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“Nabucco no tiene un segundo de música que no sea interesante, bella o profundamente emocionante, hasta las lágrimas. Está el momento en que Nabucco, creyéndose superior, dice: ‘Ya no soy más un rey, soy un dios’. Y Dios le recuerda, con un rayo, que solo hay uno. Entonces su hija Abigaille quiere asumir el poder, conquistar al pueblo hebreo y a los países vecinos. Pero Zacarías, la autoridad religiosa, pide a Dios que no permita que sus hijos sean víctimas de promesas falsas.
Finalmente, Nabucco reconoce que debe servir a Jehová. Así recobra la lucidez, reconquista con sus soldados y llega a ese cuadro escalofriante en el que todos cantan a cappella: ‘¡Jehová inmenso, tú irradias luz, irradias amor, eres el único!’. La ópera termina con él convertido en rey de reyes, sirviendo a Jehová y respetando la creencia religiosa de las personas. Ese es el gran mensaje: no confiar en falsos profetas ni en quienes se creen omnipotentes, sino en una fe sincera y honesta”.
Así es como el maestro Yeruham Scharovsky describe a Nabucco, la obra que dirigió, por primera vez, en la apertura de la Ópera de Tel Aviv, en Israel, el 15 de mayo de 1995. Y aunque después repitió en Finlandia, Italia y Francia, para él, la que presentará en Bogotá es “la mejor” que ha hecho.
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Habrá algún caso conocido y contemporáneo sobre alguien que llegue al poder con trampas. Al liderazgo de un pueblo que, por las ambiciones de unos cuantos, haya sido condenado al hambre, la miseria o al exilio. ¿Habrá? Sabemos de personas que, por nacer donde nacieron, hayan tenido que huir de su hogar y nos hayan contado sus anhelos de justicia. Si nos preguntaran, tendríamos claros algunos nombres de tiranos modernos enloquecidos por la ambición o casos conocidos de personas que, por sus aspiraciones, hayan negado sus orígenes y hasta odiado a quienes los acompañaron en su infancia. ¿Nos demoraremos mucho en mencionar a quienes se han creído dioses terrenales como para decidir sobre las tierras y las vidas ajenas?
Nuestra humanidad, nuestra contradictoria y, en muchas ocasiones, decadente humanidad, está representada en Nabucco, la ópera que Giuseppe Verdi compuso en 1841, después de vivir varios infortunios: la trágica muerte de su primera esposa, su controversial vida amorosa con la soprano Giuseppina Strepponi y su presunto abandono de la composición operística tras el fracaso de Un giorno di regno.
Uno de sus mayores éxitos surgió de uno de sus peores momentos. Y por eso en Nabucco no solo quedamos representados como los arrogantes y manipuladores seres humanos que podemos ser: la redención fue posible en esta historia mediante el reconocimiento de las propias limitaciones (solo hay un Dios), el respeto por la libertad de un pueblo y la culpa que se despierta con la llegada de la consciencia. Una culpa que conduce a la muerte, pero que lava pecados, libera esclavos y reconcilia dioses con mortales.
“Esta idea surge del Teatro Mayor y del maestro Yeruham Scharovsky, que querían hacer Nabucco aprovechando que hoy contamos con un coro nacional de 80 cantantes, como nunca lo habíamos tenido. Eso nos permite soñar con grandes trabajos corales”, dice Pedro Salazar, director de escena de la obra.
Para él, esta es una ópera en la que el pueblo es protagonista. Aunque transcurre en tiempos del legendario templo de Salomón, lo que plantea es la representación de pueblos que se enfrentan entre sí. Esa tensión lleva a un proceso de autodestrucción.
