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Giovanni De Filippo: “Colombia se transformó en un país de citadinos”

Una nueva entrada de la serie “Memorias conversadas”. Esta vez, el ambientalista Giovanni De Filippo habla de sus orígenes y las principales razones de las causas que defiende.

Isabel López Giraldo
24 de julio de 2023 - 08:57 a. m.
"Pienso que si el cambio climático es una realidad y nos vamos a achicharrar (sic), habrá otras especies que de alguna manera nacerán de las cenizas", dijo  De Filippo para esta entrevista.
"Pienso que si el cambio climático es una realidad y nos vamos a achicharrar (sic), habrá otras especies que de alguna manera nacerán de las cenizas", dijo De Filippo para esta entrevista.
Foto: Archivo particular

Soy un colombiano que ha vivido la época traumática del país, desde mi nacimiento hasta el presente. He aspirado a ayudar a componer, de alguna manera, toda esta circunstancia desde mi labor como ingeniero, antropólogo y conocedor de algunos aspectos de esta realidad.

La visión que he tenido del mundo a raíz del sitio donde me crie y de donde provienen parte de mis ancestros, Mompox, Bolívar, ciudad que con el tiempo fue merecedora de que su centro histórico estuviera dentro de la lista del patrimonio mundial, me hace entender su importancia y motivarme para su defensa, pues es evidente que no se está preservando de manera debida.

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En esto soy un activista, pero también en lo ambiental, dado que mi región, principalmente, tiene muchas razones para luchar en ese aspecto en la medida en que es una zona inundable. Con el cambio climático se prevé que va a sufrir mucho, de manera particular, por el aumento de las lluvias, pero también por los fuertes veranos.

Soy un defensor crítico, acérrimo, de distintas causas, pues creo que muchas cosas tienen que cambiar, y a veces parecería que se enfrentan mal.

Orígenes

Rama paterna

En el libro Plátano maduro no vuelve a verde (aunque, al final, constato que en algunos casos sí se logra), consigné el resultado de mi investigación sobre el origen de mi primer apellido, usada como tesis de mi carrera de antropología. En algún momento creí necesario investigar el por qué había Di Filippo blancos, morenos, negros, ricos, pobres., mi bisabuelo, nació en Castelnuovo di Conza, pequeño pueblo al sur de Italia. En los documentos de embarque, que encontré en Nueva York, dan una connotación distinta a los italianos según la región de procedencia. Por ejemplo, los del sur eran considerados inferiores, de más baja condición, iletrados la mayoría, y fueron quienes empezaron a emigrar. A Colombia llegaron muy pocos, realmente.

Mi bisabuelo dejó su tierra a sus veinte años, en 1885, para llegar primero a Panamá, luego a Barranquilla donde se encontró a unos italianos ya afincados y con negocios. A los jóvenes que iban llegando, cual estrategia mafiosa, los iban distribuyendo (sic) en todo el territorio. Su viaje por el río Magdalena lo condujo a Mompox donde empezó a trabajar por su cuenta en ganadería y en el comercio.

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Conoció a Leandra Andrea Amariz, mi bisabuela, una mujer morena, hija natural de un acaudalado comerciante, con quien tuvo un hijo, mi abuelo. Más adelante se unió a otra señora con quien tuvo cinco hijos, reconoció a mi abuelo, y todos se beneficiaron de su herencia a la hora de su muerte, ocurrida en su tierra natal a sus cuarenta y ocho años.

Benjamín Di Filippo Amariz, mi abuelo, fue un momposino que cursó algunos años de Derecho en la Universidad de Cartagena: amiguero, político, ganadero, agricultor, alguien muy libre en el sentido de hacer lo que él mismo disponía. Tuvo grandes aspiraciones, la mayor de ellas, educar a sus hijos. Pese a esto, el único profesional universitario fue mi padre.

Esperanza Peñas Chávez, mi abuela, también momposina, de clase popular, tuvo cualidades para la poesía, fue excelente lectora. Asistió a un colegio de mujeres de muy alta exigencia. Mompox tiene una tradición de calidad académica gracias a la presencia de los jesuitas, quienes por casi ciento cincuenta años formaron a diferentes generaciones. A sus veinte años, en 1915, mi abuela fundó un periódico con otros amigos, en el que escribían a mano, pues no contaban con los recursos para invertir en la tecnología de la época. Fue ella una mujer culta que amplió su conocimiento a temas internacionales, pues no se quedó en lo local. Tuvo la visión de querer ser más y de transmitirles esas inquietudes a sus hijos.

