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El placer de pensar: filosofía para la vida cotidiana

Entre la culpa de no producir y la urgencia de encontrar momentos para pensar y disfrutar, la filosofía se abre paso en el día a día. Detenerse a contemplar deja de ser un lujo para convertirse en una forma de resistirse a la velocidad del mundo.

Paula Andrea Baracaldo Barón

22 de agosto de 2025 - 09:00 a. m.
La filosofía, ahora, ha encontrado en las redes sociales un nuevo escenario para hablar de ocio, placer y contemplación.
Foto: Eder Rodríguez
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Parece ser que una de las epidemias que arrasa constantemente con la humanidad es la de la culpa. La culpa por detenernos a pensar, a contemplar, a –por un momento– no estar en función de las expectativas del mundo.

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La duda, la nostalgia, el miedo y el amor podrían llamarse, en este momento, los motores que mueven al mundo. Hay una pulsión por cuestionarnos, por tomar conciencia. Por eso, para algunas personas hablar sobre filosofía podría parecer algo complicado, lejano o aburrido. Porque el principio y el fin también es conocernos a través de nosotros mismos, y entendernos parece ser un ejercicio al que todavía le huimos; son las conversaciones incómodas (con los demás o con nosotros mismos), las preguntas sin respuesta, el tiempo que “se pierde” dándole vueltas a algo, lo que nos demuestra que estamos vivos.

Esta disciplina, que solemos ubicar en la Grecia clásica y relacionar con los pensadores que aparecen en los libros académicos, pocas veces parece tener cabida en la vida cotidiana. Olvidamos que todo debe comenzar en el asombro y terminar en una búsqueda del sentido.

Entonces, ¿cómo puede conectarse la filosofía con el placer y el ocio? La pregunta me lleva al primer semestre de universidad, cuando uno de mis profesores respondió que la clave estaba en cultivar el alma. Aterrizado a esos mismos conceptos que la filosofía encierra, se refería tal vez a la “eudaimonía”, un estado que no es efímero, que nos permite vivir un poco apartados de esa definición de “felicidad” pasajera que relacionamos con disfrutar un momento o sentir placer.

El lugar de la filosofía en la cotidianidad

Desde hace algunos años la filosofía ha empezado a colarse en las redes sociales, las películas, los cafés, proyectos educativos, videos de un minuto que provocan preguntas o en festivales culturales que la sacan de los salones académicos para situarla en la calle, al aire libre.

Uno de esos espacios es el Festival de Filosofía de Comfama, en Envigado, que en su segunda edición propone reflexionar sobre dos temas que atraviesan nuestra vida diaria: el placer y el ocio. Una de las invitadas, Alejandra Quintero —psicóloga, sexóloga y divulgadora— participará en el “Speaker’s Corner”, un formato abierto en el que cualquier persona puede hacer preguntas y compartir reflexiones “sin miedo al ridículo”, como ella lo asegura. “Aunque muchos lo perciban como lejano, todos vivimos desde un entender filosófico de la vida. El placer y el ocio han estado siempre en el centro del pensamiento, desde Epicuro hasta Aristóteles, de los hedonistas a los estoicos. Más recientemente, pienso en Bertrand Russell y su elogio a la ociosidad, o en Hildegarda de Bingen, que en plena Edad Media se atrevió a estudiar el orgasmo. La filosofía siempre se ha preguntado por el gozo y por el descanso”.

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Pero cuando aterriza esas reflexiones a la vida cotidiana, el tono se vuelve más urgente: vivimos, dice, en medio de dos trampas. Por un lado, la del placer vacío, convertido en adicción: redes sociales, consumo compulsivo, relaciones efímeras. Y por otro, la del ocio negado, propio de una cultura obsesionada con la productividad, que confunde éxito con cansancio. “Lo estamos pagando con depresión, con ansiedad, con un cuerpo inflamado y con un burnout colectivo. Hemos convertido el tiempo libre en un lujo, cuando debería ser un derecho”.

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Quintero asegura que ese derecho al descanso, a celebrar el gozo, hay que entenderlo como una forma de resistencia frente a un sistema que premia el cansancio y castiga la pausa. Frente a la velocidad y la hiperproductividad, reivindicar el ocio y el placer se vuelve una manera de recuperar el cuerpo, el tiempo y el vínculo con los otros.

