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Parece imposible proferir estas palabras sin que se nos venga a la cabeza alguna remojada doctrina de “superación personal”. Llegar a ser quien se es sabe a pregunta de entrevista de trabajo que indaga “¿Y cómo te ves dentro de cinco años…como un líder dentro de esta organización?”. Pero todo tiene otra cara, una radicalmente opuesta, cuando se mira desde la filosofía. Nietzsche pensó en este propósito de redención llamado llegar a ser quien se es con especial cuidado luego de 1880 en su obra “Humano, demasiado humano”. ¿Cómo llegamos a ser lo que somos? ¿Acaso no lo somos ya, sin importar lo que hagamos? De ninguna manera se trata de despejar el ruido para que emerja ese yo esencial que nos liberará de las imposturas.
Las luchas intestinas en la vida no son batallas únicas con monstruos de momento que despachamos en un solo episodio brutal y al tiempo triunfal. A menudo se parecen a explosiones silenciosas que se expanden por años, batallas frías y lentas con las que nos acostamos y nos levantamos todos los días. La pregunta de llegar a ser quien se es para Nietzsche sobrevino con especial ímpetu en un tiempo en que buscaba fuerza en sus momentos más oscuros. Había sido rechazado por la mujer que amaba y a la que le propuso matrimonio en tres ocasiones, Lou Andreas Salomé, quien luego de un viaje con Nietzsche y el psicólogo Paul Rée termina abandonando al autor del Zaratustra y huyendo con el amigo común de ambos. La disentería y la sífilis habían tomado una poción de su salud. Y ante la enfermedad debilitadora que lo dejaba en cama varios días a la semana, no quedaba más que una afirmación de sí mismo, acaso absurda, desemparentada del optimismo y hermana de un amor al mundo y a la vida que no se desvanecía y que formaba parte, sin duda, de ese quién él era:
(…) el estar enfermo puede constituir incluso un enérgico estimulante para vivir, para más-vivir. Así es como de hecho se me presenta ahora aquel largo período de enfermedad: por así decirlo, descubrí de nuevo la vida, y a mí mismo incluido, saboreé todas las cosas buenas e incluso las cosas pequeñas como no es fácil que otros puedan saborearlas, – convertí mi voluntad de salud, de vida, en mi filosofía…
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La soledad, sin embargo, ya se le aparecía como un destino sin regreso. No podía tomar otra salida. Suele suceder que nos vamos conduciendo por un camino que al tiempo escogimos y no escogimos. Debe haber algo de asombro en la decisión de vida del mártir al momento de conocer su suplicio, el de ser quemado vivo o de ser crucificado al revés. El “martirio” nietzscheano comenzó a asemejarse a su propia vida. No la buscó así, pero tampoco le rehuyó. Decía el pintor Luis Caballero, una idea que siempre se me viene a la cabeza cuando imagino el reclamo de la gente incapaz de comprender esta forma de dificultad autoimpuesta –¡él mismo se lo buscó…quién lo obliga a llevar una vida semejante!–, que le tocó ser como era, le tocó ser marica, le tocó ser pintor y le tocó la muerte que le sobrevino. La idea de Caballero se asemeja mucho a la de Nietzsche cuando se empieza a describir como “un destino”, uno que empezó a ver su fin en Turín en 1888 cuando en el invierno ve a un caballo que se acababa de resbalar en el hielo ser azotado por su cochero. De repente todo se hizo demasiado real, demasiado contundente, el animal intentando pararse, el hombre que lo latigaba. Nietzsche se arrojó sobre el animal abrazándolo. Este gran enemigo de la compasión resultó ser el hombre cuyo último acto con sentido luego de desembocar en 12 años de locura silenciosa fue el de interponerse entre el fuste y la piel viviente de otro ser.
