Hace dos años, cuando los rumores de una adaptación televisiva de “Cien años de soledad” estaban a punto de convertirse en realidad, muchos amantes de la literatura de Gabriel García Márquez expresaron su preocupación por lo que consideraban una afrenta contra la voluntad del fallecido escritor. Se recordó que él mismo se había negado a materializar un proyecto como este por las limitaciones que una producción audiovisual podría imponer sobre su obra y se aseveró, con justas razones, que lo que llegase a la pantalla jamás podría acercarse a lo que hacía más de cincuenta años había quedado consignado en las páginas de la novela. A pesar de todo, la serie salió, el mundo la vio y el discurso empezó a cambiar.
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Con la segunda temporada la actitud parece haber mutado hacia un lugar mucho más receptivo y curioso. Independientemente de las críticas, la serie “Cien años de soledad” pareció haberse ganado el respeto del público no porque hubiese logrado imponerse sobre las palabras de García Márquez, sino porque su realización requirió un despliegue técnico y artístico nunca visto en el continente. Se construyeron cuatro pueblos para rodar la serie, el más grande de 560.000 metros cuadrados ubicado en Alvarado, Tolima; se contrató a más de 13.000 actores, entre los que había profesionales, naturales, extras y dobles de acción; se confeccionaron 64.000 prendas, y se sembraron casi 19.000 plantas con el fin de hacer de este un Macondo real.
Aun así, asumir este proyecto significó para Laura Mora, directora de cinco de los ocho episodios que componen esta segunda parte, darse cuenta de lo limitado que podía llegar a ser el lenguaje audiovisual frente al escrito. Pero, en sus palabras, “ahí radica también su belleza: en el intento de traducir lo inabarcable, en el esfuerzo por convertir lo intangible en imagen”. Ese fue el espíritu que los guio a seguir adelante a ella y a todos los que han hecho parte de esta producción audiovisual, en la primera y en la segunda parte.
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La idea de que era una tarea imposible, como pensaron tantos que habían soñado con materializar una adaptación audiovisual de la novela antes, fue, paradójicamente, lo que le dio el impulso al proyecto. Todos sabían de entrada que no lograrían representar con completa fidelidad y para todo público lo que García Márquez había escrito, pero eso no significaba que no pudieran dejar en la pantalla su propia lectura. Con esta filosofía empezaron a trabajar y sacaron la primera temporada. Ahora el reto era mantener los estándares y llevar esta historia lo mejor posible a su fin.
Para esta segunda parte, el equipo retomó la historia en la época en la que el coronel Aureliano Buendía libraba alguna de sus 32 guerras revolucionarias. Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo, los gemelos de Arcadio y Santa Sofía de la Piedad, han dejado la infancia y cada vez es más fácil distinguirlos, mientras que su hermana, Remedios, la bella, ya se pasea por las calles de Macondo cubierta con un velo para no enloquecer a los hombres que se cruzan con ella. Es una época de prosperidad para el pueblo y para la familia Buendía y, con ella, vinieron nuevos retos para el equipo detrás de la producción de la serie.
El primero, evidentemente, fue la de continuar con la tarea insoslayable de retratar la obra original con la mayor fidelidad posible. En segundo lugar, estuvo la de hacer evidente el paso del tiempo. A diferencia de la primera temporada, cuando se hablaba de un terreno virgen donde se habría de fundar un pequeño paraíso terrenal, el Macondo de la segunda ya es mucho más complejo. Ha visto la sangre y la violencia, ha soportado épocas de crisis y se ha tenido que enfrentar a los cambios de su desarrollo social y económico. La casa Buendía tuvo su primera ampliación, Úrsula ya tuvo que enterrar a hijos y nietos y la vida en el pueblo parece ir avanzando cada vez más a la par que la del resto del mundo.
Finalmente, el tercer reto que tuvieron que sortear fue hacer que la historia de Macondo reflejara también la historia de Colombia. Si bien se trata de una obra de ficción, se enmarca en un período muy específico entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, por lo que fue necesario, después de repasar la novela, mirar cómo se vivió realmente esa época en el país. El Espectador conversó con sus directores y tuvo acceso a testimonios de varios miembros de la producción sobre cómo abordaron cada uno de estos puntos para el cierre de la historia.
