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Leyda Santa cumplió ochenta años el 26 de octubre. El 30 los celebró en La Matraca del barrio Obrero, donde la conocí hace treinta años. En algún momento de la fiesta tomó el micrófono y antes de que hablara se oyó ese chirrido agudo que se produce cuando se crea un bucle infinito de sonido amplificado. Imaginé que diría una de sus frases favoritas: la vida es un tango y hay que saberla bailar.
Perdí la cuenta de las veces que me han pedido que escriba sobre ella. Esta vez nadie me lo pidió. Tal vez sería mejor esperar unos días, no teclear ahora mismo, tomar esa distancia que facilita el análisis de los recuerdos, como escribió Ernaux en ese libro sobre su madre fallecida. La mía acaba de cumplir ochenta y sigue bailando. Pero a mí también me pasa que en este momento no soy capaz de hacer otra cosa que anotar palabras.
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Ella no tiene una única historia. Es un relato múltiple, inconexo, cruzado, que empieza en la mitad y se explica después con recuerdos.
Conocí a esta mujer, Leyda Santa, el 26 de octubre de 1996. Antes de eso, durante casi veinte años, había sido para mí solo mi madre. Pienso en ella ejerciendo ese rol y anoto lo que se me viene a la mente: mujer mirando a través del microscopio, mujer que llora, mujer que coordina la escena mientras las empleadas sirven la mesa en la casa de La Flora. Mujer que se refiere a mi papá como el doctor. Mujer que grita. Mujer que por alguna razón no está en casa, mujer que regresa por mí, mujer que me carga en sus brazos, mujer sola que me dice que es muy difícil ser mujer. Mujer que cumplió lo esperado, pero que pronto dejó de ser solo esposa y madre, y buscó algo más.
Por fuera de ese rol, ahora pienso en Leyda Santa. Nacida en el barrio Obrero, en la entonces pequeña ciudad de Cali, una muchacha que vivió como muchas otras con algunas carencias que relata con gracia. Me dijo que conoció la pizza y un pollo entero a la brasa cuando ya era grande, el día en que unos pretendientes la invitaron a ella y a su hermana al recién inaugurado restaurante Salerno en 1963. Es una de las pocas mujeres de su generación que estudió en la universidad, hija de una madre que ya forcejeaba con el encierro doméstico.
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No puedo escribir de Leyda Santa sin pensar en mi abuela. Cantante de tangos en la radio popular de Cali que también fue mamá, esposa, señora de sillas afuera de la casa, señora de barrio. A los trece años, Asceneth —así se llamaba— estuvo entre quienes esperaron a Carlos Gardel en el aeropuerto de Cali. Era 1935. El ícono argentino tenía función en el Teatro Jorge Isaacs por esos días. Llegó meses después, en un ataúd.
Ella concibió a Leyda Santa una década más tarde, en una casa de fox, son cubano, mambo, pasodoble y tango. De niña veía a sus padres bailar desde la escalera. Hizo primaria y secundaria becada en el Liceo Departamental Femenino. Estudió Bacteriología y se especializó en Hematología en la Universidad del Valle, en los años sesenta. Se fue al Chocó con mi papá cuando él hacía su año rural como médico. Tuvo su primer hijo en un barco maderero rumbo a Buenaventura. Fue la esposa de un cirujano plástico. Tuvieron más hijos. Vivíamos en La Flora. Dirigió durante décadas uno de los laboratorios del Seguro Social.
Cuando todo eso acabó, ella encontró La Matraca. O La Matraca la encontró a ella. Eran los años noventa, y esa tienda de abarrotes y fuente de soda que Clímaco Parra abrió en 1964 se le pareció a la esquina del barrio donde había nacido. Eso lo supe mucho tiempo después. Quiso que no fuera solo eso, un recuerdo, una tienda, una fuente de soda. Se imaginó y construyó ahí un salón de baile. Trajo discos, cuadros y los métodos de enseñanza del tango y la danza que estudiaba en Argentina. Invitó gente de todos los lugares. Jaime Parra, hermano de Clímaco, le siguió la corriente, la sostuvo y aun la sostiene en esa quimera, como su pareja sentimental.
Bourdieu escribió sobre quienes suben en la escala social gracias a la escuela y luego pagan el ascenso con la distancia de su origen. Mi madre hizo el recorrido al revés. Volvió al Obrero cuando ya no tenía que volver. Y nos llevó con ella.