He ahí todo el asunto. Llegar a ser quien se es en la concepción nietzscheana nada tiene que ver con proyectarse hacia adelante. De hecho, la única forma de redención posible tiene que ver con proyectarse hacia atrás. En efecto, el llegar a ser quien se es es un ejercicio de regresarse en el tiempo. Ese silencioso drama interno que parece ocuparnos a diario, el de la automortificación con las oportunidades perdidas, con las culpas y los señalamientos, con los arrepentimientos y con los deseos de ser otro, con la constante lucha por autoaceptarnos sólo encontrará respuesta cuando tengamos el valor de volver sobre la vida y decirnos: “Ese que se desgastó años en ese trabajo…ese también fui yo”. Llegar a ser quien se es es un intento de búsqueda de unidad en la cual reunimos los episodios de una vida que vistos sin perspectiva no parecen más que un espantoso azar, accidentes, partes de una existencia que no consideramos la propia. Dice Nietzsche en Ecce Homo, una de sus últimas obras y una autobiografía intelectual:
Mi listeza es haber sido muchas cosas y en muchos lugares, para poder llegar a ser una única cosa. Por cierto tiempo tuve que ser también un docto.
Y tuve que ser un tonto, y un asno, y un pretendido genio, y un esposo abyecto, y un engañador al tiempo que un engañado.
Qué radical diferencia con la forma en que hemos enfocado la vida hoy, como una serie de salidas del closet, de liberaciones sucesivas. Lo que llamamos hoy “libertad” es “liberación”. Me libero de ese matrimonio endemoniado, me libero de mis más básicos elementos de identidad, me libero de mí mismo. Luego de mis transformaciones no queda nada. Una vida fragmentada, dice Nietzsche es el reflejo de una moral de las elecciones que han dejado esquirlas en la piel. Vivo entonces desesperado intentando encontrar unidad, sentido, proyectando nuevos horizontes y nuevas tareas, nuevos seres en los que me podré convertir. Decía Pascal en sus Pensamientos que el más profundo deseo que nos ocupa es el de ser otro, el de convertirnos en un imaginado ser soñado. La idea nietzscheana es que de estos sucesivos escapes de nosotros mismos sólo desembocan en la ira: ¡todo lo que soporté, todo lo errado que estaba! Ese no pude haber sido yo…¡alguien me indujo a ese mal período de mi vida; alguien me enseñó a odiarme a mí mismo! Pero no era otro que yo mismo, y con ello debo vivir. Se ha de cambiar el “fue” por “así lo quise” dice en Así habló Zaratustra en un capítulo denominado De la Redención.
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Qué profundo toca nuestra época esta idea: todo miedo es inculcado, todo temor un acecho de un demonio, toda idiotez o injusticia algo que hizo alguien más, todos los males me sobrevinieron dormido. Resuenan acá voces de ese radical constructivismo roussoniano. Nuestra elección de grupos marginales hoy es un deseo de este tipo de inevitabilidad que proyectamos sobre nuestra vida. La invitación de Nietzsche es a apropiarnos de lo bueno, de lo conducente, pero también del error, del infortunio del improperio, de la pesadilla de los demonios que nos habitan, de la forma en que secretamente nos odiamos. Ecce Homo:
Desde este punto de vista tienen su sentido y valor propios incluso los desaciertos de la vida, los momentáneos caminos secundarios y errados, los retrasos, las «modestias», la seriedad dilapidada en tareas situadas más allá de la tarea. En todo esto puede expresarse una gran cordura, incluso la cordura más alta: cuando el nosce te ipsum [conócete a ti mismo] sería la receta para perecer, entonces el olvidar-se, el malentender-se, el empequeñecer-se, el estrechar-se, el mediocrizar-se se transforman en la razón misma.
Digo “invitación” con esa tonta suavidad que nos ha atacado a todos, con ese aire propositivo, pero bien sabía Nietzsche que ese tipo de redención era cercana a lo imposible. Sus contemporáneos, al igual que nosotros, lo creían todo, que lo podían todo, que eran recios, que se podían mirar a la cara sin temblar. Somos hiperbóreos, vivimos más allá de la aurora. Pero la verdad es que somos los primeros en caer desmayados en el aire delgado que se revuelve en las alturas.
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