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La última partida de ajedrez (I) (Cuentos de sábado en la tarde)

"Esa mañana, después de que mi padre me dio la noticia, empecé a hablarme sin adornos. Aunque cada palabra se sintiera como una puñalada en ambos pulmones".

26 de septiembre de 2026 – 05:45 p. m.
Ajedrez
Juego de ajedrez
Foto: pixabay

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Esa mañana, después de que mi padre me dio la noticia, empecé a hablarme sin adornos. Aunque cada palabra se sintiera como una puñalada en ambos pulmones.

Era martes, cerca de las once de la mañana. Me encerré en la habitación y no salí hasta las ocho de la noche. No quería darles a mis hermanos una sola razón para murmurar sobre mi sufrimiento. Que dijeran que lucía débil, que caminaba con los hombros caídos. Eso jamás.

Durante esas horas lloré con odio. Las lágrimas me bajaron por el cuello y se perdieron entre el nacimiento de los senos. Revolqué el cuarto hasta encontrar el libro de una escritora brasileña que había terminado de leer por esos días. Busqué la frase y la leí: "Un medio de obtener es no buscar. Un medio de tener es no pedir. Y creer que el silencio que yo creo en mí es una respuesta para mí… para mi misterio". Cerré el libro y lo abracé con fuerza.

Me sequé la cara. Tomé un labial de Elizabeth, mi hermana mayor. Desgraciadamente, compartíamos el cuarto. Fui al baño y empecé a escribir sobre el espejo. Mientras deslizaba la punta del labial, me mordía el labio inferior. Todo mi cuerpo estaba intoxicado de ira, pero debía escribir con suavidad: si el labial se rompía, no podría completar la frase. Cuando terminé, la leí en voz alta: "Sí, mi fuerza está en la soledad, no tengo miedo ni de lluvias tempestuosas ni de vendavales desatados, pues yo también soy la oscuridad de la noche".

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Después me puse unas uñas postizas que, más bien, eran garras. Cuando abrí la puerta, dejé enterrada en aquella habitación la costumbre de llevar las uñas cortas para complacer a don Alfonso, mi padre. Salí dispuesta a tomar todo lo que me pertenecía.

Durante mucho tiempo mi pieza favorita del ajedrez fue la reina. Después entendí que la reina recorre líneas. El caballo no las sigue: salta sobre las demás piezas, rompe el orden y cambia la jugada.

Por eso elegí ser caballo. Elegí el salto, el riesgo, la posibilidad de moverme donde nadie me esperaba. Mientras escribía sobre el espejo, imaginé el grito de Elizabeth al descubrir lo que había hecho. No soportaba encontrar un par de zapatos fuera del lugar que les había asignado. Hay personas que encuentran en la limpieza la única forma de purificar el alma.

Le di gracias a Dios, al que nunca antes le había rezado, por tener un espejo grande. La casa iba a arder. Y lo mejor: yo no estaría ahí para verlo.

Antes de salir de fiesta, llené la tina y encendí la radio de la grabadora. Casi como si Dios me hablara, comenzó a sonar la canción que más había escuchado durante las últimas dos semanas. Se había convertido en un himno sagrado: Love Is a Battlefield.

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"El amor es un campo de batalla". Y sí: en el amor suele ganar quien necesita menos, quien conserva una vida por fuera del otro. Canté tan fuerte que mi voz retumbó en todas las paredes de la casa: "We are strong… no one can tell us we are wrong". Somos fuertes… nadie puede decir que estamos equivocados.

Me puse un suéter con las mangas blancas y un mosaico de cuatro cuadros al frente: rosa, verde, amarillo y azul. Semanas antes me había hecho crespos permanentes. Me parecía a Whitney Houston, o eso decían mis amigos. Mientras me aplicaba la pestañina —apenas podía verme en el espejo rayado—, recordé la noche en que mi padre me enseñó a jugar ajedrez.

—Tienes que aprender muchas cosas, hija. Sacarle tiempo a todo, como hacía Albert Einstein.

