama de los maestros del sector público, Bayona, exviceministro de Educación Preescolar, Básica y Media, explica que esos datos no son de acceso público y que la muestra es administrada por el Fondo Nacional de Prestaciones Sociales del Magisterio (FOMAG), que concentra la información sobre salud, pensión y prestaciones de los docentes oficiales y sus beneficiarios. “Ahí no tenemos forma de rastrearlos”, dice, “pero nuestra tarea es revisar esta información y, más adelante, poder hacer un ejercicio similar con el sector público”.

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Una vez reunieron los datos, el equipo comparó a quienes se dedican a la docencia con otros trabajadores de ocupaciones clasificadas en el nivel uno de riesgo. La primera comparación se hizo en términos de comorbilidades, como hipertensión o diabetes. También se ajustaron variables como edad, sexo y condiciones clínicas. El resultado indicó que “la docencia en el sector privado se asocia con un 15 % más de riesgo de mortalidad anual que otras profesiones de ‘bajo riesgo laboral’”.

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Las razones, comenta Bayona, es porque influyen factores como el estrés acumulado, las largas jornadas y la carga psicosocial, que, indica, “podrían estar afectando la salud de forma invisible, pese a la clasificación oficial de riesgo mínimo”. Las consecuencias van más allá de los maestros. “Si se enferman con mayor frecuencia, los estudiantes pierden continuidad en su acompañamiento y sus procesos de aprendizaje pueden verse afectados”.

Además, señalan que este hallazgo sugiere que la clasificación actual podría estar subestimando los efectos reales del trabajo docente. Esto, a juicio de Bayona, tiene implicaciones directas, pues podría haber profesores que desarrollen problemas de salud y que terminen en pensiones por invalidez, lo que se traduciría en mayores costos para el sistema. En la práctica, advierte, una mala clasificación del riesgo también retrasa medidas de prevención y cuidado para los docentes.

Otro de los resultados que llamó la atención es la diferencia entre los profesores de educación técnica y tecnológica, quienes presentan las tasas más altas de mortalidad. En cambio, no se encontraron diferencias significativas en la prevalencia de trastornos de salud mental ni auditivos frente al grupo de comparación.

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Para Giancarlo Buitrago, investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional y quien también participó de este estudio, los resultados son importantes porque dan pistas para entender mejor de qué se enferman los docentes, lo que, a su juicio “hace que podamos disminuir los riesgos para que se enfermen menos, prevenir las enfermedades o mejorar la atención de estas”.

Bienestar de los maestros en Colombia, ¿en estado crítico?

Los hallazgos de la Universidad Nacional no son un caso aislado. Una investigación conjunta entre el Politécnico Grancolombiano y la Universidad de La Sabana, publicada recientemente en International Journal of Educational Research Open, muestra que el bienestar de los maestros está siendo afectado por la sobrecarga laboral y la falta de apoyo institucional, sumado a los efectos persistentes de la pandemia. El resultado, concluyen los autores, es un escenario que pone en jaque la permanencia en la profesión y la calidad educativa.

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Jaime Castro, de la Escuela de Educación e Innovación del Politécnico Grancolombiano y encargado de liderar este estudio, cuenta que este análisis hace parte de una investigación internacional que se ha extendido en más de 30 países sobre el bienestar docente después del covid-19. Para ello, aplicaron encuestas a 410 docentes de primaria y secundaria en 25 departamentos. “Indagamos distintos aspectos, desde sus rutinas diarias hasta ámbitos más personales, que nos permitieran entender mejor su labor”, detalla.

Los investigadores advierten que los problemas que afectan a los docentes son múltiples y se interconectan, formando un círculo vicioso que alimenta la desmotivación y la deserción profesional. Entre los factores identificados están los bajos salarios y la precariedad laboral; los contratos inestables; la infraestructura insuficiente; la sobrecarga y el desgaste emocional; el aumento de tareas administrativas; la falta de apoyo institucional; y la migración forzada a la virtualidad sin preparación adecuada.

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También encontraron que el aumento de la violencia influía en el bienestar docente, sobre todo en aquellos que trabajan en regiones apartadas y atravesadas por el conflicto armado. “Son maestros que asumen responsabilidades que van más allá de lo pedagógico, como el acompañamiento comunitario, el apoyo emocional y la mediación familiar, muchas veces sin el respaldo institucional necesario”, añade Castro.

¿Qué hacer frente a este panorama? Para Castro, no se puede perder de vista que un docente con dificultades en su bienestar y su salud mental tiene menos herramientas para enseñar, lo que termina afectando los procesos de aprendizaje y, con ello, la calidad del sistema educativo. Por eso, plantea la necesidad de mejorar los entornos escolares, fortalecer los vínculos entre maestros y familias, y avanzar hacia condiciones salariales y laborales más dignas.

“Lo que decimos con este estudio es que la docencia es una labor que puede generar mayores desenlaces, al menos en mortalidad, que otras profesiones. Es una actividad muy demandante que debe tener una mayor atención”, puntualiza Bayona.

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