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Luis Noriega: “Reírme de mí mismo es clave. Desconfío de la gente que se toma muy en serio”

El autor habló sobre la nueva edición de “Donde mueren los payasos”, una parodia sobre la política mundial y el hambre de poder.

Santiago Gómez Cubillos

05 de abril de 2026 - 06:12 p. m.
Luis Noriega también es autor de libros como "Iménez" (2011), con el que ganó el Premio UPC de Ciencia Ficción, y "Mediocristán es un país tranquilo" (2014), con el que quedó como finalista del Premio Nacional de Novela.
Foto: Alejandra Chaparro
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Cuando Luis Noriega le preguntó a su esposa qué opinaba sobre su nuevo libro, ella fue sincera con él: “Si antes habías tenido problemas para publicar, este sí que no va a publicártelo nadie”. Con esas palabras de aliento, se animó a presentarlo a una editorial y ahora, casi quince años después de su publicación original, Penguin Random House estrenó la tercera edición de esta novela cuyos protagonistas son un líder autoritario y un payaso de restaurante.

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“Donde mueren los payasos” cuenta la historia de “un país corrupto e impotente cualquiera”, en el que gobierna un Líder (así, sin más) que parece inamovible. Hasta el momento, había permanecido en la silla presidencial gracias a un elegante sistema electoral que solo convocaba elecciones cuando las encuestas de opinión lo demandaban, cosa que nunca sucedía. O casi.

Fuera por miedo, por costumbre o apatía, el país había permanecido durante muchos años bajo este mandato, hasta que un día el payaso Cucaracho, la atracción principal del restaurante El Sabrosón, comienza una ridícula campaña política impulsado por una pequeña revista de la ciudad. El quiebre en el equilibrio desata una carrera desenfrenada de un grupo de candidatos que utilizan todo tipo de estrategias para hacerse con el poder.

Noriega habló para El Espectador sobre esta “farsa electoral en setenta y nueve capítulos y un epílogo”, que invita a sus lectores a reflexionar sobre lo absurdo del mundo político que hemos construido.

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¿Cuál fue la idea o el momento que lo impulsó a escribir “Donde mueren los payasos”?

La novela nació de un momento muy concreto de la historia política de Colombia. La versión original la escribí en 2010, cuando estábamos a punto de que la Corte Constitucional decidiera sobre la tercera reelección de Uribe. Yo le estaba prestando mucha atención a lo que iba a pasar con eso, a pesar de que en ese entonces ya no vivía en el país, porque temía que eso desatara una política cuya única consideración fuera la lucha por el poder de un montón de candidatos ansiosos. De ahí nació la novela. La propuesta era meter a un payaso que lograra generar ese vacío de poder, desencadenara unas elecciones y pusiera a todo el mundo a la expectativa, mientras intentaban arañar algo. La novela está llena de puñaladas por la espalda, trampas, y los personajes son esperpénticos. Me parecía que esa era una forma de representar la política, no solo en Colombia, sino en cualquier lugar del mundo.

La novela empieza con la historia del payaso y el Líder, pero poco a poco va introduciendo más personajes y más tramas. ¿Cómo fue el proceso de tejer tantas historias?

Hay cosas que obedecen a un plan. Yo tenía claro que el payaso iba a entrar, que iba a lograr que se convocaran elecciones, y también tenía más o menos definidos los candidatos. Pero también hubo una parte importante de improvisación y eso, en parte, se debió a que yo escribí “Donde mueren los payasos” como un ejercicio que hacíamos con otros amigos escritores que consistía en escribir una novela en un mes. Ese ritmo me obligó a improvisar, así ya tuviera una idea general. Por ejemplo, lo del profesor Noriega surgió de manera improvisada a partir de la idea de lo que habría sido yo si me hubiese quedado en Colombia. Y de esa decisión salieron también los alumnos, y ahí se empezó a crear todo un universo que ya no era improvisado, sino que se derivó de esa primera decisión. Así fue como se fueron integrando estas historias.

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Aun así, Cucaracho y el Líder, que en principio parecen ser el centro de toda la historia, no aparecen en gran parte del libro. ¿Por qué decidió hacerlo de esta manera?

Porque no me interesaba que el payaso fuera realmente el centro. Yo quería que los payasos fueran todos los otros personajes: Marcela, Escobar, Fugit-Zu... y todos los demás. El payaso funciona más como un motivo explícito: estamos ante una payasada, ante algo casi circense. Por eso desaparece, incluso por decisión del editor dentro de la novela.