Benjamín Di Filippo Peñas, mi padre, fue un médico reconocido. A raíz de la expulsión de los jesuitas del país, un español aportó los recursos para fundar el Colegio Pinillos, a comienzos del siglo XIX, donde estudió mi papá. Contrario a lo que ocurría en Bogotá, donde había que demostrar pureza de sangre por cuatro o cinco generaciones, en el colegio Pinillos, al momento de su fundación, podían estudiar niños y jóvenes de todas las clases sociales.

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Por problemas en su colegio, mi padre logró ser recibido con un grupo de amigos en el Liceo Celedón de Santa Marta, donde se graduó como bachiller. Viajó a Medellín para estudiar medicina en la Universidad de Antioquia. Hizo el rural en San Andrés de Cuerquia y trabajó como médico en Sonsón, cuna del conservatismo, contrario a su ideología liberal. A pesar de ello llegó a ser su concejal, aunque le costó tener que regresar a su tierra donde por cuarenta años ejerció como médico, siendo también concejal, alcalde y miembro de la Academia de Historia de Mompox.

Rama materna

Víctor Echeverri Bolívar, mi abuelo, pueblerino antioqueño, de familia numerosa, se escapó de su casa a sus doce años para hacer mundo. Terminó trabajando como arriero; con el paso del tiempo fue teniendo sus propias mulas que usó para montar un pequeño negocio de transporte.

En su oficio tuvo un golpe de suerte cuando una colonia de ingleses explotó filones de oro en la región. Alrededor de la mina se fue formando un pueblo, entonces el abuelo les suministró alimentos a la población que llevaba desde Yarumal y Medellín. También transportaba el oro que producían las minas.

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Como se había hecho amigo de los ingleses, uno de ellos le contó que la mina andaba mal, que no estaban sacando el oro necesario para mantener la actividad y que la iban a cerrar. Mi abuelo había montado lo más parecido a un supermercado en el pueblo de mineros, muchos añoraban ese negocio y, ante esta noticia, se lo vendió al primo, quien al poco tiempo quebró. Luego tuvo la empresa de transportes del pueblo y se dedicó también al comercio del café.

Se casó con su prima hermana Ana María Bolívar Tobón, mi abuela. Tuvo ella una mediana educación y le enseñó al abuelo a leer y a escribir. Se dedicó a sus quince hijos, de los que se criaron solo cinco, pues la situación sanitaria del país de la época era muy precaria y los niños morían por cualquier afección. Como dicen: nacían muchos, pero se criaban pocos. Fue muy religiosa, al punto de confeccionar los hábitos con que enterraban a los muertos. Organizaba matrimonios entre los habitantes del pueblo, tenía credibilidad y la gente le hacía caso.

Su hija, Lola Echeverri, fue la primera concejal del pueblo, muy adelantada para su época, pero murió siendo muy joven en un accidente de aviación.

Beatriz Echeverri Bolívar, mi madre, nació en San Andrés de Cuerquia. Le ayudó a mi abuelo en su negocio de café y en el de transporte, única agencia de buses con destino a Medellín. Trabajando allí conoció a mi padre.

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Casa materna

Una vez casados, mis papás se fueron para Sonsón. En los años 1950 la Costa para los antioqueños, especialmente los de pequeñas poblaciones, era una región de calor, de mosquitos, de negros, de comidas raras. Y mi madre tuvo que instalarse en Mompox guardando la esperanza de regresar algún día a Medellín, lo que nunca consiguió. Tampoco se adaptó a la nueva dieta, no sabía comer pescado, pues la base de su alimentación era diferente. Fabricó su pequeño mundo y se quedó prácticamente encerrada en su casa. Cuando murió mi padre, se instaló en la finca que él dejó. Como fiel conservadora, apoyó al líder local, por disciplina de partido, consiguiéndole votos pese a ser alguien muy criticado y de dudoso actuar. Tuvo almacén que atendió por muchos años.

Siempre hubo personas que le ayudaron a mi mamá con el oficio de la casa, señoras de condiciones económicas muy bajas. Recuerdo que del campo traían niñas para que las educaran en las casas, donde aprendían a cocinar, a tejer, a cambio de la comida y de la vivienda. Con el tiempo, se les empezó a pagar un pequeño salario. Para ese momento no se contaba ni con máquinas de lavado ni con pañales desechables, había que lavar a mano, y éramos muchos.