—¿Cuántos cuadros tiene el tablero? — preguntó papá

—Sesenta y cuatro. Ocho filas por ocho columnas.

—Las uñas cortas se ven más elegantes en una mujer —dijo con una sonrisa.

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Ese mismo día me las corté. Por esa época le hacía caso en todo.

Fue nuestra primera partida de ajedrez y aproveché para preguntarle si él había escogido mi nombre. Me contó que mi madre había elegido uno compuesto, Blanca Cecilia, pero lo olvidó durante el camino. La secretaria del notario llevaba una blusa violeta. De ahí salió mi nombre. Reímos al mismo tiempo.

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Recordé que un amigo de mi padre decía que los argentinos tomaban mate durante las reuniones familiares y reservaban el café para los asuntos delicados. Mi padre y yo lo hacíamos al revés: para lo tranquilo, café; para lo grave, ajedrez.

Me llamaba a su estudio, ponía el tablero, movía una pieza y me contaba qué había pasado. Luego le pedía a Betsy, quien nos ayudaba con los quehaceres de la casa, que nadie nos molestara.

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Cuando salía del estudio, mis cuatro hermanos me perseguían por toda la casa. Uno me ofrecía llevarme a una fiesta. Otro prometía prestarme el carro de mi padre durante un día. Vendían su alma con tal de que les ayudara a sacarle información a mi padre o les contara qué pensaba él de alguno de mis hermanos. Nunca negocié con ellos PIER y, al final, tuve la vuelta en el carro y mucho más.

Mi padre había sido carpintero. Después abrió un taller de ebanistería, prosperó poco a poco y compró algunas propiedades. Mi madre decía: "Alfonso compra hasta un hueco y después pide el doble". Tenía fincas en Icononzo, Mariquita, Pandí. Cuando viajábamos, tardábamos horas en salir del pueblo porque todo el mundo detenía a mi padre para saludarlo. Aun así, algunos vecinos se quejaban de que Alfonso pasaba sin saludarlos. Mi madre terminó comprando una mano que se movía de un lado a otro y la instaló sobre la capota del carro. Así nadie podía decir que él no saludaba a los vecinos.

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En el estudio jugábamos en silencio. Solo se escuchaba el golpe seco de las piezas contra el tablero. Esa fue la forma que encontré para acercarme a él. O que él encontró para acercarse a mí.

Durante una partida le confesé que la contabilidad no era lo mío y que quería estudiar diseño de modas. Mientras me enseñaba la apertura española, me contó que Horacio, el menor de los cinco, había sacado el carro a escondidas para viajar con unos amigos. Le preocupaba que mi hermano no se decidiera por ninguna carrera.

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Frente al tablero también le conté que Juan Carlos, mi novio durante cinco años, me había engañado con una compañera de la universidad. Le dije que la vida, por lo menos, me había liberado de acompañar a mi suegra a misa todos los domingos.

Al final de otra partida, mi padre me anunció que los medicamentos no funcionaban y que tendrían que amputarle la pierna izquierda. Nos abrazamos y lloramos. Fue la única vez que lo vi llorar. Fui la primera en conocer su estado de salud y guardé su secreto durante semanas sin mostrar ningún signo de debilidad.

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Después de la amputación, hubo noches en las que gritaba de dolor. Yo me quedaba a su lado, masajeando lo que quedaba de su pierna. Por eso, la mañana en que me llamó al estudio, no podía creer que esta vez la noticia fuera sobre mí. Fui la primera en saberlo y quien guardó el secreto por largas semanas sin mostrar ningún signo de debilidad. Fui la única que no derramó una lágrima, mi padre no merecía que le tuviera compasión

Ese día que me dio la noticia me puso a elegir entre blancas y negras. En cinco años de juego eso nunca había pasado. Cuando entraba al estudio, él ya tenía las piezas en el tablero y siempre me tocaba jugar con las blancas. Ahí confirmé que el asunto, fuera cual fuera, tenía que ver conmigo. Elegí las negras y me senté fingiendo que no pasaba nada…

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Comentarios
  • Jesús Alberto(o9rw6)•Hace 13 horas
    Que lindo!

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