Publicidad

Lecturas filosóficas: dificultad y deleite en tiempos de transición (I) (Sobrepensadores)

Esta nueva entrega parte de la imagen de Stanislav Lem de una civilización reconstruida a partir de minucias para abordar los fragmentos y trazos inconexos en que nos llega el conocimiento heredado del pasado. El texto recorre ideas de Nietzsche, Simmel, Camus, Bauman y Byung-Chul Han para pensar el papel de la filosofía frente a la velocidad y los cambios de nuestro tiempo.

Roberto Palacio
13 de septiembre de 2026 – 09:35 a. m.
Librería
Estamos arrojados a un vaivén incesante de cambio que no podemos descifrar ni con la emocionalidad ni con el intelecto. (Imagen de referencia)

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

En su novela de ciencia ficción de 1961, Memorias encontradas en una bañera, Stanislav Lem se imagina un mundo en el cual un catalizador, el Harcius, capaz de desestabilizar la estructura molecular de la celulosa, ha convertirlo todo el papel en una pira de ceniza; todo libro, todo documento, toda instrucción y todo el dinero reducido a polvo inservible. Solo unos fragmentos encontrados en una bañera han sobrevivido. La civilización que habría de venir debía reconstruirse a partir de minucias. 

Esta es en muchos sentidos nuestra situación actual ante el corpus de conocimiento que nos legó el pasado. Es como si una explosión catastrófica hubiera detonado en la mitad de todo y lo que encontramos en redes, en medios, son trazos inconexos, memes, noticias de noticias, restos de verdades que aún subyacen a nuestras vidas y que no logramos poner juntos, entender en qué orden encajan ni cómo llegaron a nosotros. Sólo nos queda la sombra de algunas presencias que llamábamos “Verdades”. No sabemos qué eran o cómo era la vida bajo la sombra firme que proyectaban. Si nos atenemos a nuestra perspectiva, siempre hemos vivido en tiempos fluidos: con descreencia, con la sensación de que todo es relativo, pensando que no nos queda más remedio que volver a comenzar una y otra vez. Ningún autor dibujó este mapa del presente –uno que se ha extendido siglo y medio– como Nietzsche en su Así Habló Zaratustra. Se trata de una lectura increíblemente compleja, llena de alusiones, símbolos y lo que uno supone es locura. Grandes cosas han llegado a Grecia gracias a la locura, dijo alguna vez Sócrates. Aún así, por décadas fue el libro de filosofía más leído en Colombia. Lo que se entiende del Zaratustra siempre se ha de medir en porcentajes, pero sus imágenes tienen una forma de permearnos, y como tal siempre he recomendado avanzar en el texto parcialmente incomprendido como se avanza en un bosque en el cual se avizoran caminos aunque no el horizonte.

Le recomendamos: “Tengo pánico”: Victoria Hernández y su papel en la obra “Lo que no tiene nombre”

La dificultad del texto no es el único disuasivo de la lectura filosófica. Cuando la filosofía está fatalmente inculcada –en el colegio, en la universidad–, lo que encontramos son sugerencias de un regreso improbable al pasado, a los clásicos por el hecho de ser los clásicos. Pero la tradición clásica no volverá –no en filosofía, ni en ningún otro ámbito– por decreto ni por el loco amor entrañable que le tenemos. ¿Hacia qué o hacia dónde vamos? ¿Qué nos queda? Hay tanta incertidumbre con ello como la que puede haber con las nuevas tecnologías que aceleradamente incluimos dentro de lo que llamamos “pensar”. Vivimos en tiempos de transición. La filosofía es un género transicional. Esta idea de Richard Rorty en La Filosofía como Política Cultural, aunque hoy nos parece el rezago de una rebeldía “light” pero irreverente de los ochenta, cobra más sentido a medida que avanzamos en el siglo XXI.

