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El mundo que Débora Arango decidió pintar

La familia de la artista paisa entregó en comodato al Museo de Antioquia las obras que ella conservó hasta el final de su vida. La exposición permite ver, por primera vez reunido, ese conjunto de pinturas. Su lugar en la historia del arte colombiano.

Laura Camila Arévalo Domínguez

08 de agosto de 2026 - 05:51 p. m.
118 obras en comodato de sus familiares —pinturas, acuarelas, dibujos, bocetos, cerámicas y piezas en tiza— revelan la dimensión más íntima de una de las artistas fundamentales del arte colombiano.
Foto: Museo de Antioquia
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Era pecado pintar montañas de carne. También era pecado admirarlas. En 1940, Débora Arango exponía en el foyer del Teatro Colón algunos de sus cuadros. Uno de esos días descubrió a un grupo de jóvenes turnándose para verlos. Mientras unos veían, otros vigilaban que no fuese a venir “el hermano”, un cura que no podía descubrir que les interesaban las indecencias por las que esta artista paisa ya había tenido que aclarar en Medellín que “el arte no tenía nada que ver con la moral”. “Un desnudo es un paisaje de carne humana. Esta es una exposición de arte y no una clase de moral; es un certamen de estética y no un cursillo de ética”. Así lo registraron el diario El Vespertino y El Independiente, medios consultados por Víctor Cabezas Albán, quien escribió el libro “Débora Arango, de perfil”.

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Este y otros hechos se registraron en este libro para reconstruir la vida y obra de la artista, en las que, además, ahora tenemos la oportunidad de profundizar gracias a una exposición inaugurada el pasado 1.° de agosto en el Museo de Antioquia. La muestra reúne pinturas que la familia Arango entregó en comodato al recinto.

Antes teníamos fragmentos. Encontrarse con un par de sus cuadros era un acontecimiento que daba cuenta de su ruidoso aislamiento: es probable que, para proteger su mirada, se haya aislado de la academia, la vida pública y la política, que probablemente querían extraerle el cerebro y la voluntad. Arango fue criticada por su falta de técnica y su falta de Dios, aunque eso fuera lo que apaciguaba sus angustias más humanas y los rituales cotidianos.Cuando mostró sus cuadros en Medellín, corrió el riesgo de ser excomulgada, así fuese una cristiana entregada en alma y cuerpo, porque asistía puntualmente a la iglesia y cumplía con casi todos sus deberes religiosos. Esos llamados, el de Dios por su fe y el de su curiosidad por el arte, fueron los que la entregaron a una vocación monacal hacia su obra: no fue madre, esposa ni ama de casa.

Sus obras muestran lo que vio. La maternidad entre la miseria, las fisuras familiares que dejaba la guerra, lo placentero y lo doloroso de la feminidad, además de lo más íntimo de su familia, que no se libró de las implicaciones de la mortalidad: la incertidumbre, el dolor y el trabajo.

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La apertura de El mundo en primera persona se suma a un homenaje más amplio a la maestra Débora Arango, impulsado por la Promotora Cultural en el marco de la segunda edición de la Temporada Cultural de Medellín.
Foto: Museo de Antioquia

Camilo Castaño, curador del Museo de Antioquia, habló para El Espectador sobre esta obra, que, para él, enriquece no solo la lectura de la producción de Débora Arango, sino también la manera en que este recinto cuenta la historia del arte colombiano.

¿Cómo lograron que la familia entregara estas obras al museo? ¿Fue una propuesta de ellos? ¿Dónde estaban esas obras?

Las obras pertenecen a la familia de la maestra Débora Arango, específicamente a los hijos de Cecilia, la sobrina que la cuidó durante sus últimos años. A raíz de todas las discusiones y polémicas que históricamente han rodeado a la figura de Débora, ellos comenzaron una búsqueda para saber dónde estaba su obra, qué instituciones y qué museos la conservaban. Nos contactaron en el Museo de Antioquia, donde tenemos “La procesión”, y querían conocer toda la información relacionada con esa pintura. A partir de ahí comenzó una conversación muy importante, en la que ellos nos hicieron la generosa propuesta de prestar estas obras por un largo período para que fueran exhibidas en el museo. Eso ocurrió a finales del año pasado.

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Armaron la exposición en tiempo récord…

Sí. Esas piezas se incorporaron al montaje de la sala de larga duración —o permanente— Historias para repensar, que ya estaba proyectada para este año. Ese espacio corresponde al período de los artistas de la primera mitad del siglo XX, donde se concentra la mayor parte de su producción. Como el proyecto ya venía desarrollándose, pudimos incorporar rápidamente estas obras. Se trata, entonces, de un comodato de larga duración. Las obras siguen perteneciendo a la familia.

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¿Y cómo conservaron hasta ahora esas obras? ¿Por qué no se habían mostrado?

Estas son las obras que la maestra conservó hasta el final de su vida. Durante mucho tiempo no existía un espacio donde pudiera verse este conjunto de manera permanente. La intención de la familia, que además es muy generosa, es precisamente que el público conozca este cuerpo de obra, que es muy especial porque ella decidió conservarlo hasta su muerte. En su mayoría son piezas profundamente personales: retratos familiares y obras que quiso especialmente porque la conectaban con distintos momentos de su vida. La idea era, entonces, facilitar la difusión de esa obra dentro de un contexto muy significativo como el Museo de Antioquia, un edificio que alberga los murales de Pedro Nel Gómez y reúne a muchos de los artistas contemporáneos de Débora. Eso le da una relevancia muy particular tanto a la sala como a la exposición.

