
¿Qué la motivó a presentarse a este cargo?
Yo necesitaba un cambio profesional. Estaba enamorada de mi trabajo en la Universidad Nacional, del proyecto y los espacios tan hermosos. Cada cosa que hicimos fue extraordinaria. Desprenderme no era fácil, pero mi mamá murió alrededor del momento en el que me invitaron a participar en el concurso. Quería una especie de transformación de mí misma y esto lo siento como un nuevo ciclo personal a un nivel muy profundo y espiritual. Siento que esta es una nueva vida. José Roca me llamó para invitarme al proceso y me dijo algo que se quedó conmigo: “Es que la junta directiva hace toda la diferencia”. Al tener interlocución con la junta durante el proceso de selección, me di cuenta de que era algo muy valioso y que ellos están tremendamente comprometidos. Eso hace que yo me sienta confiada y que tenga la seguridad que requiere una visión de gran escala para una transformación institucional como la que necesita el MAMBO. Creo que es un reto lograble, tenemos las condiciones porque el museo tiene un buen equipo, con gente joven que está ilusionada y una junta muy comprometida.
¿Qué tipo de posibilidades ve para el museo?
Es un proyecto colectivo, en el que, con equipos expertos, vamos a construir esa visión de un museo que crece hacia la ciudad y con ella, a partir de un edificio emblemático de un arquitecto del que, además, se cumplen 100 años de su natalicio el próximo año, y vamos a ser el centro de ese homenaje. De ahí parte la visión. Rogelio Salmona era un intelectual del urbanismo y de ciudades, el MAMBO necesita justamente ese pensamiento. Vamos a revisar qué pide su programación, qué pide el espacio, lo que se ha hecho en el pasado y cuáles son sus fortalezas.
El museo atravesó una situación turbulenta a principios de año, ¿cómo ha sentido al equipo desde que entró?
Ángela Royo estuvo encargada. Ella es miembro de la junta y fungió como directora mientras se hacía el proceso de búsqueda. Creo que ella logró armonizar al equipo. Sé que tengo fama de ser un poco “cuchilla” y eso genera un poco de estrés, pero trabajé 18 años con el mismo equipo, incluyendo a gente externa. No tienen por qué tener miedo, pero si se siente algo de estrés cuando llega una persona nueva. Ahorita estoy concentrada en entender financieramente el museo y articular un equipo de trabajo adicional al que ya existe. Poco a poco iré hablando con todos, ya hemos tenido unas reuniones colectivas. Cuando llegué, me dio la sensación de que están tranquilos y en una actitud armónica.
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Ahora que habla del tema financiero, ¿qué percepción preliminar tiene sobre este asunto?
Apenas estoy empezando a recibir algunos informes. Tenemos una junta de empalme para eso. Sin embargo, puedo decir que hubo un gran éxito en la gala del pasado 19 de septiembre, que es una fuente de recursos importantísima. Si hay alguna urgencia, eso lo cubre con solvencia. Por otro lado, yo nunca he pensado en términos de escasez y siempre he estado en lugares donde no abunda el dinero. Creo que se trata de una mentalidad y Colombia está metida en eso, en general. Incluso la confrontación, la pugnacidad y la violencia provienen de esa psicología. Pensar en términos de abundancia implica que hay de todo para todos. Cuando uno hace un proyecto colectivo, hay una abundancia de capacidad instalada, de experiencias, de relaciones y capitales. Uno siembra valor en la abundancia y así las cosas crecen. En esta nueva fase del museo, lo que yo propuse como imagen es “El árbol de la vida y la abundancia” de Abel Rodríguez, con quien trabajé en la Universidad Nacional. Creo que resume la mentalidad con la que trabajo: es una imagen en la que todos sienten esa abundancia y empiezan a distribuirla. Esa va a ser nuestra primera exposición del año entrante.
¿Cómo se imagina el museo en tres años?
Me lo imagino lleno de luz, con ventilación cruzada, relacionado con su entorno, con proyectos a escala de ciudad y como una gran fuente de alegría para todos los que trabajamos en él.
Eugenio Viola, el último director artístico del museo, salió en mayo. ¿Cómo va esta búsqueda?
Yo soy la directora artística. Ese debate interno que hubo con Martha Ortiz y con el director artístico son desavenencias internas que se hicieron públicas. Hay muchos modelos de museo y esa situación generó que la junta se concentrara en revisar los proyectos que cada aspirante a la dirección propuso. Mi perfil también es uno de dirección artística, porque también soy gestora, administradora y he sido directora ejecutiva en muchos de los proyectos que he emprendido; encima, tengo formación de abogada. Ese perfil le interesó a la junta. Cuando vas a hacer una transformación institucional, a veces es importante que el corazón de esta sea la intención y el sentido social de la programación artística, no cuántas exposiciones se hacen. Este modelo de que el director ejecutivo sea también el director artístico es muy viejo.
¿Cómo cree que será para usted asumir las responsabilidades de ambos cargos, y para una institución acostumbrada a tener los dos roles definidos, afrontar este cambio?