La función de la filosofía ya no es la erección de obeliscos en mármol a la “Verdad”. Platón nos enseñó a cambiar nuestro amor por Dios por amor a la Verdad, y Kant nos inculcó la idea de que la moralidad podía ser tan conminante si venía de una ley interior como si venía de la palabra revelada. Estos fueron momentos transicionales del pasado en los cuales el género filosófico cobró especial relevancia. Pero estas funciones han agotado sus posibilidades; correspondían a momentos en los que nuestras vidas y su relación con lo que Nietzsche llamó nuestras cosmogonías conceptuales eran otras. Nuestro momento transicional es uno que nos ha hecho redirigir la mirada de lo grande a las migajas, que nos ha volcado sobre nosotros mismos como un ser conectado con otros pero no vinculado, uno en el que pareciera que no hay nada verdadero que podamos llamar “profundo” en el sentido de que sea algo de lo cual creamos que vale la pena seguir hablando. La transición contemporánea es a un mundo sin sueños colectivos ni utopías, pero empapelado por todas partes con mensajes de un yo que no encuentra amparo. Hoy la labor de la filosofía debe ser la de expandir los límites de la imaginación–colectivamente, individualmente, relacionalmente- para saber si es posible habitar vidas que tengan sentido en ese mundo de cara a la redención que desesperadamente deseamos. 

Le puede interesar: Los perfiles de Londoño: Marcel Schwob, el maestro del detalle

Vivir en tiempos de transición es una tarea desmedidamente difícil sin recursos externos. La filosofía ha sido históricamente ese “recurso”. Estamos arrojados a un vaivén incesante de cambio que no podemos descifrar ni con la emocionalidad ni con el intelecto: la deleitable lectura del ensayo La Vida del Espíritu en las Grandes Ciudades del sociólogo alemán Georg Simmel revela que hace más de un siglo ya se identificaba el único medio que nos quedaba: la abstracción. Nuestras vidas son irreparablemente abstractas, lo cual se manifiesta en momentos de crisis, que como indicaban los existencialistas, tienen el poder de ponernos de cara a la existencia: ¿qué sentido tiene todo esto? ¿soy absolutamente inadecuado? A veces siento que no sirvo para nada, no encajo en todo esto. En ningún texto, debo decirlo, he encontrado en este particular esa sensación de ser leído por el autor como en El Mito de Sísifo de Albert Camus, un libro que parece escrito por un hombre en fuego, con deseos de devorarse una existencia que se le antojaba vacía, pero que como vacía podía tomar los visos de color que le pusiéramos.

La forma de ser de ese vacío se da a través de la velocidad del cambio que parece incontenible. La modernidad líquida –ese término que se queda con uno luego de leer las primeras páginas de Modernidad Líquida de Zygmunt Bauman–, el agua en que nos movemos para usar la analogía de David Foster Wallace en “Esto es Agua”, un ensayo sobre la textura de nuestras vidas mejor del cual es difícil imaginar otro, no hay que olvidarlo, tiene de fondo una modernidad sólida en donde la velocidad no es opcional. Parecemos llevados rígidamente de un estado a otro. Más que ser arrojados a diferentes escenarios, lo que es mandatorio es el cambio mismo, como un río que fluye de manera irrefrenable. Si uno quiere entender la vida vivida bajo la velocidad, no hay mejor lectura que Bauman. La filosofía se transforma acá en esa ralentización de la realidad que puede mover la película ya no a 2x, sino a 0.5x para avizorar la vida que estamos llevando. En este sentido, no hay nada que exceda en pertinencia a La Sociedad el Cansancio, La Vida Contemplativa de Byung-Chul Han, invitaciones a bajar la velocidad, a una forma de aburrimiento atento que nos urge. A pesar de sus momentos de complejidad, los pasajes difíciles de estas obras sólo aumentan su atractivo, creando la sensación de que en muy pocas páginas ya estamos inmersos en la filosofía. El filósofo coreano nos ha puesto a hablar de estos temas que no estábamos conscientes de tener atravesados: por qué vivimos agotados, por qué los rituales ya no nos dicen nada, por qué nuestras relaciones han pasado de ser efímeras a momentáneas. Parte de su éxito es haber vislumbrado que la filosofía es un género literario que pinta el cuadro grande a través de retratos. Sabemos que algo nos habla cuando nos hace hablar, como lo dijo alguna vez el psicólogo inglés Adam Phillips. El simplemente poner a hablar de filosofía a un pueblo cuya misma lengua no tiene la costumbre de luchar con los problemas conceptuales es una proeza, como bien lo dijo uno de los pioneros de la filosofía en Colombia, Danilo Cruz Vélez.

Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖

Conoce más

 

Comentarios
  • Ramiro(zk18b)13 de septiembre de 2026 – 10:28
    Que cantidad de incoherencias. Pero hay que parecer actualizado.

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido