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Los perfiles de Londoño: Marcel Schwob, el maestro del detalle

Schwob descubrió que el fragmento contiene fractalmente el todo. Que podemos descubrir en un destino minúsculo la clave de una obra, de una época o de un imperio.

12 de septiembre de 2026 – 05:12 a. m.
Marcel Schwob, cuentistas francés, y las portadas de un par de sus libros.
Foto: Fotoilustración / El Espectador

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Descubrí a Schwob muy temprano, en mi niñez, y por accidente. A él le debo tres cosas muy disímiles: ciertos recursos, mi primer contacto con el delito y mi primera vergüenza pública. El asunto fue así. Una tarde entré con mi hermano a la Librería Nacional del Parque de Caycedo en Cali. Él iba a comprar la Física de Sears y Zemansky, la biblia de los estudiantes de ingeniería de los años 60 y 70. Mi hermano compró el sabio mamotreto, subimos al mezanine, comimos helados, bajamos y nos pusimos a mirar libros. De pronto llamó mi atención un libro dorado con relieves negros en la portada, alto y flaco, «La cruzada de los niños», con grabados de un señor, lo supe muchos años después, que había ilustrado todos los clásicos europeos, Gustavo Doré. Le dije a mi hermano que me comprara el libro; él miró el precio y se escandalizó. Es apenas un folleto y vale una fortuna, rezongó. Ponelo en su lugar.

Pero yo estaba enamorado del libro y lo prensé con la pretina de mis pantalones, que eran cortos porque apenas tenía siete años, una edad en que los niños no tenían uso de razón ni derecho a usar pantalones largos.

Un empleado me sorprendió, llamó a mi hermano y le dijo que teníamos que resolver el caso con el administrador de la librería. Los ojos de mi hermano echaban fuego. Es el colmo, Julio. El colmo. Cómo me haces esto, ¡no jodás!

Subimos nuevamente al mezanine y entramos a la oficina del administrador. Felipe Ossa me miró con curiosidad, como quien descubre un conejo lector. Vos tan chiquito y ya robando libros. ¡Sos el ladrón más joven de la historia de la librería! La palabra ladrón retumbó en mis oídos como un latigazo, pero la palabra joven me halagó. Mi hermano sonreía. Seguía apenado, pero ahora sonreía.

Al final el señor Ossa se enterneció: llevátelo, te lo regalo, me dijo y felicitó a mi hermano: mis hijos no tocan un libro ni a patadas.

Este fue mi primer contacto con Schwob. «La cruzada de los niños» profundizó el mayor terror de mi infancia, extraviarme, no encontrar el camino de regreso a casa. Cuando le daba la vuelta a la manzana, siempre tenía el temor de que, al terminar la cuarta cuadra, no volviera al punto de partida, que hubiera allí una esquina desconocida. Pero imaginar un grupo de niños que se escapan de sus casas y se pierden en un bosque oscuro por ir en busca del santo sepulcro fue algo que me marcó para siempre.

Muchos años después, Schwob volvió a cruzarse en mi camino. El libro se llamaba «Vidas imaginarias» y se lo reveló a mi generación un argentino que lo había leído todo, Jorge Luis Borges. Luego conseguí otros libros suyos, pero solo tuve sus «Cuentos completos» hace poco, cuando me los regaló Fernando Denis. Allí están los cuentos y los ensayos que Schwob escribió para prologarlos: su poética del cuento y del arte de mirar la vida. (Editorial Páginas de Espuma, 2015).

Hay escritores que levantan catedrales, otros construyen ciudades, Marcel Schwob fabricaba llaves. Una abría una tumba griega, otra el camarote de un pirata, el cuarto miserable de un mendigo medieval, el corazón de un asesino. Ninguna pretendía abarcar mucho; bastaba con abrir una puerta. Quizás por eso sigue siendo un autor de minorías, como De Quincy o Arreola, un secreto transmitido de lector en lector, un mapa oscuro que no señala continentes ni tesoros sino rarezas, singularidades.

Schwob nació en París en 1867, en una familia donde los libros eran un elemento tan natural como el pan. Su padre dirigía un periódico; su tío, el célebre orientalista Léon Cahun, le enseñó que la historia era menos una cronología que un laberinto de relatos. Schwob creció entre manuscritos, lenguas antiguas y leyendas nórdicas. Aprendió griego, latín, hebreo e inglés a punta de diccionarios y, dicen sus biógrafos, sin esfuerzo alguno y movido solo por el pragmatismo. No aprendió idiomas por amor a esas músicas exóticas. Los necesitaba como el arqueólogo que necesita una caja de herramientas pequeñitas. Cada lengua era una excavación distinta para desenterrar un anillo o una gota de resina que guardara un perfume de Roma o de Cartago.