Yo me siento muy bien con ambos roles, es lo normal para mí. No me estoy adaptando a un modelo nuevo de trabajo. Además, soy artista declarada, mis proyectos son de creación artística. No creo que vaya a ser tan traumático el cambio para el equipo. A veces hay roces entre un curador en jefe y un director ejecutivo, pero para lograr un proyecto de transformación como el que queremos, no se pueden tener esos choques. Debe estar clara la visión artística y el sentido del proyecto que vamos a crear. Además, creo que esta decisión de unir ambos roles da una suerte de alivio, porque por el tamaño y escala actual del museo, no se necesita en este momento más equipo para lograr lo que buscamos. El proyecto va pidiendo lo que necesita y uno debe saber escucharlo; son como criaturas, como obras de arte que en un momento van más allá de los artistas. Uno tiene que ir revisando y escuchando los proyectos y saber tratarlos como una entidad independiente de uno, porque esto no es cosa de egos.
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Entonces, como directora artística, ¿cuáles son sus intereses para trazar la línea curatorial para el museo?
Será una creación colectiva, es algo que uno tiene que conversar. Lo primero que vamos a hacer en 2027 es una arqueología. Vamos a dejar que el espacio nos diga. El edificio es, en sí mismo, una entidad, un pensamiento y una pulsión que está fracturada. La intención de Salmona ya casi que no existe ahí. La prioridad debería ser lo que el espacio necesita. Hay que programar para los lugares. Por ejemplo, cuando llegué al Museo de Arte de la Universidad Nacional, lo que el espacio me empezó a hablar fue de creación, comisiones y laboratorios de creación. Los espacios hablan y lo acertado es dejar que lo hagan y escucharlos. Considero que la exposición de Abel Rodríguez se insertará muy bien con el pensamiento de Salmona, vamos a empezar a tener una relación muy lúcida con el lugar.
Para usted, ¿qué es un museo?
Es un lugar para pensar, pero también es un refugio. El pensar no es algo que tenga que ver con sacar una idea y mostrarla como producto. El pensamiento tiene que ver con cómo se relaciona el interior de una persona o una sociedad con su entorno. Está más cerca a una idea de la conciencia. Un museo es el lugar donde vive el pensamiento. Como dice el filósofo Giorgio Agamben, lo que es pensado por mí, en ello se juega mi propia vida y comprensión, pero también es lo que genera creación colectiva. Creo mucho en las instituciones como lugares que aprenden a pensar porque facilitan que los artistas sean tratados para eso. Puedes tener a un artista visitante que te deje una obra y se vaya o puedes intentar entender una filosofía que te llene la vida y crear una relación de procesos de varios años.
La administración pasada fue criticada por dinámicas de jerarquización y pocos espacios de diálogo. En ese sentido, ¿cómo describiría su estilo de liderazgo?
No tengo esa conciencia de lo que pasó, ni me interesa tenerla. Vamos a arrancar una nave. Crisis hemos tenido todos, pero a veces son desavenencias. A los equipos de trabajo hay que considerarlos parte del proyecto. Se necesita a toda la tribu. Como decía mi papá: “para criar a un niño se necesita toda una tribu”. Creo que ese es el secreto, pero lo más importante es que haya un proyecto al que todo el mundo tenga una adhesión interior. Eso es lo que he logrado hacer y, por eso, he tenido la suerte de poder sembrar todo lo que pude hacer en la Universidad Nacional. Tener un equipo de trabajo es tener un proyecto colectivo. Creo que las desavenencias que pasaron no rompieron los cimientos del museo. Yo no me preocupo por eso. Pero esto tuvo un influjo positivo en el museo, porque a veces esas fracturas son necesarias. A raíz de eso, la junta se recogió y decidieron tomar acciones muy profesionales para poder aprovechar esa capacidad del museo de forma muy positiva.
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Si no le preocupa esa situación pasada, ¿qué le preocupa?
Yo no tengo preocupaciones en este momento, no llevo mucho tiempo. Uno no puede evitar las circunstancias, pero sí se puede pensar en cómo se procesan. Creo que, mientras esté acompañada, como lo estoy hoy, sé que todo lo vamos a superar y lo que haya que enmendar, se enmendará. Ese proceso colectivo va a evitar errores, pero si se cometen, los resolveremos. Lo importante es cómo asume uno las circunstancias, si se hace con compromiso, claridad y disposición amorosa, creo que no hay de qué preocuparse.
Cuando fue nombrada, surgieron algunos comentarios en redes sociales en los que se criticaba su gestión en la Universidad Nacional y se hablaba un presunto mal estado en el Museo de Arte. ¿Qué responde a esos comentarios?
Eso no tiene nada que ver conmigo, ni con mi trabajo. Son calumnias y una crisis moral e institucional que no solo es de la Universidad Nacional, la universidad es un vector de lo que pasa en el país. La calumnia con impunidad y la impunidad es algo que está instaurado en la conciencia nacional. Pero eso no tiene nada que ver conmigo. La evidencia está ahí, la colección nunca ha estado mejor y mi trabajo está ahí.
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