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En ese entonces no muchos querían ir. ¿Será peligroso?, le preguntaban por teléfono. Leyda respondía como si no necesitara de nada ni de nadie: ante la duda, abstente.
Hoy, después de treinta años de vida cultural y en gran parte gracias a su terquedad, todo es muy distinto. No hay quien no quiera ir al barrio Obrero. Hace un par de años, a finales del 2024, se gestó en Cali un Plan Especial de Salvaguardia de la Salsa con el que el Estado anunció políticas y recursos para el sector. Desde entonces he visto abrir negocios nuevos en cuadras que conocí mudas. Tras el anuncio de inversión y la palabra salsa ha venido una caravana de emprendimientos. ¿Prender la fiesta o emprenderla?
A sus ochenta, Leyda ve el Obrero en obra. Polvo, cerramientos, adoquines nuevos. La Alcaldía instaló doce esculturas de figuras de la salsa para hacer del barrio un museo a cielo abierto. Vi de lejos una que se me pareció a Jaime Parra. Me acerqué y decía Daniel Santos, pero ya no se me parecía ni a él ni a Jaime. Me pregunté qué se renueva cuando se renueva un barrio.
En la recién instalada ruta turística, La Matraca figura como parada salsera. Las esculturas de afuera no bailan. Adentro, la memoria sí. Miro para atrás y veo esos treinta años de persistencia, de gestación cultural junto a ella, desde que el barrio era un lugar poco transitado hasta hoy. Veo a las orquestas típicas de Buenos Aires de hace veinte años, con sus bandoneones en la mitad del salón. Veo a las orquestas colombianas y cubanas que han pasado por allí durante tantos años.
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Veo esas noches de 2005, setenta años después de que mi abuela esperara a Gardel en el aeropuerto. Organizamos en La Matraca una programación que ella bautizó "Gardel, 70 años de espera". Pusimos una tarima en el parque y desarrollamos una puesta en escena que titulé Tangos a la Obra.
Veo la noche en que celebramos a Celina González, quien con Reutilio hizo historia en la música cubana y llegó a esa esquina a recibir un homenaje en vida. Veo las parejas que ensayaban en La Matraca y que después ganaron los Mundiales de Tango en Buenos Aires. Veo las escenas de "¡Que viva la música!", sobre la novela de Andrés Caicedo. Veo el Festival Internacional de Poesía, que nos hace leer, año tras año, boleros en sus mesas. Veo a Marleyda Soto y a Susana Uribe en La marquesa del barrio Obrero, el Tennessee Williams que Felipe Pérez montó allí. Me veo escribiendo una crónica sobre un personaje inventado para un proyecto escénico musical con el que giramos por el mundo. Veo a Leyda enseñando tango a pacientes con Parkinson, y a mi hermano Camilo y a Carolina junto a ella en esa labor.
Su vida como gestante cultural de esta ciudad dice lo que la consigna calla: que Cali es, sobre todo, capital de la danza. Eso incluye la salsa y todos los ritmos previos que también viven en La Matraca: son, bolero, cha cha, mambo, danzas tradicionales, fox, tango, milonga, por hablar de unos pocos. Y le hacen eco en el mismo barrio: la fama la hicieron los bailarines, y sobre todo los bailadores, los que nunca subieron a una tarima y bailan desde hace más de sesenta años en ese lugar, cada domingo para arreglarse la vida. A Leyda, en su rol de profesora de danza, ellos son los que más la apasionan. Nunca le ha interesado la velocidad ni la acrobacia, sino la cadencia. Abrazo significa sin brazos, les dice a sus alumnos para que junten los torsos hasta el final de cada canción. He sido su alumna más indisciplinada. Al tango he ido de vez en cuando, no solo porque alguna vez temí que me llevara cuesta abajo en mi rodada sino porque he tenido otras planimetrías de vida. Unas que me impiden circular eternamente en sentido contrario a las manecillas del reloj. Se baila como se es, dice.
Me doy cuenta de que anotar todas estas cosas sobre ella es armar una matrioska. Dentro de mi madre está Asceneth, a los trece años, esperando un avión que no llegó. Dentro de mí, las dos. Escribirlas es dejar que me engendren una y otra vez.
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Jballesterosvargas(04015)•Hace 48 minutosExcelente, se perciben no solo líneas, bailes, historias e imágenes, se sienten muchas almas a través de un río. Gracias