“Me parece que es una reflexión muy interesante para este momento. Nuestra puesta en escena se ha basado en el tema de la luz y la oscuridad. En el pensamiento hebraico se habla de una oscuridad tan profunda que genera luz. Entonces, la pregunta es ¿cómo encontramos la luz en esa oscuridad? Estamos trabajando con esos contrastes. El negro y el blanco son los colores que dominan la puesta en escena”, agrega Salazar, para quien Nabucco también habla de la necesidad espiritual y de libertad que tenemos los seres humanos, y de cómo buscamos experiencias místicas para encontrarnos con nosotros mismos, con el valor real de la vida y de la experiencia en la Tierra.
Como lo explica, en la música y en el teatro trabajan con el tiempo, las emociones y los ritmos. Sus funciones deben estar muy cerca del director musical, que es quien tiene la potestad y la autoridad sobre la ópera. A partir de ahí, construyen juntos. “Esta confianza y este diálogo son la base del proyecto, que considero uno de los más bonitos en los que he participado”. Salazar se refiere a Scharovsky, quien lleva más de dos años a la cabeza de este grupo de músicos: “La era de oro de la Sinfónica”, dicen algunos.
El director del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo cree que esta organización entró en un proceso de crecimiento, ya que solo se puede proponer una ópera de esta naturaleza —“musicalmente complejísima”— cuando se cuenta con una planta orquestal de gran calidad, con mucha experiencia. “El maestro Scharovsky cuenta con una trayectoria excepcional. He estado en los ensayos y es conmovedor ver cómo trabaja cada frase, cada nota, cada pasaje. Para el público, esto será realmente un acontecimiento de vida”.
Salazar y Osorio coinciden en que “Va, pensiero” y otros coros de Nabucco expresan una nostalgia tan intensa por la tierra, que se sienten como un himno al desarraigo y la esperanza. Que su letra es una infusión de energía que resulta en un espectáculo que, además, tiene todos los bemoles de una telenovela del siglo XIX. Incluye personajes intensos: una hija ambiciosa, un enemigo enamorado, enfrentamientos entre israelíes y babilonios... Aparecen temas como la violencia desde ambos lados, la xenofobia y la dificultad de aceptar al otro cuando las culturas no se entienden.
Y en términos técnicos, es una ópera extremadamente difícil para los cantantes. Como lo recordó Osorio para este diario, varias carreras se han truncado porque algunos intérpretes no estaban suficientemente preparados para abordarla. Por su parte, Scharovsky asegura que cuando uno canta “Va, pensiero” en Italia todo el mundo canta contigo. Es un himno a la libertad, a la igualdad de las personas, siempre pensando en el amor por la patria. Es una declaración de amor al suelo natal. Ese motivo se repite varias veces, y por eso muchos países adoptaron esta ópera como un reconocimiento a su patria y a los valores que quisieran que tuviera. “Creo que hoy Colombia también vive un gran cambio, y eso conecta mucho con la obra”, agregó y aseguró que, a sus 68 años, la orquesta Sinfónica Nacional es la mejor que ha dirigido en toda su vida para este repertorio: “Tenemos un coro extraordinario —el Mercedes-Benz de los coros—, una banda de altísimo nivel y solistas de primera línea. Y, sobre todo, contamos con el pegamento de todo esto: el Teatro Mayor, con Ramiro Osorio y el liderazgo artístico de Pedro Salazar”.
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Fue Bartolomeo Merelli, director de La Scala de Milán, quien le insistió a Verdi que regresara a la composición de la ópera, y que lo hiciera con Nabucco, que se estrenó el 9 de marzo de 1842 en Milán, con el libreto de Temistocle Solera. Verdi tenía 28 años y ya cargaba con tragedias como para inspirarse en alegrías o sueños. Para él, en ese momento, no había horizonte, así que los infortunios fueron la génesis de su gran éxito: la trama llena de política, el drama y la complejidad de sus personajes, así como la monumentalidad de la música que, según Riccardo Muti, “es científica”, convirtieron a esta ópera no solo en el himno de Italia, sino en el de cada pueblo al que le hayan castrado la libertad y en el de cada persona que se haya sometido a la esclavitud de la condición humana.