
En la literatura, los grandes héroes se identifican con un objeto mágico. El Rey Arturo tiene su Excálibur, Aquiles su armadura, Poseidón su tridente y Thor su martillo. Sin esos objetos, ellos pierden su poder. Igual sucede con el Rey vallenato de 1976, Náfer Santiago Durán Díaz.
Náfer fue un protagonista de la mitología vallenata, pero a diferencia de los dioses y semidioses de otras tierras, este guerrero del folclor es de carne y hueso. Su talento estaba en su mente y en sus manos, las cuales se educaron arando la tierra, cultivando su propia comida y arreando animales. Luego, el destino lo puso en frente de sus dos objetos mágicos: su sombrero y su acordeón. Nunca más se separaron.
Es difícil encontrar una fotografía de un toque en la que Náfer no tenga sus dos armas. Así se confeccionó la armadura de un caballero juglar que a sus 93 años decidió llevar sus batallas parranderas al cielo vallenato. Para conmemorarlo, les dejamos esta entrevista inédita.
Náfer nos recibió en su casa de Valledupar. Como manda la tradición, se sentó en su puerta a esperar la brisa que cada tarde baja de la Sierra Nevada y refresca al pueblo vallenato, bien a orillas del rio Guatapurí, del Cesar o del Magdalena. El acordeón lo dejó descansar en su sala, pero el sombrero no, porque ya es parte de él. Lució con orgullo su sombrero de ala ancha, que hizo juego perfecto con una guayabera blanca y fresca. Los acompañó de un pantalón gris suelto para tener elegancia en medio del fogaje propio del Valle del Cacique Upar.
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Se sentó en una silla Rimax roja y en su mirada transparente se advirtieron las cataratas honestas que le trajeron los años. La charla inició con la caballerosidad característica de este representante de una de las dinastías más emblemáticas del vallenato: Los Durán.
Después de ser Rey Vallenato en 1976, Náfer quedó fuera de concurso, por talentoso, en 1983. El jurado que lo sacó por extraordinario lo conformaron Leandro Díaz, Enrique Santos, Miguel López, Rafael Rivas y Gabriel García Márquez. En esas dos batallas de sones, paseos y puyas su música hizo retumbar la plaza Francisco El Hombre. A ese Náfer visitamos y él nos permitió entrar en sus recuerdos. Con humor, cortesía y don de gente contestó cada pregunta.
Náfer Santiago Durán Díaz, Náfer por el papá, el gran Náfer Donato, y ¿Santiago por quién?
Santiago era el papá de mi mamá.
¿Cómo fueron esos primeros años en El Paso cuando todavía pertenecía a Magdalena? ¿Qué hacía un niño en esa época?
Empezaré por esto. Le diré quiénes son mi familia y, es decir, mi abuelo, de parte de papá, se llamaba Juan Durán Pretelt. Entonces, de ahí salen los hermanos Luis Durán y Alejandro Durán. Tuvimos una hembra pero no la dejaron ser música. Yo estaba pelao’. El tercer músico fui yo.
Naferito…
A los 7 años ya tocaba acordeón muy bien. Era de un solo teclado y el teclado era por fuera, que le decía uno de aumento. Donde me ponía a jugar tenía el acordeón y me llamaban a almorzar y ahí lo dejaba olvidado con el resto de juguetes. Eso de nosotros es una dinastía desde los bisabuelos. Mi bisabuelo era cachaco, se llamaba Pío Durán. Tocaba mucho tiple. Yo a él no lo conocí. Esa historia es la que es; por ahí es donde viene la pregunta de cómo llegamos a El Paso. En la época de los esclavos entraban los barcos por Cartagena. Traían los negros y él era un cachaco de esos. Se vino por ahí y formaron una hacienda que se llamó Santa Bárbara de las Cabezas, los dueños fueron unos gringos y los españoles Gutiérrez de Piñeres. Por ahí empezaron a llegar los acordeones a El Paso. El bisabuelo Pío, cachaco antioqueño, fue el que empezó con la música. De ahí salió Juan Bautista Durán Pretelt. El Durán viene de Pío. Ya de Náfer, mi papá, para acá nacimos los hermanos: Luis Felipe, Alejandro, Sabina y yo.
