1 Jul 2021 - 4:28 p. m.

Céline o el sarcasmo de la guerra, por Pablo Montoya

Hoy se cumplen 60 años de la muerte del escritor francés. Fragmento del libro “Un Robinson cercano. Diez ensayos sobre literatura francesa del siglo XX”, en el que se revisa la novela “Viaje el fin de la noche” y el absurdo de la violencia.

Pablo Montoya * / Especial para El Espectador

Sun Tzu escribió uno de los más perdurables tratados de la guerra. En él se adelanta lo que sería la base de la estrategia militar más sabia. Esta estriba en someter al enemigo sin combatirlo. Hacer una guerra sin heridos y sin muertos. Hasta nuestros días el consejo del chino guerrero y filósofo ha gozado más bien de los matices propios de una figura literaria. Si lo hubiera leído, Céline habría lanzado una honda carcajada de descreencia.

Por supuesto entre ambas miradas de la guerra hay siglos a través de los cuales el hombre ha vuelto más cruel y más perfecta su actividad militar. Pero lejos de querer hacer una sociología o una filosofía sobre su propia experiencia, Céline se encarga de decirle al lector que la guerra es una inmensa y universal burla. Y, acaso apoyándose en Clausewitz, hace entender que lo que la mueve en el fondo es un sórdido intercambio comercial cuyos intereses se arreglan con la muerte de miles de hombres ingenuos.

En la que participa Bardamu fue una guerra pródiga en horrores. Ellos fueron de diversa índole. Se usaron por primera vez los gases tóxicos, las granadas, los lanzallamas, los tanques: armas hasta entonces insospechadas por los convenios internacionales. Se bombardeó impunemente a los civiles. Las escuadras marchaban bajo la orden general no de atacar, sino de morir. Se negó a los periodistas ver la realidad de los combates. (Recomendamos: Entrevista a Pablo Montoya sobre su más reciente libro de ficción: “La sombra de Orión”).

La información fue censurada para que las masacres planeadas sonaran a estruendosos heroísmos. A la opinión pública se la alienó con diarios, afiches, libros, himnos y ceremonias donde la exaltación del desafuero era ubicua. Y si en medio de esta hipnosis generalizada alguien criticaba las estratagemas llevadas a cabo por los generales, se le tildaba de traidor y su rebeldía se castigaba con el paredón. Contra este ominoso andamiaje, Viaje al fin de la noche es una agresiva protesta.

En primer lugar, está su burla del patriotismo. Hasta la aparición de Céline, las novelas que trataban sobre la guerra en Francia siempre habían rescatado, muy por encima de la crueldad humana, el valor de la patria. Esta era sinónimo de república. Y la República, a su vez, la categoría política más venerada. En los Cuentos del lunes de Alphonse Daudet hay, por ejemplo, una denuncia de algunas irregularidades internas en el orden militar francés que combatió a los prusianos en 1870.

Jamás, empero, se pone en tela de juicio el alto sentido de la patria. Es él, al contrario, quien insufla todos los relatos del libro. En “Bola de sebo” y “Mademoiselle Fifi”, de Maupassant, la burla no cae sobre la patria, sino sobre el hipócrita y escurridizo sentido que le otorgaba la burguesía de esa época. El hecho de que varias rameras sean quienes saquen la cara por la valentía francesa, si es que de valentía puede hablarse aquí, es muestra de cómo los escritores de fines del siglo XIX se mofan de una cierta glorificación de la guerra. (Otro ensayo sobre la obra de Céline, por Juan Manuel Caycedo).

Es verdad, de todas formas, que con la experiencia del conflicto de 1914 se adquirió una idea más clara de cómo funcionan las manipulaciones bélicas. En El fuego, de Henri Barbusse, una de las novelas que influyeron más en el trabajo de Céline, hay un rechazo a sus mecanismos devoradores. El fuego es una obra furiosamente antimilitarista. Borges dice que es un “libro glorioso de barro y sangre” salido de las trincheras. En su parte final se habla de la guerra como de la peor “locura del género humano”.

Hay referencias a la mezquina utilización ejercida por los intereses de los privilegiados y a la ignorancia que estos le imponen al pueblo. Se critica, igualmente, las infames condiciones en que viven los soldados, y la planeada aniquilación a la que son conducidos. Pero el descontento del personaje central de la novela de Barbusse, soldado que cuenta la vida en las trincheras, jamás alcanza los niveles rebeldes de Bardamu.

En Viaje al fin de la noche no hay la más mínima alusión a la fraternidad o a la solidaridad entre los compañeros de una misma escuadra. El goce de las cosas elementales —una conversación en la noche, el compartir una comida, el calor y la esperanza de alguna carta familiar—, que rodean la rutina de los frentes, se ignora voluntariamente. Bardamu, por otro lado, ataca las jerarquías militares. Si los oficiales están casi ausentes en El fuego, en la novela de Céline son caricaturizados hasta el extremo.

La guerra no es solo combatir con otros hombres que no saben muy bien por qué lo están haciendo. También es enfrentar las peores humillaciones de la jerarquía militar. El cabo aplasta al soldado raso. El teniente escupe la dignidad del cabo. El capitán ultraja el honor del teniente. El coronel se burla del valor del capitán. El general despotrica contra el coronel. Si la guerra es inmisericorde, Bardamu se siente agradecido con ella porque tiene el buen tino de llevarse a la muerte a unos cuantos superiores.