Su salud fue muy frágil. Vivió azotado por enfermedades que hicieron de su existencia una conversación permanente con el dolor. Esa conciencia de la muerte explica quizá la intensidad de su escritura. Los hombres sanos suelen creer que el tiempo es una carretera; Schwob sabía que era un puente de hielo.

Fue periodista, traductor y crítico, pero ninguna de esas ocupaciones alcanzó a definirlo. Su verdadero oficio consistió en iluminar un instante de algún personaje oscuro. Mientras los historiadores perseguían la macrohistoria y las huellas de los emperadores, él se dedicó a contar vidas imaginarias de personas reales: mendigos, herejes, prostitutas, falsificadores, alquimistas y aventureros. Intuyó una verdad que después compartirían Borges y Yourcenar: la humanidad se comprende mejor a través de una excepción que mediante una estadística (no en balde Schwob fue amigo de Alfred Jarry, fundador de la ciencia irónica de la patafísica).

Su libro más leído, Vidas imaginarias, parece un volumen de biografías. En realidad, es una colección de espejos. Schwob toma personajes históricos —algunos célebres, otros apenas mencionados por un cronista olvidado— y les inventa una vida interior. No falsifica la historia; la completa con su imaginación. Allí aparece Empédocles, incendiado por su propia leyenda; Petronio, elegante hasta en la ruina; Cecco Angiolieri, que convierte el cinismo en poesía; William Phips, pirata y gobernador; Burke y Hare, comerciantes de cadáveres. Todos son reales y todos son ficticios, como sucede con la biografía de cualquier persona.

Su prosa ondula de manera muy tersa entre la historia, el suspenso y el delirio. Oigamos un pasaje de «Petronio, novelista».

«Petronio nació en una época en que los rapsodas cantaban a los postres poemas épicos con lenguaje trufado de expresiones de ergástula y de redundancias enfáticas procedentes de Asia. Nunca se puso dos veces una prenda de lana de Tiro. Sus banquetes eran magníficos. El yeso que sellaba las ánforas estaba cuidadosamente dorado. Las comidas eran delicadas y sorpresivas. Sus cocineros variaban sin cesar la arquitectura de las vituallas. Nadie se sorprendía si encontraba un caballito de mar dentro de un huevo. Hacía barrer del suelo las copas de plata y las basuras. Conoció gladiadores, bárbaros y charlatanes de feria, borrachos de miradas oblicuas, poetas lamentables y criadas bribonas, sacerdotisas equívocas y soldados vagamundos, criados lascivos, putas advenedizas, vendedores de frutas y niños de pelo ensortijado que paseaban con senadores provectos. Petronio fijaba en ellos su ojo bizco y grababa con exactitud sus modales y sus intrigas».

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Leyó a Diógenes Laercio y le copió la fórmula utilizada para la composición de «Vidas de filósofos ilustres»: dos frases profundas, mandamientos oscuros («no herir el fuego con la espada… no caminar sobre uñas ni cabellos… no mear de cara al sol), un dato de contexto histórico o geopolítico, y tres detalles minúsculos y grandiosos a la vez. El pulso de Schwob para elegir detalles inolvidables no tiene parangón en la literatura.

Con la fórmula de Diógenes, y su ya citada irresponsabilidad para  ficcionar la vida de personas reales, Schwob hizo biografías deliciosas y trazó la preceptiva definitiva del género, «El arte de la biografía». En este ensayo, su prólogo a «Vidas imaginarias», sostuvo una idea que no pierde vigencia: el arte no debe copiar la realidad sino buscar la singularidad. La ciencia busca leyes generales; la literatura persigue aquello que sólo ocurrió una vez. Para un botánico todos los robles pertenecen a una especie. Para un escritor, cada árbol tiene un modo irrepetible de torcerse hacia la luz. Cada hoja tiembla de manera irrepetible cuando la roza el viento.

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En esa convicción reside su modernidad. Antes de que existieran la historia de la vida privada y cuando apenas despuntaba la novela histórica, Schwob comprendió que una vida mínima puede contener el universo entero. No necesitaba narrar una guerra; le bastaba describir el brillo del cuchillo de un soldado. No le interesaba el imperio romano, sino la sombra de un esclavo sobre el mármol.