Somos ocho hijos, de un papá profesional, lo que era escaso para la época, y de una mamá dedicada a mantener su casa. Patricia, la mayor, es optómetra. Soy el segundo, el mayor de los hombres. Leonardo, ingeniero industrial. Beatriz Elena, vive en Italia. Margarita Luz, abogada vinculada a Bienestar Familiar. Claudia María seguida de María Esperanza, educadora. Benjamín, médico oncólogo, ginecólogo.

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Crecimos en un pueblo de quince mil habitantes, pero con estructura de pequeña ciudad. Al ser tantos hijos, llevamos una vida comedida en los gastos superfluos, por disciplina y por el deseo de los padres de tener ahorros.

En la casa siempre hubo libros, estos fueron fundamentales. Mi papá fue un gran lector, no solamente de cuestiones médicas, sino también históricas, filosóficas. Dejó una biblioteca importante. Nunca vimos revistas de Condorito o del Pato Donald o de farándula, todas eran especializadas. Papá quiso inculcarnos algo de la literatura, algo de cultura, quiso que conociéramos el mundo a través de los libros.

Fue muy particular en el hogar de mis padres la poca importancia que se le daba a los cumpleaños, no eran trascendentales, solo se hacía una comida medio especial y ya, sin fiestas ni mucho ruido. Quizás esto se deriva de la casa de mis abuelos maternos.

Con una mamá tan religiosa, como lo fue su pueblo, nos inculcaron la religión. Ella trató por todos los medios de que fuéramos cercanos a la iglesia. Nos llevaba de la mano a misa de cinco de la mañana, lo que resultaba una tortura pues nos quedábamos dormidos en medio del sermón. Perdió la batalla, por lo menos conmigo: no soy practicante devoto. La Semana Santa de Mompox, tan tradicional y semejante a la de Popayán, me resulta extraña: me gusta el desfile de los nazarenos, escuchar la música. Lo religioso en mí no caló demasiado. Eso sí, me gusta el servicio social.

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Mompox tiene un patrimonio muy importante, es una ciudad muy bonita, pero en nuestra época no era reconocida como tal. Se trataba de una población abandonada por circunstancias del siglo XIX. Sin ser conscientes de la importancia que tenía, éramos material vivo dentro de un pueblo que considerábamos normal y sin saber que debíamos preservarlo, pues el mantenimiento era un asunto rutinario. Quizás esto era algo silencioso, arraigado desde la Colonia en la mentalidad de los momposinos. Hasta bien entrado el siglo XX nos mantuvimos como en la colonia.

Los materiales para arreglar las casas eran hechos de la misma manera en que se hicieron originalmente, lo mismo que las técnicas de mantenimiento, desde cómo coger una gotera o arreglar una pared, pues todo respondía a un arte muy local. Quienes aprendían estos oficios los heredaban de sus mayores. Mompox quedó detenido en el tiempo y cada quien cumplía con la labor que le correspondía por generaciones: los herreros, los joyeros, los carpinteros, todos siguieron siéndolo.

En mi niñez podíamos jugar en las calles, pues había muy pocos carros. Montábamos a caballo en la finca, donde crecimos viendo vacas. La cercanía con el mundo rural fue muy estrecha, inmediata, no había distancia. El sueño de todos era tener finca y hacer cabalgatas. El río fue muy importante, en él todos se bañaban, era la piscina del pueblo.

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La música fue muy importante. Nos acostumbramos a ver pianos en las casas, siempre se encontraba quien lo interpretara. En nuestra familia no hubo buen oído para interpretar algún instrumento: los tuvimos todos, pero nunca aprendimos a tocarlos. Se hacían fiestas en la población, herencia española, todos los días había un santo por quien celebrar.

Era una sociedad muy integrada donde el que más sabía le enseñaba al que menos. Compañeros de colegio visitaban la casa, no importaba su condición. Compartíamos los libros académicos con quien pudiera necesitarlos. Así aprendimos a compartir.

Hoy la educación pública en Mompox es muy precaria, lo que pone en riesgo el patrimonio local. Fuimos felices y sentimos que Mompox era de los momposinos hasta cuando se descubrió que Mompox tenía relevancia cultural, hasta cuando incluyeron parte de su centro histórico dentro de la lista de los sitios del patrimonio mundial de la Unesco. En Colombia solo tienen esa condición Cartagena y Mompox.