Una de las primeras críticas al patriotismo que se hacen en Europa son los grabados de Goya sobre la guerra. No es excesivo afirmar que, en este sentido, Céline sea un descendiente del pintor español. Ambas obras son denuncias de la epidemia de los nacionalismos europeos que el arrasador sueño napoleónico inaugura y cuyos corolarios son las dos guerras mundiales del siglo XX. Ambas descargan el peso de su burla contra el patriotismo: ese motor que agiganta, desde las tribunas de la opinión pública hasta los cuarteles, el furor con que los ejércitos se desguazan.

Bardamu conoce en la retaguardia cómo se manifiesta y conserva esta tensión cívica. Las mujeres que frecuenta durante su convalecencia en París son su madre y, en general, putas y enfermeras. La primera asume la guerra como un castigo divino. Un asunto terrible merecido por los hombres, que ha de pasar rápidamente, y cuyos muertos son algo así como accidentes del destino. La muerte de su hijo, claro está, integra estos accidentes que es necesario aceptar con resignación. Las enfermeras, por su parte, son incapaces de compartir el dolor de los soldados.

Se la pasan soñando amoríos frívolos con los oficiales que sobreviven a la carnicería. Sólidas y jóvenes, bellas y frescas, lo que buscan las enfermeras de Viaje al fin de la noche es el goce, la alegría, un placer que el soldado tipo Bardamu jamás puede prodigarles. Las prostitutas, más delirantes que las guardianas de la salud, son sibaritas inexpugnables, defensoras del alto sentido de las batallas. Ejecutan, lujuriosas insaciables, su bien remunerada labor: satisfacer la arrechera masculina, aumentada ante la descomposición y la agresividad de la guerra.

Es evidente, por lo demás, que la enfermedad de Bardamu no es su brazo herido. Su mal es el repudio de la guerra. Al manifestarlo, al principio ruidosamente, una de esas mujeres lo tilda de loco, y lo hace trasladar al manicomio. Junto a otros soldados, heridos y traumatizados, que flaquean ante la convicción de morir por la patria, Bardamu recibe un singular tratamiento. A punta de dosis febriles, que van desde la arenga gloriosa hasta electrochoques nacionalistas, a Bardamu se lo trata de convencer de que la guerra es el gran revelador del espíritu humano.

Ella no solo es la penosa prueba que enfrenta la patria para lograr su más excelsa justificación, sino que tiene el don de ofrecer al científico una riquísima panoplia de verdades patológicas que, solucionadas convenientemente, señalan los avances de la civilización. Bardamu, muy rápido, descubre que la única actitud que puede salvarlo en este otro flanco de la realidad guerrera, tal vez mucho más sombrío y criminal que el de los frentes, es ponerse en posición de firmes ante los discursos, aplaudir y elogiar toda prédica patriótica, y gritar ante el paso de las enfermeras vigilantes la palabra “Victoria” con convicción alucinada.

Pero Bardamu odia las heráldicas que adornan a las naciones cuando ellas tratan de edificar altares con la sangre de los hombres. De entrada, eso que los abanderados de un determinado humanismo llaman raza francesa, para él no es más que un gran revoltijo de astrosos fracasados. La tal raza no es más que un manojo de inmigrantes derrotados que, incapaces de proseguir su camino a causa del mar, debieron quedarse en esa tierra llamada Francia.

Hombres, en fin, que desde hace siglos se han dedicado a entrematarse con un rigor y una pasión ejemplares. Por ello toda alusión al heroísmo, para Bardamu, es ignominiosa. Y aquellas referencias a una conmiseración basada en la moral o la ética nacionalista, las escupe y las pisotea. Y es que Bardamu es un pacifista. Así como toda la obra de Céline puede entenderse, al decir de Marc Hanrez, como el fresco de un mundo enfermo hecho por un hombre sano, la mirada sobre la guerra dada en Viaje al fin de la noche se lanza desde una firme posición pacifista.

De tales paradojas es que se alimenta una de las obras literarias más intensas del siglo XX. Es conocida, incluso, que la justificación que dio el mismo Céline de la escritura de sus tres panfletos antisemitas y de sus posiciones políticas durante la Segunda Guerra Mundial fue la de querer prevenir a sus compatriotas de una futura guerra más devastadora que la anterior. Al señalar a la comunidad judía como la gran culpable de la decadencia europea, y la principal generadora, por su participación en la economía, la política y la cultura, del caos sangriento que iba a caer sobre Europa, Céline se vio jugando con las mismas cartas del Tercer Reich.

Después el escritor habría de reconocer su portentoso error que lo llevó al exilio, a la cárcel, a la censura, a la indignidad civil. Con todo, Céline no se cansó de repetir que lo que él pretendía era mostrarle al pueblo la necesidad urgente de la paz garantizada por una Alemania y una Francia imperiales, unidas y capaces de controlar sus colonias y atajar el polvorín que podía quemar a Europa por culpa de los intereses judíos. Los panfletos, algunos todavía censurados, se enfrascan en una paranoia antisemita que impiden al lector, incluso al más avezado en las lides geopolíticas de la época, comprender la enfermiza ansiedad de paz de Céline.

Pero en Viaje al fin de la noche el mensaje pacifista es captado de inmediato por el lector. “Yo rechazo la guerra —dice Bardamu a una de esas mujeres que lo tratan de cobarde— y todo lo que hay dentro de ella. No la deploro, no me resigno a ella, no lloriqueo por ella, la rechazo completamente, con todos los hombres que contiene, no quiero tener nada con ella ni con ellos. Así fueran 980 millones contra mí solamente, serían ellos los equivocados y yo quien tendría la razón. Porque soy el único en saber lo que quiere. No quiero morir”.

* Escritor colombiano ganador del Premio Rómulo Gallegos de Literatura en 2015 por “Tríptico de la infamia”. Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

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