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-Tesoro, ¿te gusta este cuero italiano para el sofá de la habitación?, le pregunta Marga, su esposa, y desliza sobre el comedor una revista de interiores.
Él responde que sí mientras le frota el cabello a su pequeño ángel. Y agrega:
-Lo que tú quieras está bien, cariño. Solo no compres el cuero más costoso de esta temporada. Y ríen a carcajadas. Primero él, después Marga y por último la niña. Todo en cámara lenta, como en una interpolación de planos épicos. Cuando terminan de desayunar, se despide: "Adiós, preciosuras, las veo en la noche".
Sentado tras el volante, piensa en los recodos misteriosos de la vida y se felicita por el rumbo que le dio a la suya, así nadie haya confiado. Él mismo, de muchacho, se cuestionaba si sería capaz de superarlo, quería enrostrarle a su madre que no estaba hecho para la derrota y que los tropiezos de la juventud no son para siempre. En un semáforo se mira ante el espejo retrovisor y grita con la boca llena de resentimiento: "si vieras, mamá, si vieras dónde quedó el paria que despreciaste por haber tomado una mala decisión". Aparta la mirada cuando la luz pasa a verde, acelera, luego se mira de nuevo, guiña un ojo y vuelve a gritar: "¡Si me vieraaas!".
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Tan pronto llega al enorme y acristalado edificio de la Corporación Uncle, la puerta del parking se abre y entra. Baja la ventanilla del auto y con una elegante dicción desea los buenos días a todos los perezosos hijos de perra que no les gusta trabajar. Uno de ellos recibe su portafolio y exagera un gesto de cortesía con los labios contorsionados; él responde sacando la mano y blandiendo un billete hasta que el otro lo toma y dice: "muchas gracias, caballerazo".
“Beep, beep”, las luces del Mercedes parpadean detrás suyo y lo vemos cruzar el garaje subterráneo. Llega al ascensor, sube y aprieta el botón que tiene sus apellidos inscritos. El ascensor lo deja directamente en su oficina, sin necesidad de atravesar los pasillos atestados de estrechos cubículos. Se hunde en la silla, reposa los codos sobre el fino escritorio de vidrio biselado y le ordena a Aunt, un sistema operativo para el confort de ejecutivos, que abra el muro-cortina y encienda el ordenador. Saborea cada palabra de esa instrucción, al tiempo que mira la ciudad entera extendida a sus pies.
Minutos más tarde, una voz le llega de lejos y estorba su ebria abstracción. Bruscamente, un bombardeo de imágenes casi hipnóticas lo lleva a recordar la noche en que vio a Marco en el baño de la facultad sacando una papeleta de su abrigo y estirándole la mano con una cuchara pequeña servida de un brillante montoncito que él, sin chistar, esnifó por la fosa derecha hasta quedar sin aire.
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Tendido en el piso de un cuartucho, Gabriel se desespera en una oleada de angustia que lo hace trepar por las paredes. Lleva tres días sin dormir y se siente como un boxeador que recibe una racha de puñetazos. El corazón le palpita en las uñas. Intenta enjuagarse con el faldón de la camiseta los chorros tibios que le bajan por la nariz, pero son incontenibles. Sus ojos parecen estar a punto de saltar de su pesado cráneo. Gruesas gotas de sudor le brotan de la piel azulada. La euforia de los primeros años desapareció, ahora cae por el precipicio emocional de la muerte y la locura y las esperanzas rotas y las expectativas inalcanzables de su madre. Sus propios gritos repiten: "si vieras, mamá, si vieras dónde quedó el paria que despreciaste. Soy un hombre nuevo, yo mismo, soy yo mismo, pero diferente, y creíste que no iba a ser capaz…". Gabriel comienza a ver todo blanco.
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