Ahora, en cuanto al Líder, también me interesaba sacarlo rápidamente, porque la novela no trata tanto de quien ejerce el poder, sino de la lucha por alcanzarlo. Ambos personajes me sirvieron para plantear esta idea idea del “estado de opinión”, que en la novela aparece casi como un elemento de ciencia ficción. Esa noción de una encuesta continua: si el estado de opinión quiere elecciones, las hay; pero si está con el Líder, entonces no son necesarias. En ese sentido, el papel del payaso es clave porque logra agrietar ese estado de opinión en el que todos están cómodamente instalados, y a partir de ahí se desencadena todo lo demás.

Esta es la portada de la nueva edición de "Donde mueren los payasos". Hasta el momento, esta sigue siendo la única farsa electoral de Luis Noriega.
Foto: Penguin Random House

Ahora que lo menciona, una de esas historias del libro es la del supuesto autor de la novela, que se enfrenta constantemente con un editor que piensa que nada de lo que hace sirve. ¿Cómo entró a jugar eso con el resto de la novela?

Meter al editor y al autor me permitía un juego metaliterario que a mí me gusta mucho. Disfruto de las obras que le recuerdan al lector que lo que está leyendo es ficción, que está construido, que la vida real funciona de otra manera. La ficción puede ser absorbente, pero no deja de haber alguien que la está armando y aquí quería que eso fuera mucho más explícito. Por otro lado, más allá del chiste, me parecía importante que la novela no fuera solo una farsa política, sino también una farsa editorial. Tengo la impresión —o el prejuicio— de que se tiende a pensar que el mundo literario es muy puro y que no se mueve nunca por intereses, pero eso no es así. Ahí también hay manipulación y hay corrupción. Es decir, el mundo editorial, guardando las proporciones, no está tan lejos de la farsa política. En ese sentido, las figuras del autor, el editor y el crítico me permitían mostrar esa variedad de problemas, además de aportar un juego estructural.

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Bueno y si bien hay algo de misterio al igual que algo de novela política, “Done mueren los payasos” es sobre todo un libro de comedia. ¿Cómo hace usted para escribir con humor?

Para mí, la capacidad de reírme de mí mismo es clave, y por eso uno de los personajes más lamentables de la novela es el profesor Noriega, y el autor aparece como un tipo muy inseguro. Yo desconfío de la gente que se toma muy en serio. Eso no quiere decir que no haya cosas que deban enfrentarse con seriedad, pero esa actitud me genera desconfianza. El humor, en mi caso, surge de manera natural. Y, en ese sentido, no tengo una serie de reglas ni un discurso claro sobre cómo escribirlo, pero es un elemento que está presente en distintos niveles según la obra. En esta novela, el humor es muy desenfadado, casi de payasos; es una obra desbordada. En cambio, en Iménez, que es una novela de ciencia ficción, el humor es más negro y corrosivo. En Mediocristán, por otro lado, la risa no proviene de chistes explícitos, sino de la ironía del personaje. Y así, cada obra le va exigiendo una forma distinta de trabajar el humor.

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¿Cuál cree usted que es el poder del arte de cuestionar, criticar y burlarse de la realidad?

Yo desconfío mucho de los grandes discursos sobre el arte y la cultura. Fui un adolescente idealista, pero hoy tengo una visión más distanciada. Lo que sí creo es que, en principio, el arte y la literatura nos permiten una experiencia vicaria: entramos en un mundo que no es exactamente el nuestro y, durante un tiempo, vivimos algo que simula ser real. Reímos, sufrimos, lloramos, nos asustamos, sentimos intriga. Es una experiencia absorbente. La pregunta, para mí, es ¿qué ocurre cuando volvemos de esos mundos al mundo real? ¿Qué nos traemos?

Hay novelas que nos enseñan cosas que no hemos vivido y que nos permiten adquirir una mirada crítica; otras que cambian la forma de ver ciertos fenómenos. Por ejemplo, en la ciencia ficción: algunos diseñadores de robots han contado que se inspiraron en las obras de Isaac Asimov, y muchas de las discusiones éticas que él planteó —como las tres leyes de la robótica— siguen vigentes hoy en la inteligencia artificial. Carl Sagan, por su parte, decía que su interés por la cosmología había nacido leyendo Flash Gordon. Ahí se ve cómo el arte puede ampliar horizontes o despertar vocaciones, pero eso es más una fortuna que una regla. Y eso no se limita a un solo tipo de libros. Hay obras aparentemente menos “profundas” que pueden tener efectos más grandes en la experiencia cotidiana que otras más avaladas por la crítica. En mi caso, con el humor, lo que espero es que la gente pase un buen rato y, ojalá, que eso la haga pensar.

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Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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