Cuando la filosofía cabe en un reel de Instagram

En redes sociales, a pesar de su lógica efímera y vertiginosa, también se abre espacio para la filosofía. Eial Moldavsky es la mente detrás de Filosofía en un minuto, una sección de videos en Instagram en donde expone teorías filosóficas en 60 segundos. Todo eso mientras dobla ropa, lava los platos o está, simplemente, recostado en su sillón. Sus videos rompen con ese paradigma del nicho académico y el guion suele comenzar con la semilla misma de la filosofía: una pregunta.

“¿La vida sería mejor si pudiéramos elegir no amar?”, se pregunta acostado, con el celular grabando en modo selfie y sin preocupación alguna por encontrar un espacio más “producido” para discutir. Desde allí va a comparaciones con la vida real: que hay dos tipos de personas en el mundo cuando hablamos de amor, los que no quieren volver a amar nunca (y lo compara con una resaca) y los que dicen que el amor es maravilloso, mientras tachan de vacíos a los demás. Entonces, de la forma más orgánica posible, introduce el tema de los estoicos, como Séneca y toda su “crew”, que planteaban que es mejor reemplazar un amor que llorar por él. Que si el amor es la humedad, el “yo” viene envuelto en un papel: uno que evita que nos permee.

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Por esa misma cohorte de las redes sociales está Matilde Orlando. No es colombiana, pero vive en Bogotá. Creó Filoparchar en Instagram, un proyecto que nació en 2022 con el propósito de crear espacios de diálogo. Tiene formatos como el “antipasto filosófico” en donde explica, de manera sencilla, algunos contenidos de filosofía y encuentros o “dates” que organiza en la ciudad.

Basta con acercarse a uno de sus últimos videos para entender que incluso la forma en la que hablamos hace parte de una cadena que responde, como en círculo, a la filosofía: un reel sobre la palabra “paila” y su naturaleza estoica. Nos dice que es una palabra imposible de traducir a otros idiomas, que le recuerda a la invitación del estoicismo, radical —pero serena— a aceptar la realidad. Todo vuelve y se condensa en un comentario del video cuando alguien escribe: “Gracias por tan grandioso análisis detrás de una palabra que hace parte de mis días”, o “ahora me voy a sentir súper filosófico cuando diga paila”.

Filosofía y cultura popular

Los Simpson y la filosofía es un libro que explora cómo una comedia animada puede convertirse en puerta de entrada a preguntas sobre ética, política o el sentido de la vida. Cada ensayo que compone el libro aborda un aspecto distinto de la serie y lo conecta con pensadores que van desde Sócrates hasta Nietzsche. Las referencias y guiños del programa de televisión se convierten en recursos para interrogarnos cosas tan simples como el amor desmedido de Homero por la cerveza, y contrastarlo con la mirada de Aristóteles que, recordemos, diferenciaba entre placeres pasajeros y una felicidad más duradera asociada con la virtud. Algo semejante sucede en De Platón a Winnie the Pooh. Allí se reúnen decenas de textos filosóficos, cada uno contextualizado y explicado con un lenguaje más sencillo.

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Estas propuestas —a medio camino entre la postmodernidad y la hipermodernidad— presentan la filosofía como una práctica cercana que también se manifiesta en escenas cotidianas, rompen la idea de que pensar filosóficamente requiere siempre de un tratado complejo.

Y así llegamos al séptimo arte. Conviene recordar, entonces, Perfect Days, la película que nos ayuda a condensar el sentido de este texto. La historia sigue a Hirayama, un hombre que limpia baños en Tokio y que encuentra plenitud en los pequeños gestos: escuchar música en casetes, leer, observar la naturaleza. Su vida cobra sentido en lo simple, en el disfrute del silencio y en esos movimientos rutinarios que solemos pasar por alto, pero que para él se convierten en una forma de resistencia frente a la superficialidad de las normas sociales.

Esa de la que habla Byung-Chul Han en su libro Vida contemplativa: la que recupera gestos “inútiles” que, precisamente por no servir a un fin económico, adquieren un valor profundo —escuchar, contemplar un árbol, dejarse llevar por la música o la amistad—. Es en ese espacio de inactividad donde se renueva la mirada y se restablece el vínculo con lo humano. Porque sin contemplación perdemos atención, deseo y espiritualidad; terminamos ocupados, pero vacíos.

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Por Paula Andrea Baracaldo Barón

Comunicadora social y periodista de último semestre de la Universidad Externado de Colombia.@conbdebaracaldopbaracaldo@elespectador.com
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