Me dijeron que ella era buena para la tambora…
¡Uh, cómo no y tocaba acordeón! Alejandro fue muy delicado con las mujeres, sobre todo de la familia. A él no le gustaba que estuviesen por ahí, había mucha incultura con la gente y las protegía, por eso mi hermana no fue música, pero lo tenía en la sangre.
¿En la hacienda qué le tocaba hacer?
Ahí fue donde nos levantamos con los Gutiérrez de Piñeres, los dueños. Éramos vaqueros, trabajadores de materiales. Ordeñar, hacer queso, trabajar con el ganado, hachar, aserrar una madera. Todos nosotros nos levantamos con el trabajo.
¿Y en qué momento comenzó la correduría comercial de la música de los Durán?
Ah, eso viene en que la música de acordeón en ese tiempo no tenía valor comercial. El que aprendía a tocar acordeón lo hacía para él y sus amigos. No nos dábamos cuenta de que esa música era buena, no sabíamos. Para uno oír un radio teníamos que ir a donde los vecinos y allá se amontonaba la gente de noche, una cosa antigua. Empezamos a tocar empezaron a llegar las músicas por Barranquilla y Cartagena. El que empezó a esclarecer la música vallenata fue Guillermo Buitrago, guitarrista de Ciénaga, grabó las piezas de Escalona. El primero que llevó el vallenato al mundo. Lo hizo conocer. Como era con guitarra gustaba en el interior y exterior. Ahí fue cogiendo auge.
Se fue extendiendo la cosa, de Piedras de Moler salió el acordeonero Abel Antonio Villa. Él grabó en Barranquilla, uno de los primeros discos que llamábamos acetatos, con el Sello Tropical. Luego, llegó Luis Enrique Martínez. En el 49 esos discos se oían en los picós. Mi hermano mayor, Luis Felipe, empezó con la cosa, él tocó muy bien y bonito. Esos paseos los tocaba excelente. Le gustó eso y se fue para Barranquilla con su acordeón de dos teclados, solo venían así. Allá se hizo amigo de Luis Enrique y de Abel, ellos lo fueron introduciendo hasta que grabó unos primeros discos. Lucho tiene discos tocados y cantados por el mismo, por Luis Felipe Durán, esos son los primeros discos de la dinastía.
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Cuando salieron los primeros discos de Luis Felipe, él trajo los discos a El Paso propiamente. Eso tocaba llevarlos y ponerlos. Alejo oyó eso en el 49 que empezó Luis Felipe. Creo que Lucho tiene uno de los Paseos que dice: “Señores yo aquí no veo, quién me puede escachazar/ ¡ay!, yo soy el que me paseo, d’El Paso a Chiriguaná”. Alejo se emocionó y se fue para El Banco, Magdalena. Ahí fue que cogió el río Magdalena para Mompox, Magangué y empezó a grabar hasta Barranquilla. Bolívar y Magdalena las caminó él hasta que fue cogiendo fama. Él todo su tiempo lo hizo para allá para Bolívar y Córdoba. Apenas ellos salieron, yo me iba con ellos, tenía 16 años. Luis Felipe dijo: “Alejandro, si yo voy a grabar dos piezas, me toca darle una a Naferito para que lo vayan conociendo”. Ahí yo grabé la primera pieza.
¿Cómo hacía un muchacho en esa época para no tocar igual? Para sacar un estilo distinto al de sus hermanos. ¿Cómo se desmarca uno de esos que le daban la palomita para tocar?
Es que el acordeón nuestro es empírico. Una cosa natural. Eso nace con la persona, el estilo y la manera de tocar, la persona nace con ella, eso no tiene pentagrama. La guitarra y piano sí tienen pentagrama y deben tocar la misma nota siempre. El acordeón de uno nace allá en la montaña tirando hacha y después uno coge el acordeón y empieza a inventar la música y los versos; antes no había nada, ni radio. Tenía uno que mentarse (nombrarse), por eso es por lo que en los paseos vallenatos de antes todos los que inventábamos paseos nos mentamos. Lo mismo era Emiliano, desde que dice: “Emilianito dice. Yo también empecé: Naferito dice”. Pero ahí no había radio para esparcirlo, no había emisoras. De manera que ahí fuimos cogiendo la fama.
Usted llegó a Barranquilla a grabar y no pudo firmar el contrato, lo hizo Alejo por usted. ¿Recuerda esa ocasión?
Así fue. Yo no sabía firmar, Alejo lo hizo por mí, pero el que grabé fui yo y también el que cobró, pero no pagaban tanto. Como le digo, el vallenato casi no gustaba, no gustaba entre cachacos y tampoco entre costeños. Era duro tocar así, porque se cobraba muy poco, casi nada.

¿Alcanzó a tocar en las fiestas de pueblo?
Redoblante, bombo y maracas. Como le decía uno para acá. De ahí es donde viene, yo tocaba mucho, me gustaba mucho acordeón y porros y tamboras. Como yo no inventaba los merengues, me aprendía las bandas cuando venían. Me aprendía ahí los porros y las cosas y los tocaba en el acordeón. De ahí nació, empecé a ejecutar el tono menor en el acordeón.
¿A oído puro?
Oído y práctica. De ahí es donde viene la fama de los Durán Díaz, del lado de mi papá y del lado de mi mamá.
Llegamos a un buen punto de origen, su mamá también era música…
Sí, le voy a contar esta historia. Ella era una cantaora de tambora muy fina. Una voz muy bonita y bien cantada. La raza de ella era Juana Francisca Díaz Villarreal. Entonces ella tuvo un tío que llamábamos Rosendo Romero Villarreal, que era tío de mi mamá. Rosendo Romero fue el papá de Escolástico Romero, de manera que de lado y lado tenemos ese sentido musical, porque Romero Villarreal y mi mamá era Díaz Villarreal. Entonces tenemos esa casta de músicos.
¿Cuáles son los primeros temas que le generan un éxito en la región?
La chimichaguera.
¿Cómo brota esa canción?
Los acordeoneros nos dedicábamos a cantarles a las mujeres. No a rebajarlas o a maltratarlas, sino a quererlas con música porque a veces nos gustaba una y nos inspiraba. Es una cosa natural. El estudio que tuve fueron cinco años de primaria. Yo apenas sé firmar y a veces hago unos garabatos por ahí y luego las buenas relaciones, pero la inspiración fue lo que me hizo cantar y esa muchacha de Chimichagua me gustó en esa época y le hice la canción. Nosotros apenas si estudiamos, porque en El Paso había un solo colegio para todo el pueblo. Antes todo era chiquito, ahora es un municipio. Imagínese en el cincuenta El Paso era corregimiento de Chiriguaná, casi ni existíamos en un mapa.
Pasemos de El Paso a la Plaza de Valledupar en 1976, ¿cómo es estar en la final y decir: voy a ejecutar este paseo, este merengue y esta puya?
En ese momento uno tiene que tener las piezas bien escogidas y hechas. No se puede ir a improvisar porque si es así, necesitas padrino para poder ganar. En ese caso, la persona no ganaría por buen ejecutor ni por tener la pieza más bonita. Eso es lo que teníamos antes: todos los acordeoneros antes tocábamos, cantábamos y componíamos. Antes no había cantante. El solo acordeonero debía componer, tocar y cantar, ahora ya es otra cosa.
¿Qué piensa de que el acordeonero ya no cante?
Las generaciones van cambiando. Entonces a medida que la música fue cogiendo fuerza comercialmente, el cantante se impuso al acordeonero, pero el acordeonero es el vallenato. Aunque ahora eso no es lo que influye en la música, influye mucho la voz. Porque si yo tengo una voz mala, puedo cantar, pero no me sale con gracia ni alta ni nada. No como el que canta claro y con gracia. De ahí es donde viene que el acordeonero tiene que tener su cantante. Hay personas que cantan en vallenato cualquier pieza bonita ahora, pero no le sacan un pito al acordeón.
¿Cuáles canciones recuerda de su coronación en el 76?
Me vas a poner a recordarme ahora… Ah no, ¿usted sabe lo que es nacer en 32 ah? Eso está lejos. Son años [risas], pero vamo’ pue’: la puya es, que todavía la ejecutan en el Festival, es: “Déjala vení”. El son es uno de Alejo, que lo interpreté, se llama “Fidelina”. El merengue es “Los amores de Teresita”.
Teresita se graba justamente con Diomedes Díaz, cuando él debuta como cantante ¿cómo se arma esa historia entre un Rey Vallenato y un joven de 22 años?
Esa voz de él no se la enseñó nadie. Él parrandeaba con los que iban a grabar, pero apenas iban a Bogotá o Medellín no lo llevaban porque no le tenían fe comercialmente. Como Rey Vallenato del 76, ya yo tenía mi fama. Grababa en Fuentes, en Medellín, me contrató Codiscos. Emilio Oviedo fue un gran escogedor de cantantes. Él sabía que el muchacho cantaba bien, pero cuando se iba a grabar se llevaba a otro porque no le tenía fe. Me dijo: “oye, Náfer te contrató Codiscos. Te tengo un muchacho que canta bien, te lo voy a traer”. Ya yo tenía el cantante, le decimos Pacho Mindiola, canta muy bien. Y le dije a Emilio que ya lo tenía y me daba pena decirle que no. Como Oviedo estaba pendiente de que Diomedes fuese cantante para él, pero quería tantearlo conmigo para ver qué tal, convinieron que sí. Entonces a mí no me daba miedo porque yo tenía mi fama ya; si no pegábamos pues ya tenía mis discos y mis corralejas. Total, lo llevé y ¡qué va! Salió como un cañón. Pegamos de primero y no ensayamos casi nada. En el LP grabamos tres discos míos: “Teresita”, “La invitación” y “Pobre negro”.
Pero los suyos sí se los sabía. Recuérdenos un versito de Los amores de Teresita:
[Canta] “Los amores de Teresita, / que ya me están volviendo loco/ ¡ay!, yo le ruego a mi virgencita/ pero eso a ella le importa poco. / Por Teresita me estoy muriendo /y ella lo ignora que estoy sufriendo”.
Luego, vienen muchos más discos, pero, ¿cuál es esa canción que le marca la vida a Náfer Durán?
Se llama “Sin Ti”, esa es la mejor de Naferito y está en tono menor que es mi especialidad. Yo la llegué a grabar, pero entonces cuando la grabé no tuvo éxito por la voz y los coros. Hay piezas que necesitan coros y todas sus cosas para que se puedan oír bonitas. Luego la grabó Iván Villazón y quedó buena, buena. Primero fue Villazón, luego Diomedes y hasta Carlos Vives grabó “Sin ti”. Y también se grabó en guitarra, sin acordeón y suena bien bonito, cadencioso.
¿Cómo se llama la dueña de “Sin ti”?
La dueña de “Sin ti” está ahí en la sala, Rosibel Escorcia. Cuando ella tenía veinte años yo me enamoré y le hice la canción después de una correduría larga que tuve por Mompox, Magangué y todo el Río Magdalena abajo y arriba. Se la canté en su ventana y ella me dijo que estaba embarazada. Yo me puse más que feliz y esa pieza ha sido uno de los grandes éxitos de mi arte.
¿Está dentro de las cien mejores canciones del vallenato?
Sí señor, que no le quepa duda. [En el libro 100 años de vallenato (2016) de Pilar Tafur y Daniel Samper Pizano, Sin ti figura como uno de los cien vallenatos seleccionados por los autores como homenaje al folclor colombiano. Tafur y Pizano ubican el tono menor de Náfer como una característica del vallenato de la zona central, entre las sabanas de Bolívar y las riberas del río Magdalena. Náfer les da toda la razón al confesar que la canción surgió en Mompox, justamente a orillas de un brazo del Río Grande de la Magdalena].
Y después, ¿por qué componerle a un burrito?
Ah sí, ese es otro paseo. Resulta que yo iba a la Ciénaga de Zapatosa, pero al salir de El Paso yo tenía un burro y tenía que ir en el burro hasta Arjona, de ahí cogía un carro hasta Chimichagua. En esa época los vallenatos andábamos así, a lomo de mula con el acordeón a cuestas, no como ahora que no llegan a la parranda si no es en camioneta gigante. Entonces yo dejaba el burrito en Arjona en un potrero de unos amigos. Al estar por allá tocando mientras regresaba para cogerlo e irme al Paso, se lo llevaron, no lo encontré. Ahí compuse ese paseo: (Náfer canta): “señores mi fortuna se perdió/ yo a veces digo que mala es la suerte mía/ un burrito que tenía/ del potrero se perdió”.
Otro de los temas que ha estado ligado a la composición vallenata es el colegio, porque hace parte del paisaje juvenil. ¿Cómo surge la canción “El estudiante”?
Resulta que propiamente no soy yo el autor sino el doctor Ciro Quiroz. Él lo compuso porque él es un gran abogado, pero no ejecuta ningún instrumento y como yo me hice esa fama con ese privilegio que Dios nos dio, entonces cuando venía de El Paso me dice: “compuse un paseo que se llama ‘El estudiante’. Apréndetelo para que me lo grabes”. Ya yo grababa en Barranquilla cuando me daban la oportunidad de grabar una o dos piezas. Entonces ahí fue donde yo me aprendí “El estudiante”.
Náfer, de todos los que lo acompañaron, dígame tres cajeros para recordar la magia de sus dedos y ese talento para hacer sonar la caja africana.
Le voy a decir que hubo uno que se llamó Julián Acuña, de Santa Ana, Magdalena. Hubo otro que se llamó Belisario Ariza, era una cátedra en la caja. Y varios, de los primeros cajeros el que más me acompañó a mí, pero no en grabaciones, solo en fiestas populares, se llamó Agustín Udris, creo que era de La Jagua.
¿Y guacharaqueros?
Ustacio Linares. Él no llegó a grabar conmigo porque eso era muy difícil lo de las grabaciones, porque eso era como el que hace cola para una fórmula y no se nos dio.
¿Esa relación de sus manos con la tierra, el campo y los animales fue la que trasladó al acordeón?
Yo le puedo decir algo, Dios es un ser muy grande. Ese es un gran privilegio natural que no solamente lo tuvimos nosotros. Casi por lo regular todas las personas que llegan a adquirir su manera de trabajar empíricamente y se hacen famosos son así, por obra de Dios. Otra cosa, cuando uno se relaciona con buena gente llega uno a desarrollar a veces lo que uno está aprendiendo. Cuando uno se relaciona con gente que no, me perdona la expresión, que es mala, se va uno por lo malo. Un grupo de gente buena, así no sean doctores ni nada, pero que se expresan bien, y una pelada bonita, todo eso influye en el arte y sirve para desarrollar y componer, porque la composición no viene por medio del estudio, llega naturalmente. Ese ambiente fue lo que me ayudó y así mi arte estuvo ligado a las cosas de mi vida en el trabajo del campo.
¿Cuál creería que es su aporte al folclore? ¿Cuál es su sello particular?
El tono menor, ese fue mi distintivo, aunque en la puya no me quedo atrás. No vaya a creer que solo toco bajito, pero en el tono menor me sentí más cómodo, más yo. “Sin Ti” y “Clavelito” son discos que dan fe de eso que le estoy diciendo.
¿La caballerosidad de los Durán viene de la misma línea del primero que llegó a El Paso?
Eso es natural. Conocí el tiple de mi bisabuelo, de Pío Durán. Usted sabe que él era cachaco, y no es por adular ni nada, pero usted habla con un cachaco y esa gente se expresa muy bien. En esa época la cosa era más clara. Uno era montañero acá, pero la educación nace con la persona. Hay gente que se toma un gran estudio y son unos… no digo una plebedad, pero que no se pueden tratar. A mí mi familia me enseñó a tratar a todo el mundo bien, porque todos somos iguales así se tengan tierras, títulos y plata.
El vallenato nació como una música popular tocada y bailada por pobres y poco a poco se ganó su espacio hasta llegar a la Casa de Nariño y deleitar a los presidentes. De esas parrandas presidenciales ¿cuáles son las que más recuerda?
No le puedo decir porque, eso sí, yo he tenido muchos presidentes que son amigos míos y pagaban bien, pero la política tiene tantas cosas que uno no puede decir nada.
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Alberto(3788)•Hace 5 horasGracias.