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“No sé si Padilla le ha hecho daño a la Revolución; pero su autocrítica sí”: García Márquez

Heberto Padilla fue obligado en dos ocasiones a escribir una confesión sobre sus actividades contrarrevolucionarias que no convenció a casi nadie, sobre todo entre los escritores, poetas y ensayistas americanos y europeos que supieron del caso. Sólo Fidel Castro se mostró satisfecho por el gesto de autodegradación al que había llevado al poeta. Entrega número XII de la serie Políticamente artistas.

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Fernando Araújo Vélez
23 de marzo de 2026 - 08:51 p. m.
Heberto Padilla nació el 20 de enero de 1932.
Heberto Padilla nació el 20 de enero de 1932.
Foto: Elisa Cabot
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El mismo día en el que Heberto Padilla y su mujer, Belkis Cuza Malé, fueron detenidos y llevados a las instalaciones penitenciarias de la Villa Marista, varios intelectuales latinoamericanos y europeos le enviaron una carta al “comandante Fidel Castro, primer ministro del Gobierno revolucionario”, como rezaba el encabezado. En la misiva, fechada el 20 de marzo del 71, los “abajo firmantes” expresaban su inquietud por el encarcelamiento del “poeta y escritor Heberto Padilla” y le solicitaban a Castro que reexaminara “la situación que este arresto ha creado”. En el segundo párrafo, aclaraban que como el gobierno cubano no había proporcionado “información alguna relacionada con este arresto”, temían que volviera a presentarse una “tendencia sectaria mucho más violenta y peligrosa que la denunciada por usted en marzo de 1962”, y recordaban que el Che Guevara había aludido a aquella situación en diferentes oportunidades, “al denunciar la supresión del derecho de crítica dentro del seno de la Revolución”.

“En estos momentos -cuando se instaura en Chile un gobierno socialista y cuando la nueva situación creada en el Perú y Bolivia facilita la ruptura del bloqueo criminal impuesto a Cuba por el imperialismo norteamericano-, el uso de medidas represivas contra intelectuales y escritores, quienes han ejercido el derecho de crítica dentro de la Revolución, puede únicamente tener repercusiones sumamente negativas entre las fuerzas antiimperialistas del mundo entero, y muy especialmente en la América Latina, para quienes la revolución cubana representa un símbolo y estandarte”. Antes de sus nombres, los escritores, filósofos y poetas dejaban constancia de su apoyo a la revolución, a su futuro, a sus gestores y a los principios que “inspiraron la lucha en la Sierra Maestra, y que el gobierno de Cuba ha expresado tantas veces por medio de las palabras y acciones de su primer ministro, del comandante Che Guevara y de tantos otros dirigentes revolucionarios”.

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Entre los firmantes estaban Simone de Beauvoir, Ítalo Calvino, Julio Cortázar, Marguerite Duras, Carlos Fuentes, Luis Goytisolo, Alberto Moravia, Octavio Paz, Jean-Paul Sartre, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, aunque como lo repitió en varias ocasiones García Márquez, él no firmó la carta, sino que lo hizo en su nombre Plinio Apuleyo Mendoza. Pasados unos días de la carta de los intelectuales, Fidel Castro fue a hablar con Padilla. “Recuerdo el estruendo de rejas que se abrían a su paso y el movimiento espectacular de la escolta abriéndole paso en un sitio en que hasta los objetos se habrían arrodillado para hacerlo pasar; los gritos que lanzó a los policías: ‘Salgan todos y esperen en el pasillo’ en tanto sus guardianes se esfumaban y él agitaba un file, y recorría el espacio a grandes zancadas evitando el mirarme de frente. ‘Aquí los únicos que tenemos que estar somos nosotros dos’. Se volvió teatralmente: ‘Porque hoy tengo bastante tiempo para hablar contigo y creo que tú también’”.

Después de una breve pausa, recalcó que tenían “bastante de qué hablar”. Como lo escribió Padilla en su “Mala memoria”, “Sí, tuvimos tiempo sin duda para hablar, o para que él hablara y se explayara a su gusto, y se cagara en toda la literatura del mundo ‘porque echar a pelear revolucionarios no es lo mismo que echar a pelear literatos, que en este país no han hecho nunca nada por el pueblo, ni en el siglo pasado, ni en éste; que están siempre trepados al carro de la Historia…’“. Castro se marchó, Padilla siguió preso. Uno, dos tres, cinco días, hasta que lo llevaron de nuevo adonde el teniente Álvarez, quien le informó que la “jefatura” le había “bajado la orientación de que escribas una carta reconociendo los errores que has cometido, los errores que tú mejor que nadie conoces. El compañero te llevará a una oficina, escribe allí la carta, me la envías”. Lo llevaron a una oficina donde estaba su máquina de escribir, y lo dejaron allí, con un cesto de galletas, una gaseosa y una resma de hojas en blanco numeradas.

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“Pensé que bastaría escribir una declaración donde admitiera que en mis conversaciones con los miembros de la Seguridad del Estado había llegado a la conclusión de que mis amigos y yo habíamos sido irresponsables en nuestras relaciones con extranjeros. Maticé el texto del modo que siempre la Policía prefiere; es decir, que nuestras ambiciones literarias estaban por encima de nuestras responsabilidades políticas y que este hecho exigía encuentros regulares entre el Partido y la Unión de Escritores y Artistas para fijarnos normas de conducta e intercambios regulares que evitasen nuevos errores. Cuando me comí la última galleta y me tomé la gaseosa estaba convencido de que veinticuatro horas después estaría libre”. No fue así. Padilla tuvo que volver a escribir su auotodegradación, y luego, leerla ante decenas de escritores y oficiales del Gobierno en la Unión de Escritores. Su autodegradación fue calificada por García Márquez como peligrosa. “Yo no sé si Padilla le ha hecho daño a la Revolución como se dice; pero su autocrítica sí se lo está haciendo, y mucho”, dijo.

Octavio Paz comentó que “Todo esto sería únicamente grotesco, si no fuese un síntoma más de que en Cuba ya está en marcha el fatal proceso que convierte al partido revolucionario en casta burocrática y al dirigente en César”. El Gobierno había difundido la carta de Padilla “pidiendo clemencia”, como la calificó, por todos sus órganos de divulgación, empezando por Prensa Latina. “Y esto, sin duda, había suscitado la desconfianza general. Según los oficiales de la Seguridad del Estado, Fidel había visto la filmación de la ceremonia de la autocrítica hecha exclusivamente para él, y había quedado satisfecho”.El 20 de mayo del 71, los intelectuales de Europa y América le enviaron otra carta de rechazo a Castro, que comenzaba con un directo párrafo: “Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera. El lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla solo puede haberse obtenido por medio de métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias”.

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Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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