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Convirtiendo palabras en imágenes
El punto de partida desde siempre fue la obra original. Parece una perogrullada, pero cabe resaltarlo por el grado de detalle con el que se construyó la serie. Tomemos, por ejemplo, uno de los pasajes de la novela sobre la llegada de la compañía bananera:
“(...) los suspicaces habitantes de Macondo apenas empezaban a preguntarse qué cuernos era lo que estaba pasando, cuando ya el pueblo se había transformado en un campamento de casas de madera con techos de zinc, poblado por forasteros que llegaban de medio mundo en el tren, no solo en los asientos y plataformas, sino hasta en el techo de los vagones. Los gringos, que después llevaron a sus mujeres lánguidas con trajes de muselina y grandes sombreros de gasa, hicieron un pueblo aparte al otro lado de la línea del tren, con calles bordeadas de palmeras, casas con ventanas de redes metálicas, mesitas blancas en las terrazas y ventiladores de aspas colgados en el cielorraso, y extensos prados azules con pavorreales y codornices. El sector estaba cercado por una malla metálica, como un gigantesco gallinero electrificado que en los frescos meses del verano amanecía negro de golondrinas achicharradas”.
De entrada, se trata de un reto para los guionistas, quienes deben tratar de llevar estas descripciones a acciones o diálogos que puedan ser capturados por las cámaras. Pero aquí también entraría a trabajar el equipo de vestuario para sortear los “trajes de muselina”; el de diseño de producción, encargado de las “casas de madera con techos de zinc” y las “casas con ventanas de redes metálicas”; el de reparto, que debió conseguir “gringos” y “mujeres lánguidas”, y el de dirección, que debía aglutinar todo esto en una secuencia de planos que tuviese sentido para la historia. La fidelidad a la historia implicó no enfocarse solo en lo que podríamos llamar la “historia principal”, sino también prestar atención a todos los demás elementos que componen la novela.
“En cada plano hay pequeñas cosas que quizás el espectador no vaya a notar, pero que, para mí como directora, son fundamentales. Creo en lo visible y lo invisible de la imagen para crear una atmósfera, al igual que en la fuerza narrativa del sonido. Soy muy obsesiva con el vestuario, por ejemplo, y tengo que tocar todas las telas y tener muchos referentes para dar con las piezas que son. También tengo una manera muy análoga de trabajar; entonces, todo el tiempo estoy buscando fotografías, pinturas e incluso películas que me ayuden a alimentar ese acervo creativo que necesito para construir las imágenes”, afirmó Mora.
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Esa minuciosidad se aplicó desde lo más grande, con la construcción del pueblo basada en investigaciones sobre la arquitectura de Colombia de esa época, hasta lo más pequeño, como los pequeños detalles del vestuario. Por ejemplo, Catherine Rodríguez, diseñadora de vestuario de la serie, explicó que se le prestó especial atención a la confección de piezas como la capa de armiño que usa Fernanda del Carpio durante su coronación como la reina de Madagascar y las polainas del uniforme que José Arcadio Segundo utiliza cuando empieza a trabajar para la compañía bananera.
Ahora bien, el equipo también tuvo que tomar decisiones sobre qué se podía mostrar y qué no, pues la idea tampoco era sobresaturar la imagen de detalles que, más que rendir un homenaje a la obra, podrían terminar desviando excesivamente la atención. “Uno siempre quiere conservar muchos detalles, pero se corre el riesgo de que el espectador se extravíe. Hay que tomar decisiones a favor de la narración. El departamento de arte nos ofrecía muchos detalles y nosotros también muchas veces hicimos sugerencias al respecto, pero había momentos en los que teníamos que aceptar que era imposible traer todo de la novela. Nuestro oficio no es ese. Nuestro oficio es contar una historia”, aseveró Carlos Moreno, director de tres episodios de esta segunda parte.
Todo esto hace que la serie de “Cien años de soledad”, al igual que el libro, adquiera un nuevo tinte con cada mirada. “El diablo está en los detalles (y Dios también)”, afirmaron los directores, por lo que esperan que su audiencia, además de dejarse llevar por la tragedia de la familia Buendía, pueda apreciar la minuciosidad del trabajo que requirió llevarla a la pantalla.
Sobre el paso del tiempo
Úrsula Iguarán, el único personaje que atraviesa esta historia casi de principio a fin, sospechaba que el tiempo no pasaba, sino que daba vueltas en redondo. Las empresas imposibles y las guerras perdidas le hacían confirmar sus suposiciones y esto fue algo que la serie también tuvo que retratar. Las nuevas generaciones de los Buendía enfrentaban siempre los mismos problemas, pero con el agravante de que traían ya encima todos los que sus antepasados habían sembrado sobre esa tierra. En otras palabras, el Macondo en el que se grabó la segunda temporada debía ser un pueblo marcado por las heridas de su pasado.
Como lo dijo Bárbara Enríquez, diseñadora de producción de la serie, “‘Cien años de soledad’ es la historia de un pueblo que nace y termina podrido y esa descomposición profunda es parte esencial del relato y su destino inevitable”.