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Su economía cambió a mediados del siglo XIX, cuando dejó de ser puerto importante sobre el río, llevando a que muchas familias emigraran. Las clases sociales tradicionales fueron educando a sus hijos por fuera. Las casas fueron quedando muy solas, en manos de hijos que no tuvieron descendencia, de personas llevadas económicamente a menos sin poder sostenerlas y sin poder hacerles arreglos locativos.

Con la declaración de la Unesco el gobierno entendió que debía prestarle atención a la ciudad, pues algunos académicos plantearon que parte de la violencia en Colombia radicaba en que no tenemos referentes de los cuales sentirnos orgullosos, sobre todo en los legados materiales indígenas, como en Perú o en México, recurriéndose al legado colonial, siendo Mompox un extraordinario exponente.

Infancia

Nací por accidente en Sonsón, lo que me ha generado controversias, entre otros, con el Ministerio de Cultura y funcionarios públicos quienes no admiten que yo haga críticas sobre el manejo del patrimonio momposino. Algunos me han llegado a decir que no me corresponde por no ser mi tierra natal, pero soy una prueba de que uno no es de donde ve la luz por primera vez, sino de donde tiene recuerdos, donde se impregna de cultura, de la forma de hablar y de ver el mundo. A Sonsón he ido muy pocas veces, de allí salí a mis tres años.

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Con el tiempo adquirí mi nacionalidad italiana, un derecho que tenía latente desde hacía más de cien años y que no había ni siquiera pensado en hacerlo efectivo por mitos generados en nuestra sociedad, fundamentalmente por creer que uno solo puede pensar en los derechos que otorga el tiempo, sumado a los complejos derivados del pasado que hacen daño y que ayudan a que siga existiendo una sociedad desigual.

Academia

Inicié mis estudios en el Colegio Santa Cruz de Mompox con el profesor Justino Cabezas. De ahí pasamos al que llamábamos “de grandes”, donde ingresar no era fácil. Debíamos presentar examen de ingreso y luego revisábamos el listado de los admitidos, como se hace hoy para la universidad.

Mi experiencia fue placentera. Contábamos con banda de guerra, biblioteca, espacios amplios para jugar con los amigos. Era una forma de estar en un club permanente. Nunca fui excelente alumno, pero sí muy despierto. Vivía muy actualizado, pues leía el periódico que recibía mi padre, también sus revistas. Así pude aportar en las reuniones de los cursos, en los que muchos de mis compañeros no tenían esa oportunidad, la de leer, opinar ni la de oír radio. Me integré muy bien, pero en quinto de bachillerato tuve un inconveniente con un profesor. Mi carácter no era fácil en la medida en que no me dejaba someter, entonces el rector le dijo a mi padre que era mejor que me cambiara de colegio para el siguiente año escolar.

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Bogotá

Los dos últimos años los terminé en Bogotá. Existía un compromiso tácito de quienes ya estaban afincados en otros sitios para recibir a familiares y amigos en sus casas. Precisamente, me recibió Aída Di Filippo, hermana de mi papá, quien había trabajado muchos años en la Clínica Barraquer. Este trabajo le permitió ver que a Bogotá llegaba mucho extranjero, algunos pacientes de la clínica. Aprovechó esta oportunidad adaptando una casa para recibirlos.

Del aeropuerto de Mompox salía lo que llamábamos “el lechero”. Se trataba de un avión de Avianca que aterrizaba en sitios distintos. Venía de Barranquilla, aterrizaba en Mompox, seguía al Banco, Magdalena. Finalmente, en Barrancabermeja hacíamos cambio. Pero mi papá me dijo que debía viajar por tierra, cual castigo, entonces me acompañé de un amigo de colegio.

Este viaje fue toda una odisea, pues no había carreteras. Salíamos en chalupa, ocho o diez pasajeros. Después de tres horas llegábamos al Banco donde cambiábamos a otra chalupa que nos dejaba en el Puerto de Tamalameque. Aquí solo había trochas que llevaban en bus a Bucaramanga. Los buses iban repletos, no solo de gente, sino de carga de los campesinos. En Bucaramanga tomábamos un bus en mejores condiciones hasta Bogotá.