Con esta muestra es fácil pensar en la paradoja de la vida y la obra de Débora Arango. Sus temas, su técnica y sus elecciones parecen profundamente conectados con la realidad más cruda que vivió y observó en el país. Pero, al mismo tiempo, llevó una vida muy devota, muy privada y muy religiosa…

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Por eso la exposición se llama “El mundo en primera persona”. Creo que ese título también dialoga con el presente y con una inquietud tanto del museo como mía como curador: mostrar cómo aquello que ella pensó, sintió y observó del mundo se conecta con una realidad mucho más amplia, que fue la sociedad de su tiempo y el compromiso que asumió frente a ella. En estas obras uno encuentra esa conexión, pero desde una perspectiva que exige un nivel distinto de sensibilidad y de complicidad. No basta con contemplarlas. Muchas veces son temas muy duros, mostrados, además, de una manera muy directa.

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Hablemos de algún cuadro en particular de esta exposición, para poner un ejemplo de la dureza de esos temas y la intimidad de Arango…

Pienso, por ejemplo, en el retrato de su padre. Es el retrato de un hombre antioqueño de la primera mitad del siglo XX, pero detrás de él aparece, como si fuera una ventana, una escena de la Segunda Guerra Mundial: los bombardeos, los cañones, el fuego, los periódicos... Mientras transcurre esa vida íntima, el mundo está atravesado por una tragedia enorme. Hoy vivimos algo parecido: uno abre una red social y encuentra primero la fotografía de un amigo o de un familiar; hace scroll y aparece inmediatamente una noticia sobre la realidad más dura del mundo. Débora hacía algo muy semejante: construía una especie de collage de la realidad.

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¿Cómo cree que Débora Arango logró que la religión no la dominara? Es decir, ¿cómo logró no autocensurarse? Siendo tan creyente y devota, representó una realidad que no coincidía con esa visión idealizada o con aquello que tradicionalmente promovió la Iglesia.

Ahí está uno de sus grandes méritos. Al prescindir de la academia, toda visión idealizada del mundo desaparece. Lo primero que hace es asumir plenamente su condición de artista y preguntarse qué realidad quiere mirar, más que cómo representarla. Ese cambio de enfoque es fundamental. A partir de esa decisión deja de idealizar el mundo y, en consecuencia, tampoco lo representa como históricamente se había hecho en el arte colombiano: mediante cuerpos perfectos, formas armónicas y modelos asociados con la belleza, la decencia y el canon europeo. Creo que eso es lo más importante de entender en su obra. Nunca buscó embellecer la realidad. Más bien decidió mirarla con absoluta honestidad.

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¿Se aisló para proteger su mirada o para protegerse de la crítica?

No creo que haya sido una reacción al rechazo que sufrió. Antes de eso ya existía en ella una cierta extrañeza frente al mundo. Ese aislamiento fue, en buena medida, una decisión consciente para poder mirar la realidad desde su propia sensibilidad. También estaba rodeada de personas que compartían esa manera de pensar, como Pedro Nel Gómez. Los murales que él realizó para este edificio —que hoy es el Museo de Antioquia y entonces era el Palacio Municipal— buscaban conectar el arte con la vida cotidiana de las personas y con sus problemas.

“El arte nada tiene que ver con la moral: un desnudo no es sino la naturaleza sin disfraces, tal como es, tal como debe verla el artista”, dijo ella después de su primera exposición en Medellín. ¿Qué piensa de esta frase?

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Es que cualquier persona desprevenida o malintencionada podría pensar que ella hacía esas obras solo para escandalizar, pero ella estaba trabajando dentro de los mismos géneros que históricamente habían utilizado los demás artistas. El desnudo, por ejemplo, hace parte de toda la tradición occidental y del aprendizaje académico de la pintura. El estudio del cuerpo humano era fundamental para realizar retratos, escenas históricas e imágenes religiosas. Lo que ella hace es completamente distinto. No pone esos desnudos al servicio de un personaje religioso, ni de una Eva ni de una Magdalena. Pinta simplemente el cuerpo femenino, desprovisto de esas nociones de decencia que históricamente habían acompañado ese tipo de imágenes. Si uno revisa el arte colombiano anterior a Débora, encuentra que los desnudos siempre cumplían una función moralizante. Ahí están los ejemplos de Francisco Antonio Cano y Epifanio Garay. El desnudo hacía parte de un relato mayor. Si aparecía Cleopatra, por ejemplo, existía un contenido moral detrás de esa representación. Lo mismo ocurría con Magdalena. Además, estaba siempre presente esa mirada masculina. Débora eliminó esa función. Cuando pintaba un desnudo sin ponerlo al servicio de una enseñanza moral o religiosa, la reacción de la época solo podía ser de sorpresa e indignación.

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En la exposición hay citas de ella y reflexiones sobre estos y muchos otros temas, como si susurrara las motivaciones detrás de sus cuadros y sus decisiones…

Ahí es donde se evidencia la enorme conciencia que tenía sobre lo que estaba haciendo. Y no solo realiza la obra, sino que, además, la acompaña con un discurso. Por eso incorporamos muchas de sus palabras dentro de la exposición y, precisamente, la cita que me mencionaste aparece allí. Ella está diciendo algo muy claro: el arte no tiene por qué ser subsidiario de la moral. En esa afirmación también está presente una parte de la libertad que el arte conquistó durante el siglo XX. Aunque, en su caso, esa libertad nunca estuvo desligada de un compromiso con la realidad. Ella decide conscientemente qué pintar.

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Por Laura Camila Arévalo Domínguez

Periodista en el Magazín Cultural de El Espectador desde 2018 y editora de la sección desde 2023. Autora de "El refugio de los tocados", el pódcast de literatura de este periódico.@lauracamilaadlarevalo@elespectador.com
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