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En ese sentido, es cierto que este Macondo es mucho más grande, más complejo, pero también se siente mucho más viejo. Desde el principio de la temporada se empieza a ver la espiral de deterioro en la que entra el pueblo mientras avanza la historia de la estirpe y sobre todo el departamento de diseño de producción tuvo que encargarse de materializarla. Como lo explicó Juliana Flórez Luna, productora ejecutiva de la serie: “En la segunda parte entramos en la decadencia. El desgaste se ve en las paredes, en los espacios, en los cuerpos. Fue un trabajo titánico del equipo de arte, pintura escénica, escultura y maquillaje, pero también de los actores, que asumen el paso del tiempo en sus gestos y corporalidad. Incluso el tiempo real jugó a nuestro favor. Lo que era nuevo en la primera temporada hoy está invadido por vegetación. Macondo ya no es un set: se siente como un pueblo con historia, con capas acumuladas”.
Pero más allá de lo técnico, el paso del tiempo también implica ubicar a Macondo en un período histórico distinto al de la primera. Las “veinte casas de barro y cañabrava” quedaron atrás para darle paso a un pueblo que tiene luz eléctrica, una estación de tren, prostitutas, mendigos y, por supuesto, una nueva compañía que promete traer progreso para la gente del pueblo. Aquí es donde la investigación histórica cobró especial relevancia para los realizadores, que estuvo igual de presente que el estudio de la novela.
Sobre la precisión histórica
La serie y la novela son obras de ficción, así que sería absurdo exigirles la rigurosidad de un documental o una biografía, pero, aun así, se trata de dos piezas profundamente atravesadas por la historia de Colombia. Este fue uno de los grandes cambios que resaltaron varios miembros del equipo de producción de la serie al hablar de esta segunda parte. Para hacerla, tuvieron que empaparse mucho más que antes en lo que estaba pasando en los primeros años del siglo XX en el país. “La transformación social y política de Macondo fue lo que marcó la segunda parte. Cuando entra la historia política en la primera parte, el pueblo es atravesado por la violencia y la realidad de ese contexto y eso los transforma”, afirmó la guionista Natalia Santa.
Fue en este punto que Laura Mora prestó especial atención y que incluso llevó al equipo a tomar clases con Javier Ortiz Cassiani, historiador del Caribe y experto en la obra de Gabriel García Márquez. Se trató de una herramienta fundamental para poder contar algunos de los episodios de esta segunda temporada. “Uno lee ‘Cien años de soledad’ e intuye que está leyendo la historia de Colombia, sin contarla. No tiene que irse a fechas exactas para que los lectores sepan que así fue esa época del país y del mundo. Eso fue fundamental porque, cuando uno está creando, entre más información tenga, más va a poder llenar la imagen de sentido”, afirmó la directora.
Y uno de los episodios más ilustrativos de este proceso se puede ver en el rodaje de la masacre de las bananeras, uno de los episodios cumbre de la novela y que llega a la serie en esta segunda temporada. Gran parte de esa investigación se dio en los archivos de Harvard, donde existe una amplia documentación del funcionamiento de la United Fruit Company en Colombia. Fotografías, testimonios y otros documentos fueron llenando la cabeza de la directora y todos contribuyeron de una forma u otra a la filmación. Ese mismo entusiasmo investigativo fue el que la impulsó a llevar esta parte de la historia un paso más allá.
“Me obsesioné desde la preproducción con que en ese capítulo filmáramos material en súper 16”, afirmó refiriéndose a un material fílmico análogo que se utilizó en este capítulo. “Quisimos hacerlo así porque ha sido un evento tan negado y tan poco documentado, porque solo existe el archivo de Floro Piedrahita sobre las marchas, que filmarlo de esta manera le daba una sensación de falso archivo. Al principio fue un detalle menor, pero cuando estábamos en la etapa de montaje nos dimos cuenta de que tenía un aporte narrativo muy poderoso”, agregó Mora.
Y así podríamos continuar con anécdotas, decisiones y detalles que se tuvieron en cuenta para la segunda temporada de “Cien años de soledad”, cuyos primeros siete capítulos ya están disponibles en la plataforma. El próximo 26 de agosto se estrenará el “gran final”, en el que el público verá el débil legado de la estirpe Buendía y su pueblo arrasado por un huracán bíblico. Con él también se ira el viejo debate de si la serie superó al libro, pues quedó claro que ese nunca fue sido el camino. Más bien, esta adaptación de Gabriel García Márquez abre una puerta a más lecturas, más interpretaciones e invita a quienes no lo han hecho durante estos casi 60 años a acercarse a una de las obras más importantes de la literatura latinoamericana.
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