Después de Laercio y antes de Schwob, Edward Gibbon y Thomas de Quicey habían ejercido con maestría el arte de la elección del detalle y la intromisión de la imaginación en la historia. Gibbon hace un paréntesis en sus reflexiones geopolíticas de «Declinación y caída del imperio romano» para contarnos que los habitantes de Pompeya les temían a las invasiones de alacranes, no tanto por su ponzoña sino porque eran un presagio de actividad volcánica, y que los pompeyanos protegían sus casas poniendo en los umbrales rejillas de esparto donde los alacranes se enredaban y morían.

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«Los últimos días de Emmanuel Kant», de Thomas de Quincy, es otro texto de «historia imaginada» que suelen citar los críticos entre los precursores inmediatos de Schwob.

Su estilo parece tallado con buril. Ninguna palabra sobra. Cada frase tiene la densidad de una sentencia. Leyéndolo se tiene la impresión de recorrer un museo donde todas las vitrinas contienen objetos diminutos, pero cada uno resume un periodo, una civilización. Era un miniaturista. Otros escritores pintan frescos; él iluminaba manuscritos.

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Su fascinación por el crimen no era solo morbo. Los delincuentes le interesaban porque revelaban las grietas de la condición humana. El asesino, el ladrón o el impostor llevan hasta el extremo pasiones que todos compartimos en estado embrionario. Somos asesinos tímidos. Schwob comprendió que la normalidad es apenas una convención estadística. Bajo el traje del comerciante respira el mismo animal que acecha bajo la máscara del bandido.

La influencia de su obra es silenciosa, pero inmensa. Wilde lo admiró hasta el plagio y le pidió ayuda para que tradujera al francés su «Salomé».

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Bioy Casares admiró la precisión de Schwob. Borges descubrió en sus páginas que la erudición podía inventarse. Historia universal de la infamia es, en buena medida, un diálogo con Vidas imaginarias. Pierre Michon heredó su gusto por las existencias anónimas. Incluso los escritores que jamás lo leyeron respiraron el aire que él inventó, la poética que descubrió: la idea de que una biografía sin ficción es un texto apenas notarial. Si la novela histórica es un género respetable hoy, es porque Schwob desbrozó el camino.

Hay algo profundamente filosófico en esa empresa. La historia suele reducir a los individuos a fechas, cargos y batallas. Schwob invierte la perspectiva. Sugiere que la esencia de una persona puede esconderse en una superstición, en una cicatriz o en la manera de cerrar una puerta. El destino no depende siempre de los grandes acontecimientos; a veces nace del gesto insignificante que nadie registró.

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Schwob murió de neumonía en París el 26 de febrero de 1905. Tenía 37 años. Pero su historia clínica médica es más compleja y, en cierto modo, explica la extraordinaria fragilidad de sus últimos años. Desde 1896 padecía una enfermedad intestinal crónica e incurable, que lo obligó a someterse a varias operaciones. Su salud se deterioró y sufrió repetidos episodios asmáticos que fueron diagnosticados como un cuadro gripal.

En 1901, desesperado por encontrar alivio, viajó a Samoa, siguiendo los pasos de su admirado Stevenson (Schwob lo tradujo al francés). Allí se agravó y tuvo que regresar precipitadamente a Francia.

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Finalmente, a comienzos de febrero de 1905 contrajo una infección que desembocó en neumonía. Murió muy joven, después de casi una década de padecimientos físicos. Su esposa, la actriz Marguerite Moreno, estaba de gira y no pudo acompañarlo en sus últimos días.

Hoy sigue siendo un escritor para minorías, condición que le sienta bien. A una obra tan esotérica como la suya no le sentarían bien los reflectores de la popularidad. Los libros de Schwob parecen monedas antiguas: cambian poco de manos, pero cada propietario las conserva como un talismán.

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Leerlo produce una sensación singular. Uno comprende que cada ser humano, incluso el más oscuro, encierra una novela irrepetible , por lo tanto, una dimensión ética: si toda vida es única, ninguna resulta desdeñable.

Schwob convirtió esa sospecha en literatura. Mientras la historia levantaba monumentos a los vencedores y los arqueólogos exhumaban varias Troyas superpuestas y sepultadas bajo el polvo de treinta siglos, él recogía el arete de una cortesana e inventaba (¿descubría?) el drama de su vida. Descubrió que el fragmento contiene fractalmente el todo. Que podemos descubrir, en un destino minúsculo, la clave de una obra, de una época o de un imperio.

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Comentarios
  • Finley(56195)12 de septiembre de 2026 – 15:01
    No conocía a este autor, quedè intrigada

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