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Recuerdo que, en el trayecto entre Tunja y Bogotá, el bus se detuvo en la madrugada en medio de una neblina. Limpiábamos las ventanas para poder mirar hacia afuera, pues el aire se condensaba al interior impidiendo la visibilidad. Ahí sentí por primera vez el frío de la región. Como en esa época de la Costa entraban contrabando al centro del país, la aduana lo inspeccionó y nos requisaron a todos.

Entramos por la avenida Caracas. Las estaciones de los buses quedaban en el barrio Santa Fe, pues no había terminal, sino que los buses se detenían en la calle frente a unas casas donde quedaban las empresas de transporte. Lo que vi al llegar a Bogotá no me impresionó: casas de techos inclinados, a la usanza inglesa, pero sin nieve, en donde los bogotanos tomaban té a las cuatro de la tarde. Como venía de un pueblo con casas grandes y bonitas, entonces nada me impresionó.

Ya había tenido la experiencia de salir de mi casa cuando mi padre me enviaba a caballo a poblaciones vecinas, en recorridos de dos o más días para llegar a determinada finca. Esto me endureció un poco, así pues, no me asustó el viaje. Tampoco se escuchaba en las noticias situaciones de violencia, lo de la guerrilla vino después.

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Colegio Universidad Libre

Me fue imposible ingresar al Colegio del Rosario, al que aspiraba. Entonces terminé en el de la Universidad Libre donde el rector era amigo de mi padre. Estando allí se dieron luchas sociales muy encarnizadas. Eran los años 1970, tiempo de revueltas de tipo político, de tirar piedra, de protestas. No me tomó mucho tiempo adaptarme, muy rápidamente hice vida social.

Universidad Santo Tomás

Terminado el bachillerato quise estudiar Medicina en la Universidad Nacional, pero no fui admitido. Mientras corría el tiempo para volverme a presentar, opté por estudiar Ingeniería Civil en la Universidad Santo Tomás. Estando allí, olvidé por completo mi deseo de ser médico, y me gradué como ingeniero.

Universidad Nacional

Conté con la fortuna de que uno de mis profesores, quien también enseñaba en la Universidad Nacional, era director de un posgrado en perforación de pozos para aguas subterráneas. Entonces lo tomé con unos amigos. Fue una experiencia muy grande para hacer nuevos amigos y para conocer otras regiones del país.

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Trayectoria profesional

Mi hermana estaba casada con un ingeniero quien tenía un amigo vinculado a una firma de consultoría. Mi cuñado me conectó, nos reunimos con los socios de la empresa quienes me contrataron de inmediato. Era la época de los grandes proyectos nacionales, de las grandes hidroeléctricas, como la de Urrá en el alto Sinú, en Córdoba, muy cerca a Tierra Alta y al Nudo de Paramillo.

Al principio no tuve que ver con la represa, sino con las líneas de conducción eléctrica, para hacer trabajo de campo en la selva. Era un mundo muy duro, pero ya estaba acostumbrado. Todo era enorme, los árboles, los animales, el territorio.

Al poco tiempo se presentó un incidente de violencia en el sitio de la represa. Los indígenas, como los colonos, no querían que se hicieran los estudios. Y comenzó a aparecer la guerrilla. En esta región nació el EPL.

Cualquier día asesinaron a unos funcionarios de asuntos indígenas y a gente del INCORA, fueron tres o cuatro los muertos. Los ingenieros de planta, en su mayoría bogotanos, se amedrentaron. Fue cuando me llamaron a ofrecerme que me fuera para allá. De inmediato acepté.

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Todo empezó a salir bien para el proyecto, logré que se hicieran los estudios y ganaba bien. Como no había carreteras, para evitar emboscadas se prohibió el ingreso, que era por vía fluvial. Fue necesario llegar en helicóptero. Convivimos con el ejército, pues eran los años 1980, de plena violencia. Casi todas las noches hubo disparos en el campamento, entonces organicé trincheras. Como las construcciones eran de madera, hice los baños en concreto, para protegernos de los tiroteos.

Algunos empezamos a reconocer que el proyecto no era conveniente desde el punto de vista humanitario ni ambiental. Mi estrategia fue la de ayudarle a los indígenas para que trabajaran con nosotros, para que no fueran distantes. Los protegimos cada vez que se le metían a su territorio. Dispusimos para ellos servicios médicos, también escuelas.

Llegó un momento en que me empezaron a amenazar. Después de siete años tuve que irme para otros proyectos de la misma empresa. El Banco Mundial no permitió hacer el proyecto por los daños ambientales y por la crisis humanitaria que podía significar. Entonces se creó un pequeño proyecto aguas abajo, Urrá l, que después se construyó. Coincidió esto con la aparición de los paramilitares quienes mataron a la dirigencia indígena, amigos que yo había dejado. Mancuso confesó que había asesinado a Kimi, el jefe de todos los indígenas y quien había trabajado con nosotros. Pero también desaparecieron ingenieros, geólogos, de quienes nunca se volvió a saber. Fue una historia triste que hace parte de nuestra realidad nacional.

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Conformé el equipo que trabajó en el diseño, construcción e interventoría de la carretera Tolú – Coveñas, por la orilla del mar entre Sucre y Córdoba. Recuerdo que el ambientalismo no se tenía en cuenta, los jefes eran ingenieros mayores quienes no fueron educados con esta conciencia, no se imaginaban que los tigres se pudieran acabar, tampoco que, si seguíamos cortando ciertas especies de árboles, estas desaparecerían y menos lo que se da hoy, el cambio climático, que en parte es causado por la deforestación.

Viví cosas muy tristes, como tener que trazar la carretera por extensos manglares que perjudicaron la región. Con mi propensión a burlarme de algunas cosas, lo único que pude hacer fue engañar a los invasores, con trochas falsas, quienes querían sacar provecho de los trazados para hacerse a tierras esperando su valorización inmediata. Recuerdo que, cuando hacíamos la trocha diminuta para la topografía, al día siguiente aparecían banderas con lotes delimitados. A mí nunca se me ocurrió sacar provecho de eso, quizás hubo ingenieros que lo hicieron. Muchos quedaron burlados, pero el daño ambiental fue muy grande.

Estuve en Arauca cuando inició la producción de petróleo en Caño Limón, el proyecto que más crudo ha producido en Colombia y que siguen volando, pues los grupos alzados en armas viven de esto, dejando una cultura de violencia en la zona. No hay tranquilidad para nada. El hecho es que, la empresa para la cual yo trabajaba nos pagaba muy bien, incluyendo horas extras, pero con un trabajo en balde. Pese a que diseñábamos bien las carreteras, el afán de producir petróleo llevó a los gringos de Occidental a construirlas por donde les parecía, sin respetar nada. Si se atravesaba un colegio, lo tumbaban, lo construían al lado y seguían adelante, sin escrúpulos. Estas son las historias de nuestro país.

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Colombia se transformó en un país de citadinos. La gente ve al indígena como algo raro, disfruta de los servicios de energía, pero no sabe las dificultades que significa producirla y llevarla hasta sus casas y menos sabe que hay ingenieros y trabajadores en campo quienes tienen que enfrentar un sinnúmero de dificultades.

Ambientalista

De joven viví las técnicas en la agricultura y en la ganadería de mi región. Talábamos, quemábamos y sembrábamos pasto. Es decir, dejábamos potreros. Igual era para sembrar el maíz, el que, si bien emplea una técnica indígena, en grandes proporciones hace mucho daño, pues no da la posibilidad de cambiar de sitio buscando que el anterior se recupere.

La tala de árboles y la caza de ciertos animales llevaron a la desaparición de especies. Recuerdo cazadores aficionados que mataban tigres y los exhibían en carretilla por las calles de Mompox esperando plata por su proeza. Nunca se me olvida que le sacaban la piel, los colmillos y las garras. Vi a varios, de gran musculatura, sin su ropaje y tirados en un potrero mientras eran comidos por aves y roedores.

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En Urrá ll teníamos que talar sesenta mil hectáreas de bosque, entonces lo empezamos a ver como algo indebido, pensamos que tendría que haber otra manera. Igual, como ingeniero uno sabe que hay que medir los beneficios y los daños, esta es una evaluación necesaria que con el tiempo se ha ido afinando en el país.

Aprendí mucho de los indios. Recuerdo al cacique con el que pretendimos negociar las tierras en la que se harían las obras. Ante nuestra propuesta de comprárselas, él se tomó su tiempo para evaluar. Cualquier día llegó al campamento a decirme: “Yo, trayéndote respuesta a lo que me dijiste”. / Maicito, ¿y qué piensa?, ¿cómo se organizaron?, ¿todos participaron? / “Sí, nosotros nos reunimos. Te traigo esta noticia: no estando de acuerdo con vender la tierra”. / ¿Por qué piensan eso, Maicito? / “Porque yo vendiendo la tierra, esta queda y dinero acabándose”.

Esto me recordó al indígena de los Estados Unidos, quien le contestó al presidente de su país ante una solicitud parecida: “Acepto, pero espero que entienda que el agua es sagrada, que los árboles…, que los animales…” Muy triste porque el indígena sabía que, aceptara o no, la suerte estaba echada.

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Este caso aumentó mi deseo de ayudar en ese sentido. Me empecé a dar cuenta de que, como los ingenieros no dominaban esa temática en proyectos de semejante envergadura, en lo humano y en lo económico, solo en lo técnico, una forma de ayudar era estudiando más.

Soy activista defendiendo el patrimonio de Mompox. Hago parte de los cinco momposinos que producimos el programa Tertulias por Mompox, al que invitamos a expertos relacionados con temas que nos afectan. También participo en grupos de connotados ambientalistas, como Margarita Pacheco, quienes nos ayudamos en la misión de presentar nuestra realidad a la academia, yo los acerco a lo que se vive en los territorios.

Construí mi casa en Chía con materiales reciclados, con ladrillos artesanales que son los más baratos y lindos, igual la baldosa. La técnica de las paredes enseña a no afinarlas, se les deja textura. Vale mucho menos y las casas quedan muy agradables. Esta es otra forma de aportar a disminuir el daño al medio ambiente.

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Antropólogo

Hice una maestría en Administración de Empresas en el Externado. Luego, ya veterano, estudié antropología en la Universidad Nacional con compañeros que apenas tenían dieciséis años.

Como antropólogo nunca he trabajado para un tercero. Los sueños que tenía de escribir, los iba a materializar. De ahí nació el libro que mencioné al comienzo. La carrera me sirvió para ser serio en la investigación, cumpliendo normas, respetando derechos de autor con algo tan simple como poner comillas.

Familia

Me casé con mi compañera de universidad, María Claudia Vargas Arévalo, con quien he compartido mi vida desde entonces. Es socióloga con maestría en economía. Trabajó siempre en temas sociales.

Tenemos dos hijos que para bien logramos educarlos en el Liceo Francés. Esto, junto con la doble nacionalidad, ayudó a que estudiaran en Francia. Ahora viven en Alemania donde están tratando de hacer su vida siendo independientes.

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Claudia Giovanna es antropóloga, quien, entre muchas otras cosas, estudia artes escénicas y es experta en títeres. Luciano Antonio Andrés es arquitecto, va a viajar a Londres para continuar sus estudios en arquitectura forense, la que recrea escenas para poder llegar conclusiones.

Hemos sido viajeros. Cruzamos el río Amazonas y los andes entre Brasil, Bolivia y Perú; pero también los Estados Unidos, desde los Cayos de la Florida hasta Canadá. Hemos recorrido Centro América en busca de monumentos Mayas. Hemos subido a las nieves perpetuas, que están que desaparecen, las del nevado del Cocuy, por ejemplo. Hemos hecho una parte del camino de Santiago, entre Francia y España. También hemos recorrido el norte de África, los Balcanes, Europa y nuestro país.

Cierre

Mi mayor característica ha sido la controversia, derivada de pensar que la madre naturaleza es la que en últimas impone las soluciones ante los grandes problemas. No podemos olvidar que los seres humanos sufrimos muchas circunstancias que nos pusieron al borde la extinción. Por ejemplo, pequeños grupos quedaron en África, de donde venimos, que sobrevivieron a la hambruna, a la sequía, a las enfermedades.

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Hace sesenta millones de años, un meteorito cayó cerca a México, lo que significó la desaparición de muchas especies, dentro de ellas la de los famosos dinosaurios: nos quedan las gallinas, porque se salvaron las especies más pequeñas. Ya existíamos los mamíferos, pero desaparecieron más del noventa por ciento, dando la oportunidad a que surgieran otros, entre ellos unos que fueron los ancestros de los seres humanos actuales

En mis controversias, pienso que si el cambio climático es una realidad y nos vamos a achicharrar (sic), habrá otras especies que de alguna manera nacerán de las cenizas.

Quisiera ser recordado como el tonto que creyó que las cosas no eran tan serias, como estrategia para conseguir los propósitos.

Por Isabel López Giraldo

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